Groenlandia no está en Europa

Un avión de la Fuerza Aérea Real Danesa aterriza en el aeropuerto de Nuuk, Groenlandia
16/01/2026
3 min

Llegan a Groenlandia tropas de países europeos, pero queda en el aire un gran interrogante: ¿hasta dónde están dispuestos a ir los países europeos para pararle los pies a Donald Trump? Pese a la posición estratégica y los recursos minerales de la isla ártica, los costes de una confrontación abierta parecen desorbitados. Lo que está en juego no es sólo la humillación que supondría para Dinamarca y para toda Europa ceder a la presión, ni la nueva estocada en la cohesión de la Alianza Atlántica, ni la validez del derecho internacional y las reglas no escritas del orden mundial. Ceder con Groenlandia podría abrir la puerta, a medio plazo, a nuevas presiones sobre otros territorios extraeuropeos actualmente en manos de potencias del Viejo Continente. Una amenaza directa a la integridad territorial de media docena de países europeos, con Francia y Reino Unido a la cabeza, ya la percepción de Europa como un actor global de primer nivel.

Vale la pena recordar un elemento geográfico: si tenemos que asociar Groenlandia a un ámbito continental, sería en Norteamérica. La isla comparte placa tectónica, está asociada a la misma plataforma continental y sólo 26 km de mar la separan del territorio canadiense más cercano. A pesar de la presencia vikinga de los siglos X al XV, y la recolonización danesa desde el siglo XVIII, hoy en día cerca del 90% de la población de la isla son nativos inuits, emparentados con los pueblos del Ártico estadounidense y siberiano, no con ninguna población europea. Soberanía contra geografía.

Este hecho geográfico se menciona poco, pero es relevante porque, más allá del respeto al derecho internacional, toca una fibra sensible a las capitales europeas: los territorios de ultramar. Las potencias europeas, terminada la ola descolonizadora de 1945 a 1980, quedaron señoras de un confeti de imperio, de recortes territoriales cercanos, como Ceuta y Melilla, y alejados, como la Polinesia francesa, sobrantes de lo que habían sido enormes posesiones. Con excepciones como las devoluciones de Hong Kong y Macao, por decenios los países europeos han actuado como si la descolonización estuviera completa. Pero la bandera neerlandesa en el Caribe, la francesa en la Amazonia y la británica en el Índico son vestigios de un orden histórico detestado por muchos países en el mundo. Por otra parte, la gran mayoría de países europeos nunca han tenido colonias fuera de Europa, descolonizaron hace ya decenios, o incluso fueron ellos mismos colonias: no está claro que quieran asumir sacrificios significativos para mantener banderas que no son ni suyas en territorios tan lejanos.

En un momento de debilidad manifiesta y de desconcierto por el cambio de dirección de Estados Unidos, Europa se asemeja demasiado al imperio español de finales del siglo XIX, o al imperio otomano de la segunda década del siglo XX: débil dentro y fuera, observada con codicia por potencias carnívoras con hambre de territorios. Si la pequeña Dinamarca pierde Groenlandia en manos del coloso estadounidense, nada garantiza que, tarde o temprano, otros territorios ultramarinos no puedan empezar a ser codiciados, sea por los propios Estados Unidos –pongamos por caso, en el Caribe–, sea por otras potencias globales, o por estados vecinos que vean en la debilidad y la desunión europeas una oportunidad.

Las potencias europeas, demasiado pequeñas ya para proyectarse solas, y demasiado divididas internamente para actuar juntas en el contexto global, claman por el respeto de la legalidad internacional (eso sí, de forma selectiva: más por Groenlandia que por Venezuela, y no digamos ya que por Gaza). Hacen bien en hacerlo, y también hacen bien en buscar aliados donde puedan encontrarlos. Pero también estaría bien que alguien empezara a realizar los cálculos de los costes políticos y materiales que la ciudadanía europea estará dispuesta a correr por territorios lejanos, ya valorar si no sería mejor buscar soluciones pactadas con la población local que refuercen el derecho internacional, en lugar de esperar a actuar bajo la presión de los poderes imperiales extraeuropeos que cada día tienen menos escrúpulos.

Quizás pasará la amenaza actual –¿quién recuerda hoy las fanfarronadas sobre Canadá de hace menos de un año?–, pero la cuestión de fondo permanecerá. En un mundo de potencias sin frenos, de derecho internacional erosionado (a menudo con la aquiescencia de los propios estados europeos) y de alianzas en recomposición, los territorios europeos de ultramar serán vulnerables y cuestionados. Aguantar el golpe y esperar a que el temporal en Washington esparza puede funcionar. Pero tal vez serían necesarias soluciones más valientes e imaginativas para reubicarnos en un mundo que, por ahora, parece bastante dispuesto a arrinconar a Europa e impaciente por limpiar los restos del pasado colonial.

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