Un vecino intenta detener el desahucio en el Raval.
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La ocupación de viviendas es el espantajo que agita a la derecha para justificar y facilitar los desahucios, con el propósito de convertirlos en una herramienta al servicio de la especulación. Una herramienta bien afilada y eficaz. ¿Usted se da cuenta (o calcula, o fantasea) que por ese piso que tiene alquilado actualmente por un precio equis podría sacar equis multiplicado por tres o por cuatro? ¿El único obstáculo son los actuales inquilinos del piso, que pagan religiosamente su alquiler y que cumplen con todas sus obligaciones, pero que usted quiere dejar en la calle y no sabe cómo hacerlo? Ningún problema: usted debe poder expulsar a estos inquilinos inoportunos sin tener que dar más explicaciones, porque usted es –palabra mágica– el propietario (la derecha siempre prefiere "pequeño propietario", que hace más bonito, aunque el "pequeño propietario" tenga siete u ocho pisos). La legislación que impulsan PP y Vox en las comunidades donde gobiernan, como la Comunidad Valenciana y Baleares, va en este sentido: facilitar y justificar los desahucios, y convertirlos en una decisión que depende exclusivamente de las intenciones del propietario, sea pequeño, grande, medio o gran tenedor. Juntos está perfectamente alineado con PP y Vox en esta cuestión, y aún añade algo de revestimiento patriótico.

Conviene recordar que, en contra de lo que se hace correr con la rumorología de redes sociales y conversaciones de cuñados, el supuesto vacío legal sobre el empleo es prácticamente inexistente: de acuerdo con una sentencia de la Audiencia de Barcelona del pasado mes de marzo, el propietario puede dar de baja la luz, el agua y el gas de un edificio ocupado por ello de obligar a los ocupas. Pero lo habitual no es la ocupación, sino la violación de domicilio, delito perfectamente tipificado y perseguido por la policía y los juzgados. Los casos en que, de repente, alguien encuentra su casa, o la segunda residencia, ocupada por extraños que ni la policía ni nadie logra sacar de allí son rarísimos, y de credibilidad más que dudosa. Es otra falsa alarma social que tiene una parte ideológica y otra inducida para favorecer intereses bien concretos: muy parecido, en cuanto a consistencia, a las denuncias falsas por violación presentadas por mujeres malvadas, o de los niños catalanes –o mallorquines– que no saben castellano porque han sido adoctrinados en el independiente. El empleo es un fantasma que recorre sobremesas y discursos de malos políticos, y que apuntala a la idea de la desigualdad social como una fatalidad inevitable.

La falacia del empleo ha sido culminada con la invención de los inquiocupas, fea palabra que produce coragro con sólo decirla y que quiere extender la sospecha de practicar el empleo a aquellos inquilinos inoportunos de los que hablábamos al principio. Elinquiocupa es tan irreal que es conceptualmente imposible: una persona puede ser inquilino o ocupa, pero nunca las dos cosas a la vez. Los neoliberales (los escañapobres) deberían esforzarse en inventar mentiras más elaboradas. Y palabras menos feas, a ser posible.

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