El liberticidio en el poder
"La libertad es incompatible con la democracia". Parecía un chiste del universo trumpista para hacer ruido y legitimar el nihilismo del presidente y la convicción de los oligarcas que le acompañan de que, para ellos, no hay límites: pueden permitírselo todo. Pero la idea se está desplegando con un efecto contagio inquietante, como si debiera ser las de nuevas, económicas, sociales y de comunicación.
Hasta ahora la democracia ha sido el régimen en el que mejor se han podido desplegar las libertades; cada uno debe definirse el marco en el que esta libertad es posible. La libertad no puede ser unilateral ni dar vía libre al acorralamiento del otro, aunque, en los últimos tiempos, unas nuevas élites parecen haberlo convertido en su forma de estar en el mundo. Por un hecho muy elemental, muy básico: no hay dos personas iguales y, por tanto, en cualquier relación hay diferencias de potenciales, a veces enormes. Esther Vera, en un artículo reciente, es el patrimonio a proteger si queremos seguir siendo libres–, requiere el reconocimiento del otro y, por tanto, es incompatible con la lógica de quienes piensan que no hay límites. ¿Aún no han entendido la precariedad de la condición humana? Pero cuidado, porque cualquier pase de frenado puede ser de alto riesgo, y más en un momento en que el control de la opinión se va transfiriendo al marco digital, donde reina la pulsión que cabe.
Decía Jean-Jacques Rousseau que la libertad de uno termina donde comienza la libertad del otro. Digámoslo en positivo: la libertad adquiere sentido en la relación con el otro. El ejercicio de la libertad no es un delirio solitario: es un hecho que teje las relaciones entre las personas y que, por tanto, hace comunidad. No hay dos personas iguales, pero esto no libera de responsabilidad; por el contrario, exige más. No existe libertad sin un marco compartido. El resto es la ley del más fuerte, es decir, la ley de la selva (sin querer ofender a los animales).
Estamos en un momento en que las sociedades democráticas están en minoría abrumadora en el mundo. La promesa –o ilusión– que supuso la caída del Muro de Berlín se ha diluido rápidamente. La ola se detuvo pronto. Y la herencia es pesada. Ese fracaso ha espoleado a los superpoderes del llamado Primer Mundo. En el neoliberalismo, los que mandan son reactivos a cualquier limitación y, por tanto, contrarios a reconocer los derechos de los demás y las políticas de igualdad. Y no les basta con jugar con las ventajas adquiridas, sino que quieren decantar a las instituciones a su favor. ¿Cómo? Renegando de la democracia y, por tanto, del reconocimiento de la igualdad de derechos y deberes, y con vía libre para imponer su hegemonía, sin límites. Y así hemos llegado a la moda del momento: libertad (para quienes pueden), sí; democracia, no. Y llevamos ya un par de años con Trump saltándose las leyes a diestro y siniestro. Y justo ahora los tribunales, la opinión pública y las instituciones americanas comienzan a dar alguna señal de reaccionar.
¿Cuántos delitos ha cometido Trump sin que nadie haya levantado la voz? Y siempre con la misma coartada: nosotros somos los salvadores de la patria (y del mundo: vía libre en Venezuela, por ejemplo) y la democracia es un obstáculo. Una extraña redención que acorrala a los ciudadanos y que se encuentra en lucha abierta contra cualquiera que se oponga. Salvo, evidentemente, los demás poderes indomables. ¿Ante quien calla Trump? Frente a los grandes magnates americanos y de China. Y Europa, cada día más entregada, no se atreve a tomar la palabra, como si estuviera esperando a que sea la sociedad americana quien rompa el silencio. Una oportunidad perdida de recuperar dignidad y autonomía. El virus trumpista ha contaminado a buena parte del poder económico y del espacio conservador.