El minuto de oro de las letras catalanas
1. El sábado por la noche, en el MNAC, celebramos la Noche de las Letras Catalanas. Ya son 75 ediciones desde que trescientos valientes se encerraron en la librería Catalonia a celebrar una fiesta literaria clandestina. He aquí un dato histórico, de 1951, para recordar que la lengua, la cultura y la libertad de los catalanes han vivido tiempos mucho peores, y hemos salido adelante. Para los nostálgicos por naturaleza, la tradición de la Noche de Santa Lucía ya nos estaba bien. Justo antes de Navidad se daban a conocer los premios literarios más reputados y al cabo de un par de meses salían los libros a la venta. Era una celebración muy gremia y para el gremio. Ahora es distinto. Incluso los que el sábado nos mirábamos con la ceja alta este nuevo festival que se han inventado Òmnium, el Institut d'Estudis Catalans y TV3, debemos quitarnos el sombrero. Como dijo Xavier Antich, nunca en la historia se había transmitido un acto comunicativo tan potente sobre literatura catalana. A nuestras letras les conviene quitarse los complejos de encima, poner ambición, alegría y amor propio. Si el mundo del libro es la punta de lanza de nuestra industria cultural, ya era hora de que se notara en horario de máxima audiencia. En este sentido, y aunque todo es mejorable, el sábado se cumplió el objetivo.
2. La gala tuvo tres momentos de oro, de los que quedan. El aplauso para Pilarín Bayés y Roser Capdevila a la hora de entregar el premio Folch i Torres nos emocionó a todos. Gracias a sus dibujos, en papel o en la pantalla, muchos niños han entrado en la lectura y han disfrutado en catalán. Más allá de los logros profesionales de dos mujeres que han trabajado con desazón, esta aportación ya debería hacerlas merecedoras, tal vez, de un Premio de Honor de las Letras Catalanas. El segundo instante que puso la piel de gallina fue oír la voz de Pau Riba, con su mensaje póstumo vestido con una coreografía elegante. "Cuando ya no esté, no sabréis qué es una adelfa, ni un azufaifo". Así comienzan las lúcidas reflexiones sobre la fuerza de las palabras. "Cómo mueren los pueblos, si mueren las palabras" es un aviso pertinente. Aún retumba en la Sala Oval la sentencia definitiva de Riba que deberíamos escribirnos en el espejo del lavabo para que fuera lo primero que vemos después de lavarnos la cara: "La palabra es el alma de un pueblo".
3. El tercer momento es, también en su nuevo formato, la proclamación del premio Sant Jordi de novela. Con buen criterio, se entrega al final de todo, cuando el público ya ha mirado el reloj varias veces. En una noche con doce galardones, con algunas novedades como los premios a la dramaturgia y al cómic, nunca es fácil bajar de las dos horas. Y menos mal que los escritores, a la hora de los agradecimientos, son de talante contenido. No tienen esa exageración emocional de la gente del cine. En el instante de gloria, con el premio en sus manos, cada autor aprovecha su minuto sublime como quiere. Todo vale. Por supuesto que sí. Defender la lengua, salvar la unidad del catalán, trinchar a los políticos actuales o cagarte en los de antes. Adelante con el aplauso fácil. Pero dado que te han premiado una novela a la que has dedicado unos años a pensarla, escribirla y pulirla, dado que hay miles de lectores potenciales mirándote desde casa, quizá fuera bueno contar algo de la obra, aunque fuera una –un personaje, una sinopsis, un pasaje– que pudiera hacer venir. Si tienes una ocasión única de hablar de tu historia y aliñar a los letraheridos, no la desaproveches. No habrá una oportunidad igual. Para los mítines, siempre estaremos a tiempo.
4. Josep Pedrals, poeta y rapsoda con camiseta imperio, acabó su magnífico monólogo sobre el oficio del libro con la mayor verdad de todas las que se dijeron: "Si esto hay que sostener, ya podéis poneros a leer".