Gaudí en el andamio de 2026

El arquitecto catalán Antoni Gaudí, en una imagen de archivo.
04/01/2026
Periodista y escritor
2 min

El otro día Antoni Gaudí resucitó un ratito. Bajó por el tobogán del cielo. Dio una voltereta y rodó hasta la Sagrada Família. Se montó el andamio portátil que siempre lleva en el bolsillo. Sacó el bocadillo envuelto en papel de estraza y le jodió bocado al arenque aceitoso. Y, vamos, a trabajar.

Desde la cima del mundo vio la tierra. Ese hormigueo de gente abigarrada. Esa ensalada humana virolada. Esa carnada policromática a los pies de su obra. Y creyó que era un homenaje a su quebradizo. Gaudí hizo un devoto rotito postdesayuno y salió la reliquia de una espina disparada. El pedazo le recordó el taller de su discípulo: el mosaicista Lluís Bru. Hace muchos años de todo. Ese día que el arquitecto le quedó mirando. Intentaba colocar baldosas que no cuadraban. Mmmm, no, no. Gaudí coge un azulejo, un maceta y palmo, palmo, palmo, la rompe en mil pedazos: "A puñados hay que poner, si no, no terminaremos nunca". Nace el quebradizo. Nace la ruptura catalana: admirada en todo el mundo mundial, animal y sideral.

Sin quebradizo no habría modernismo. Sin quebradizo el planeta no miraría a Catalunya. Sin quebradizo no tendríamos turistas, fontaneros y carteristas. Es necesario romper. Si se quiere construir, innovar, avanzar. La obra de Gaudí demuestra muchas cosas, físicas y espirituales, pero entre ellas que España no es una baldosa sagrada y unitaria. El quebradizo es la prueba de que Cataluña es un país, un estado de ánimo (¿Qué pon en ti quebradizo?). Esto se encontró estampado en los morros Miguel de Unamuno.

El escritor viajó en 1906 a Barcelona para ver las obras de la Sagrada Família. Lo fuerzan. Algunos quieren que el encuentro Unamuno-Gaudí sea una constructora de diálogo SL entre España y Cataluña. Como buen intelectual español Don Miguel preparó la visita antes y puso a parir a la lengua catalana públicamente. Además, tarde. Gaudí le esperó media hora y regresó a su nube. Unamuno desembarcaba casi a la hora del vermut y le saludó sin quitarse el sombrero. Traducido en el buscador de la época: maleducado como indexación. Gaudí, desde el primer segundo al último, le habló sólo... catalán. El otro alucinó quebradizo con sepia lisérgica, pero como no era ladrillo, lo entendía. Va, venga, que le enseñaré el pisito.

Gaudí le descubre, se lo cuenta todo. Suben, bajan, giran, se marean… Hay un momento en que Unamuno se detiene. Y de la boca de merluza congelada sale: "No me gusta, no me gusta...". Gaudí, sardina viva, esperniega: "Oh! A los castellanos no les gusta". Y él chasquea: "¡Yo no soy castellano! ¡Soy vasco!". "Da igual", jode hostia santa anticongelando al arquitecto. Silencio, que estamos en la casa del señor.

Continúan la visita y, ve, ya son las doce. Repica una campanilla invisible anunciando el Ángelus. Gaudí deja con la palabra a la boca y la boca pone a rezar como un caracol de la fe. Acaba y le adentra en la cara del castellano-vasco: ''Laus Deo! Buenas tardes tengan'' mentir. Gaudí hizo todo lo que hizo catalán, ni budista, ni trapecista, que desde el andamio, nos recuerda que "la originalidad consiste en volver al origen".

stats