El miedo de Silicon Valley a perder el control
Silicon Valley parece haber entrado en pánico. El discurso sobre la inteligencia artificial se ha llenado de augurios apocalípticos que, de repente, eclipsan cualquier otro debate que rodee la realidad de estos oligopolios tecnológicos que han transformado las dinámicas de poder a escala global. Un sector desbocado, engrandecido desde la filosofía de la aceleración y el desarrollo sin restricciones ni miramientos –su famoso “move fast and break things” (muévete rápido y rompe cosas)– topa ahora con las consecuencias inesperadas de su propia innovación.
Hace solo unos meses, cuando Anthropic empezó a denunciar —prácticamente en solitario— los peligros que conlleva una IA sin regulación y se negó a que sus modelos se utilizaran en las guerras del Pentágono, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, intentó tomar represalias calificando a la empresa de riesgo para la seguridad nacional. El pasado julio, sin embargo, más de 1.200 trabajadores de empresas de vanguardia de la IA firmaron una petición pública en la que reclamaban al gobierno de los Estados Unidos que apoyara los esfuerzos internacionales para desarrollar herramientas técnicas y de gobernanza que regulen el ritmo del desarrollo de la IA automatizada.
Han hecho falta todavía algunos incidentes más para que Elon Musk o Sam Altman, CEO de ChatGPT, se apunten, de golpe, a la precaución. No se trata solo del futuro de la civilización, sino de su propio poder. La incertidumbre va más allá de la sensación de pérdida de control sobre la propia tecnología. También se suma el éxito tecnológico de China, que observa con recelo todo este cambio repentino de discurso. Pesa, además, el malestar social que se ha empezado a movilizar, dentro mismo de los Estados Unidos, contra los costes medioambientales de los centros de datos o por los límites legales y judiciales que amenazan un modelo de negocio construido desde el acaparamiento y la monetización de usuarios y datos. Todo esto en un escenario polarizado que apunta a cambios políticos en el horizonte. Las encuestas de intención de voto en las elecciones de mitad de mandato del próximo mes de noviembre dan una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y una alta probabilidad de que puedan conseguir también el Senado.
Para Donald Trump, todo es fruto de una “conspiración enfermiza” contra la IA y los centros de datos. La realidad es que la dependencia de la economía de los Estados Unidos en las inversiones de infraestructura de IA se ha convertido en una debilidad estructural para un Trump a quien le preocupa más que la burbuja reviente a corto plazo y quedar descolgados de la carrera tecnológica con China, que el futuro de la humanidad.
El problema es que ahora es el mismo Silicon Valley, que le acompañó —y financió— en su retorno al poder, quien le pide regulación. O, cuando menos, quien busca cómplices para no perder el control del debate regulatorio.
Durante la presidencia de Biden, Washington intentó aprobar algunas medidas preventivas sobre la IA. En aquellos momentos, en Bruselas, fuentes de la Comisión Europea explicaban, con orgullo, cómo desde la administración demócrata les pedían avanzar en la regulación porque ellos no podían.
A finales de 2023, líderes de todo el mundo, las Naciones Unidas y las grandes empresas tecnológicas globales se reunieron en Bletchley Park, en la misma finca inglesa donde un grupo de expertos de los aliados se dedicaron a descifrar códigos secretos durante la Segunda Guerra Mundial, para hablar de una gobernanza de la IA.
Desde entonces, sin embargo, la tecnología –y su uso militar– se han acelerado, y la voluntad de poner límites ha retrocedido. De hecho, una de las primeras decisiones de Donald Trump, en su retorno a la Casa Blanca, fue eliminar los organismos de coordinación y las medidas aprobadas por su antecesor. Y una vez más, Ursula von der Leyen escogió la estrategia equivocada. Bruselas pisó el freno de su propia regulación, presionada por el lobby millonario de las grandes tecnológicas y por la misma Casa Blanca.
A pesar de todo, la realidad se ha encargado de volver a centrar la agenda política de la Comisión. Ahora Bruselas ve el pánico de Silicon Valley como una reivindicación de su apuesta reguladora. Pero, como dice la economista italiana Francesca Bria, experta en política tecnológica, no podemos regular lo que no controlamos. Los grandes gigantes de la IA son muy conscientes de ello y, entre tantos augurios apocalípticos, buscan no perder el control sobre su propia regulación.