30/07/2022

Memoria de los Juegos Olímpicos

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Memoria de los Juegos Olímpicos

Hace 30 años estaba con mi familia en las gradas del Estadio Olímpico. Los Juegos son para nosotros, que vivíamos en EE.UU., pero que asistimos de principio a fin, una memoria imborrable. Para Barcelona fueron un hito que la elevó a ciudad de primer orden. Consecuencia, por un lado, de un efecto de psicología colectiva generador de empujón y de optimismo, y, por el otro, de las infraestructuras, equipaciones y nuevas realidades urbanas que nos dejaron.

Los Juegos demostraron que podíamos recoger retos complicados de relevancia mundial, ser observados por todo el mundo, hacerlo muy bien y ser aplaudidos por todo el mundo. Esto nos dio autoestima y autoconfianza. Con mi familia fue alrededor de aquellos tiempos que, después de más de dos décadas en EE.UU., decidimos instalarnos en Barcelona: una ciudad ya de la Comunidad Europea y desde donde los Juegos nos hacían ver que se podía tener protagonismo europeo y mundial. El deseo de plantar los pies en el Borne y la cabeza en el mundo era realizable. Y se realizó con éxito: mis artículos académicos más citados los escribí en Barcelona.

Las transformaciones urbanas que acompañaron a los Juegos, y que han hecho posible la Barcelona de hoy, son suficientemente conocidas: la apertura del frente marítimo, las rondas, el aeropuerto, las infraestructuras culturales... ¿Hacían falta unos Juegos Olímpicos para hacer todo esto? Desde la lógica cartesiana la respuesta es no, pero la lógica cartesiana tiene poco que ver con la lógica de la política. Estos días leo Barcelona 1969-1979: Els anys decisius del planejament de la metròpolis, un libro póstumo de J.A. Solans, el gran urbanista práctico de la Catalunya de la segunda mitad del siglo XX. Es una obra magmática y a la vez fascinante. De su lectura se desprende cómo es de difícil en Barcelona sacar adelante proyectos de envergadura, incluso si disfrutan, en su esencia, de consenso entre todos los que tienen algo que decir (ejemplo: el túnel de Collserola). En cambio, los Juegos nos proporcionaron un instrumento extraordinariamente efectivo para llevar a cabo proyectos ya diseñados o concebidos desde hacía mucho tiempo. Se tomó el compromiso –rondes, Villa Olímpica...– y, simplemente, no podíamos fallar: nos miraba el mundo. Solo este efecto ya justifica unos Juegos. Un ejemplo: ¿las vías de tren del Poblenou –de la primera línea que se hizo en España, algo con valor emocional para los técnicos de ferrocarriles– se habrían suprimido sin Juegos Olímpicos? ¿No se habrían encontrado todo tipo de razones –algunas incluso válidas– para irlo postergando? Está pasando con la Estación de Francia.

Los Juegos marcan el inicio de la Barcelona dinámica de hoy, con inmigrantes, estudiantes Erasmus, científicos de todas partes, ferias internacionales y muchos turistas. Como en todas las ciudades de éxito, el éxito ha conllevado problemas. Confrontémoslos. Pero arrepentirnos de los Juegos sería como si unos padres que han dado educación a sus hijos lo consideraran un error cuando el hijo ingeniero no acaba de encontrar un trabajo adecuado.

También querría remarcar que lo más significativo de los Juegos no es un volumen de inversión que estuvo perfectamente en línea con lo que permitían las bases fiscales de Catalunya. Un amigo carioca me comentó, cuando Río fue designada: celebrar los Juegos en Río es algo muy bueno, pero lo que es exquisito es que lo pagarán los paulistas. No fue el caso de Barcelona: nos lo pagamos nosotros.

De la experiencia de los Juegos concluyo, pues, que tomar compromisos internacionales en los que el grueso del gasto va a proyectos que son necesarios con independencia del evento concreto no es una señal de inmadurez. Puede ser muy eficaz y es perfectamente repetible.

De hecho, lo repetimos con el Fórum de las Culturas. Como mecanismo de compromiso en la realización de infraestructuras necesarias fue muy efectivo: la herencia urbana que ha dejado es buena. En la conciencia colectiva, sin embargo, ha generado poca autoestima y se ha registrado como fracaso. Y es que como evento fue un fracaso. Pero no fue un error. Fue un intento atrevido de no quedarnos en buenos ejecutores de eventos internacionales muy probados y establecidos, sino de innovar creando un nuevo concepto. No salió bien. Quizás se habría podido hacer mejor. No lo sé. Pero era una nueva frontera, un reto diferente. Se tomó el riesgo y lo aplaudo. Solo los que lo toman tienen opciones. Como los que decidieron hacer el Guggenheim en Bilbao o una Fira en Hospitalet sin la cual el Mobile no habría llegado nunca.