El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, el pasado 14 de febrero, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich.
17/02/2026
Filósofo
3 min

"La libertad es incompatible con la democracia". Esta memorable frase de Peter Thiel explica perfectamente lo que está ocurriendo en Estados Unidos, con el trumpismo como forma de expresión política. Para los que creen, como el dueño de PayPal, que la libertad se ejerce sin conciencia de los límites, haciendo cada uno lo que le da la gana (principio directamente proporcional al poder de quien quiere permitírselo), es evidente que la democracia es un obstáculo, porque se funda en el reconocimiento de una serie de derechos y deberes que configuran las culturas. de un marco legal de referencia que evidentemente no debería permitir el comportamiento nihilista de quienes creen que todo les está permitido. La exhibición y exaltación de esta conducta por parte de Trump le ha convertido en doctrina de estado, y el presidente se ha dedicado sistemáticamente a violar la legalidad y los consensos adquiridos en las democracias liberales. Desde la violación de las fronteras internacionales y el abuso sistemático del poder menospreciando o eliminando cualquier principio legal que le incomode hasta la pretensión de extender a todo el planeta su arbitraria concepción del mundo, el despotismo de Trump es una descarada aplicación del principio de Thiel.

Esta huida hacia adelante de Estados Unidos ha tenido a Europa manifiestamente descolocada, con unos gobiernos que, salvo muy pocas excepciones, no se han atrevido a levantar la voz. Muchos de ellos se entregaron al delirio trumpista. Una desazón que ahora intenta justificar diciendo que los marcos –nacionales, morales y culturales– son cambiantes. Seguro que es así: las sociedades evolucionan, para bien o para mal. Pero esto no debería impedir que se señalen las rupturas que afectan a valores ligados a la dignidad de la condición humana. Europa hace tiempo, al menos desde la Segunda Guerra Mundial, que vive bajo la tutela de EE.UU. Y ha sido necesaria la insolencia atrabiliaria de Trump para que empezaran a aparecer señales de disensión. Parece que van a más. Dos personas poco sospechosas de antiamericanismo han subido el tono. "Se acabaron las vacaciones de Europa", dijo el canciller Friedrich Merz, constatando la pérdida del perfil referencial del Viejo Continente. Y ha reconocido, insólito en un cristianodemócrata alemán, que "se ha producido una fractura entre Europa y Estados Unidos". "La cultura de la guerra del movimiento MAGA no es la nuestra", ha añadido. El presidente Emmanuel Macron, que se había puesto buena parte de los franceses de espaldas en su intento de alinear a la República con un autoritarismo ilustrado –buscando una buena acogida en EEUU–, ahora reconoce "que la estrategia de doblegarse frente a Estados Unidos no da resultados".

¿Qué hacer, pues? La primera iniciativa, compartida por alemanes y franceses, sería un rearme militar del continente al margen de EE.UU., aunque con la complicidad del gobierno americano. Y parece que no ha hecho gracia a Washington, que ha enviado a Mario Rubio a la conjura militar europea para marcar perfil. Rubio, que querría ser una versión amable del trumpismo, seguramente con pretensión de ser su sucesor (alto riesgo si el presidente, que se considera eterno, se entera de ello), se ha sumado a la reunión con un tono amable, reiterando la importancia de Europa y la necesidad de entenderse, pero dejando bien claro que, en el marco, deja claro. Buenas formas, pero desacuerdos profundos sobre los que no habrá concesiones. Y ha bastado con este gesto diplomático para que Von der Leyen, prolongación del trumpismo en Europa, desplegara una sonrisa estallante para celebrar un reencuentro con América. Patético personaje que pretende liderar una Europa de rodillas frente a Estados Unidos. No olvidemos que, en una visita a Trump como líder europea, el presidente le regaló la humillación de recibirla en un campo de golf de su propiedad.

Europa ha levantado el tono y, de inmediato, Rubio ha venido a tirar el anzuelo. No existe excusa. O Europa sigue adelante renovando un proyecto común, que se está deshilachando, para recuperar su perfil distintivo, o la peste del trumpismo y sus herederos seguirá penetrando entre nosotros. Europa, cargada de contradicciones, opera a bajas revoluciones, y le cuesta infinitamente pasar de las palabras a la acción. Gavin Newsom, Alejandría Ocasio-Cortez y Hillary Clinton también estaban en Múnich. ¿Será necesario que sean los propios americanos –Partido Demócrata y compañía– quienes reaccionen y pongan fin a este período de autoritarismo posdemocrático para que Europa pierda el miedo? ¿O en realidad hay poderes en el Continente a los que ya les va bien esa sumisión y que, sin dejarse ver, en la discreción, comparten la sonrisa de Von der Leyen?

stats