La alegría de la selección española durante la celebración. Pau Cubarsí saca una senyera; Dani Olmo, la bandera de Terrassa.
20/07/2026
Escritora
2 min

Queremos selección deportiva catalana, claro que sí, como los escoceses, porque es de lógica y porque todo el mundo aspira a un poco de nacionalismo banal. Pero no queremos que la pidan los políticos de un lado, porque duermen a una piara de ovejas, y el tono victimista y los falsos “exigimos” dan más calor. Tampoco queremos que los del otro lado hablen de desacomplejamiento español, porque no puede haber desacomplejamiento español con el heredero de Franco, "Felipe VI" (tal era el nombre que lucía en la camiseta con la que vio la semifinal, de manera tan triste) en el trono. "Desacomplejamiento" significa lo de siempre, ya se hable de fútbol, de trenes o de dieta mediterránea. Unos tienen que poner la pasta y los otros reciben la estrella Michelin. Querría que las selecciones las pidieran los clubs, los jugadores, los socios de estos clubs. Los que cantarían "Els segadors" con fervor, porque tiene letra, que el himno español no tiene. Y no tiene por una razón: “antes” tenía. En España todo viene de antes.

En este sentido, me ha gustado, reconfortado, ilusionado el gesto de Pau Cubarsí, con una senyera envolviéndole la cintura, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, una vez el Barça ha hecho campeona a España. Lo ha hecho porque el mejor defensa de la competición puede hacer lo que quiera. Dicen los diarios de Madrid –allí donde medio Barça celebrará la victoria en una rúa– que lo ha hecho "sin considerar las críticas que pueda recibir por un sector de la afición española".

¿Críticas? La “afición española” hará bien en aplaudir si Cubarsí se envuelve con la bandera catalana y también si, pongamos por caso, pidiera –que no lo haría, porque es de una educación exquisita (tiene una familia de una gentileza encantadora)– que la afición se pusiera gafas de sol, se bajara los pantalones y les enseñara lo que es un eclipse. Justamente me pareció, ayer, que los compañeros de Cubarsí, así como los aficionados, espoleaban el gesto, tan natural, simpático, agradecido y, sí, este sí, desacomplejado.

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