De qué hablamos, cuando hablamos del catalán?
En el debate inacabable sobre el estado de salud de la lengua catalana ocurre, como en tantos otros ámbitos, que a menudo nos guiamos por nuestras percepciones y nuestras impresiones más que por el análisis cuidadoso de los datos. En el caso de la lengua, además, parece ser cierto aquello de que cada catalán lleva un sociolingüista dentro. Es evidente, en todo caso, que no es un debate que podamos afrontar con toda frialdad, libres de preocupaciones e incluso de angustias, porque tenemos la percepción de que nos jugamos demasiado: proyectamos en el incierto futuro de la lengua el incierto futuro de todos juntos como sociedad.
Tenemos, de entrada, las cifras. Pero las cifras no hablan por sí solas; hay que interpretarlas. Las encuestas sociolingüísticas constatan un declive del uso social de la lengua catalana. El porcentaje de gente que hablamos habitualmente en catalán ha bajado en los últimos años, pero es así porque la población (foránea) aumenta: en Cataluña hemos pasado en un tiempo récord de 6 a 8 millones de habitantes, un crecimiento producido sobre la base casi exclusiva de la inmigración internacional (mucha de la cual hispanohablante). Pero esto oculta una realidad ineludible y que también debe formar parte de la ecuación, y es que, en números absolutos, ahora hay más gente que nunca que sabe catalán. Y mucha gente, no lo olvidemos, que sabe que debería saber catalán: de hecho, la oferta de cursos no puede atender toda la demanda existente.
Sin movernos de los porcentajes, siempre he discrepado de una afirmación que la lingüista Carme Junyent repetía con insistencia, y es que una lengua se encuentra amenazada de desaparición cuando su uso social cae por debajo de un umbral del 30%. Pero esto, nuevamente, oculta una realidad más compleja, porque no se tiene en cuenta cuál es el ámbito social al que pertenecen los hablantes. Sin un análisis de clase social, no podemos entender cómo se pierde una lengua. Cuando un idioma deviene la lengua de los pobres es cuando se produce la sustitución lingüística, y esto es lo que el catalán evitó en el siglo XX (excepto en zonas periféricas del ámbito lingüístico, como el Rosellón o Alicante).
Es cierto que, respecto a la situación de hace cincuenta años, parece que se está produciendo un cambio tan significativo como preocupante. Si bien hoy la transmisión intergeneracional del catalán está asegurada, y el conocimiento de la lengua está garantizado por la enseñanza y los medios de comunicación públicos, el uso entre la población joven se está decantando de alguna manera hacia la lengua castellana. De nuevo, aquí nos haría falta medir bien la amplitud del fenómeno y, sobre todo, tener una perspectiva comparada, porque sin comparar no se puede comprender. ¿Sabemos en qué medida esta deserción lingüística se está produciendo también en Galicia y el País Vasco (por no hablar del País Valenciano y las islas Baleares)? ¿Y más allá? En Noruega, con una lengua que tiene a duras penas cinco millones de hablantes, hay un debate social sobre el hecho de que los jóvenes, con un dominio muy amplio del inglés (és uno de los países europeos no angloparlantes donde mejor se habla el inglés), utilizan el inglés entre ellos, en detrimento del noruego con el que hablan con los padres. Esto es visto como una consecuencia directa del uso extensivo de las redes sociales (donde la premisa es que tienes que tener cuantos más followers mejor, lo cual te empuja a usar una lengua mayoritaria) y, probablemente, también de un miedo adolescente a la diversidad, que los lleva a anhelar una uniformidad en lo que antes se llamaba el estilo de vida.
Mirad, al respecto, el largo anuncio de Adidas para el Mundial de fútbol de este verano (lo encontraréis, claro está, en YouTube), que, para una historia de inspiración y sabor totalmente americanos, usa como plató una triste pista de cemento encajada en medio de unos bloques de pisos de clase obrera del barrio de Llefià, en Badalona. El anuncio, titulado Backyard Legends, es una pretendida reivindicación de la condición proletaria del fútbol, pero acaba reflejando un mundo donde todos los jóvenes se han convertido en bro (ignorando las connotaciones raciales y de clase del término), porque “todo el mundo” quiere formar parte de un mundo globalizado, que se expresa en la misma lengua (o en castellano, si no se domina suficiente el inglés, como algunos de los futbolistas hispanos que salen en el anuncio). ¿Deberíamos hablar de imperialismo lingüístico y cultural? El término puede sonar démodé, pero describe una realidad realmente existente.
Podemos preguntarnos si el futuro del catalá se juega en Llefià y en Rocafonda. Y la respuesta es que sí, que también se juega en aquella pista de deporte. Pero no más que tantas otras cosas, que tienen que ver con el bienestar, la educación y la diversidad, y que, al fin y al cabo, serán las que garantizarán, si sabemos asegurar, un futuro para el catalá.