Recientemente, he tenido el gozo de añadir un nuevo héroe a mi estantería. Estoy contento porque, como comprenderán, no es fácil encontrar personas dignas de este reconocimiento. Estos mis héroes me sirven para poderme reflejar en ellos y tomar ejemplo. También, y este extremo resulta fundamental, para alimentar la confianza en la especie. El hombre de quien hablo es un individuo normal y corriente. Juan Carlos Nieto, funcionario del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), es alguien con suficiente criterio y convicciones para nadar a contracorriente. En cierto modo, es un revolucionario capaz de contradecir las reglas de un sistema que corre el riesgo de devenir demencial.Juan Carlos Nieto lleva 37 años siendo funcionario público. Actualmente y desde hace quince años trabaja en el SEPE de Mérida. A Juan Carlos le han abierto un expediente disciplinario por atender a algunos ciudadanos que se presentaban en la oficina sin disponer de cita previa. Él, cuando no tenía a nadie en la cola, les respondía sus consultas y les facilitaba el trámite correspondiente, como hacerles un certificado. Se le acusa de no hacer caso a la directora de la oficina y haber podido discriminar a usuarios que sí tenían cita. “Nunca dejé de atender a alguien con cita para atender a otra persona que no la tenía. Cuando había capacidad y alguien llegaba con una necesidad urgente y había un hueco, yo intentaba ayudar, pero no por caridad, simplemente porque es mi trabajo”, ha explicado él a Eldiario.es. La cita previa, un mecanismo implantado masivamente durante la pandemia, se ha convertido en la vía de acceso habitual y a veces única a los servicios públicos. A pesar de que puede mejorar la organización, acaba marginando a determinados colectivos, porque no todo el mundo tiene acceso a un ordenador o tiene capacitación para hacer los trámites, a menudo complicados, de forma digital. Esto sucede notoriamente con la gente de una determinada edad. Juan Carlos Nieto ha insistido en que no pretendía originar ninguna polémica, pero se ha mostrado agradecido a los muchos ciudadanos que se han manifestado delante de su oficina para darle apoyo.En el mundo de la administración pública, y a veces igualmente en la empresa privada, el sistema invita a la persona a no hacer nada que vaya un milímetro más allá de lo que es absolutamente imprescindible. No se premia a nadie por trascender, aunque sea un poco, las fronteras de lo que se supone que son sus estrictas obligaciones. Con el tiempo, la reacción del trabajador es lógicamente limitarse a hacer lo exigible. Aferrarse a los procedimientos establecidos. A menudo porque no quiere hacer más de lo que toca, de aquello por lo que se supone que le pagan. Pero muchas otras veces también porque sabe por experiencia que tener ideas propias o querer sacar adelante alguna iniciativa acaba pasando factura.
Esta cultura y estos mensajes, explícitos o no, no solo desincentivan y desmotivan a las personas que de verdad quieren hacer bien su trabajo, sino que son también granos de arena lanzados a los engranajes de cualquier organización. Su resultado es la ineficacia y la lentitud. Producto de esto es también la multiplicación demencial del papeleo, cuando lo que haría falta sería que fuera el mínimo imprescindible. Es un círculo vicioso y, si no se actúa con determinación, puede acabar haciendo insoportable cualquier contacto con la administración. No es extraño, pues, que una de las principales quejas, aparte de la falta de recursos, de agricultores, pescadores, médicos o maestros y profesores, sea, precisamente, el exceso de papeleo y la aturdidora carga burocrática. Solo hay que tener que hacer una sencilla factura a, por ejemplo, la Generalitat de Catalunya para saber de qué tipo de infierno estamos hablando.Al fin y al cabo, lo que le ha pasado a Juan Carlos Nieto, el protagonista de este artículo, es que le obligan a hacer como hace la inmensa mayoría de funcionarios: a mirar el dedo y no la Luna. A aferrarse a la normativa y cerrar los ojos ante el resto. Da igual que esto suponga, escandalosamente, sabotear el objetivo que se supone que se persigue: servir al ciudadano. Podríamos llamarlo la miopía del funcionario, un tipo de alienación que conecta directamente con aquel "Vuelva usted mañana" de Larra y con las angustiosas pesadillas kafkianas. Según en qué desemboque el expediente contra Juan Carlos Nieto, se pueden transmitir dos señales radicalmente opuestas. Si se le castiga, se estará espoleando la miopía de los funcionarios, es decir, se les dirá que se aferren tanto como puedan a la literalidad de la regla, que se repleguen, que hagan solamente lo imprescindible. Que lo que vale son los procedimientos. Si no se le castiga, quiere decir que todavía hay esperanza. Porque se les estará invitando a ser más flexibles, a tener iniciativa y criterio y, en resumen, a ser humanos.