Un turista fotografía una de las siete estatuas colocadas en varios puntos de Barcelona por los premios Goya.
21/02/2026
Periodista y productor de televisión
3 min

El hecho de que Barcelona acoja la gala de los premios Goya poco después de la reciente gala de los Gaudí, es un episodio más de la batalla cultural que enfrenta a dos visiones de Barcelona y de su papel en España. Es una batalla que, a nivel político, se puede equiparar a la de los soberanistas y federalistas. Los primeros quieren que Barcelona ejerza como capital de Cataluña y del catalán; es decir, que actúe como si fuera capital de un estado, para garantizar la supervivencia del hecho nacional. Los segundos pretenden que Barcelona asuma sin complejos su cuota de capitalidad española, con el fin de sacarle el máximo provecho y contribuir a una concepción más plural de la realidad peninsular.

Estos dos puntos de vista parten de un análisis opuesto de lo que es España. Mientras que los soberanistas se basan en el pesimismo empírico, los federalistas sostienen que es posible una mayoría que apueste por un estado plural, por lo que es necesario que Catalunya se implique sin reservas. Es una traducción del espíritu olímpico que encarnaba Pasqual Maragall hasta que se topó con el muro madrileño. Como antes habían topado los republicanos federales, los regeneracionistas y, si echamos atrás, también los austracistas que en 1714 intentaron hacer de Cataluña el epicentro de una monarquía compuesta.

Hoy, una parte del país sigue convencida de que España acabará mutando porque el PSOE depende del apoyo de las periferias, y particularmente de Catalunya. Pero me pregunto si esta percepción se debe más a factores aritméticos, o al voluntarismo, que a un convencimiento ideológico.

Otra parte de Cataluña ha pasado del nacionalismo pragmático a un soberanismo que hizo corto de fuerzas en el 2017. Estos sectores son los que creen en una cultura autocentrada, en la que el evento literario del año sea la Noche de Santa Lucía y no el premio Planeta, y en el que el cine catalán se presente al mundo sin políticos gracias a las políticas de menos de las políticas la consellera Garriga) y al talento que seguimos generando.

Que en una olla de país como el nuestro convivan estas dos estrategias es normal. Y también lo es que gente sinceramente implicada en el progreso del país crea —especialmente desde 2017— que lo que hace falta es ganar posiciones en el conjunto español.

Pero ese planteamiento tiene dos puntos débiles. El primero: Todo lo que Cataluña haga en colaboración con España —como acoger a los Goya— implica la subordinación lingüística. Españolizar Cataluña, o catalanizar España, como se quiera decir, siempre implicará el sometimiento del catalán hacia la lengua del Estado que, además, nos arrastra hacia el ámbito cultural latinoamericano. En este contexto, que de vez en cuando los Goya premien una película en catalán, vasco o gallego sólo es la torna.

Y hay un segundo inconveniente: si salimos de la burbuja cultural, nos encontramos un país junto al colapso de los servicios públicos. Un país en el que los transportes, la enseñanza y la sanidad —por decir sólo tres ámbitos que están de penosa actualidad— están naufragando. Esto sólo tiene dos explicaciones: O el gobierno catalán es incompetente, o los partidarios de "catalanizar España" están chocando con la dura realidad de un sistema de gasto público que se basa en el centralismo castellano.

Cuando se entreguen los Goya en Barcelona, ​​las máximas autoridades (socialistas) de la ciudad y del país sabrán que están viviendo un espejismo, porque más allá del glamour de la gala hay unos ciudadanos literalmente hartos de pagar impuestos por unos servicios públicos de tercera. Quizás nos digan que la solución para este desastre no es la independencia. Pero lo que no podrán negarnos, me temo, es que la causa es la dependencia.

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