Una niña refugiada, abandonando Ucrania con su mascota
29/03/2026
Periodista
2 min

Cuando la generación que vivió la Guerra Civil nos veía remolonear con el plato en la mesa, perdía la paciencia y sentenciaba: "Una guerra, habríais tenido que pasar". Era una expresión grave, cargada de rabia y de frustración. No era el momento de contestar nada, porque aquello no era una batallita más, sino la verbalización del trauma de haber conocido qué es pasar hambre.Por el momento, la mayoría seguimos sin pasar hambre (de colas en los centros sociales y en las iglesias sí que se ven), pero de guerras ya hace años que estamos pasando. La guerra a gran escala, y bastante cerca de casa, ya se ha convertido en el marco constante en el que transcurre nuestra vida. Y el rumor de los conflictos se oye cada vez más cerca. Y sus efectos, en el bolsillo o el ánimo, también. El kit de supervivencia fue bastante más que un consejo para alarmistas. ¿Hasta cuándo será posible continuar llevando esta vida dual, más o menos normal y con planes de futuro, si vivimos rodeados de incendios?Estamos asistiendo al pulso atávico por el poder político y económico pero con una capacidad de matar exponencial, y que mezcla la guerra y el espectáculo, mientras nos empobrecemos y se empobrecen nuestras perspectivas. Hay ganas de certezas, de no ir hacia atrás, de no ser carne de cañón a las órdenes de políticos obscenos. Hay ganas de que el esfuerzo tenga reconocimiento, de que el discurso público no haga que la realidad sea aún más obscena, de que nuestros hijos no se tengan que acabar convirtiendo a la fuerza en unos cínicos. Hay ganas de preguntarnos a quién le hace provecho que vuelva la guerra, incluso cuando parecía que la última había sido un aviso bastante disuasorio de que la siguiente podría ser a golpes de piedra.

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