Mirar atrás puede y debe ser bonito. Esta es una de las frases que me servirán de base, este Sant Jordi, para dedicar el libro Érem tan joves, donde describo con palabras algunas fotografías de mis álbumes familiares. Mi intención al escribirlo es invitar a los lectores a repasar sus propios álbumes y dejarse llevar por esa especie de nostalgia que no da sufrimiento.
Estos días he leído una novela –novelón– que ha venido a confirmar eso que os decía: mirar atrás puede y debe ser bonito. En el caso de Kolkhoz, de Emmanuel Carrère, es bonito, interesante, divertido y muy emocionante.
El autor francés mira un poco atrás –hacia su infancia, cuando la madre y él estaban unidos por un amor abrasador–, de reojo –hacia los últimos años, cuando la relación maternofilial se enrareció– y mucho más atrás –para rastrear la historia de su familia, que es una historia repleta de personajes y hechos relevantes–. Carrère va entretejiendo la historia familiar con la de Europa con una agilidad e intensidad que te atrapan desde el primer momento hasta la última página.
Aunque buena parte de la novela me la he pasado envidiando una historia familiar como la de Carrère –que, para un escritor, es un pozo de tesoros–, me ha enternecido constatar cómo este escritor, hijo de una gran figura de la intelectualidad francesa, primo de la presidenta de Georgia, descendiente de un regicida y de un príncipe ruso, entre otros, cuando tiene que elegir un recuerdo, uno solo, del cajón de su memoria, elige este: “Mis hermanas y yo, en el asiento de atrás, íbamos cubiertos por una vieja mantita escocesa; un detalle curioso, en pleno verano. Los padres, delante, hablaban a media voz. Yo fingía dormir. Pocas veces llovía, pero si llovía y el rumor de los limpiaparabrisas nos acunaba, todo era aún mejor. Una vez aparcados en el parking del hotel, los padres, para no despertarnos, nos llevaban a la recepción, y después escaleras arriba hasta nuestra habitación. Si he de guardar solo un recuerdo de mi paso por la tierra, que sea este: el crujido de la grava bajo los pasos del padre, una noche de verano, que me lleva a caball o por el parking del Hôtel du Chapon Fin”.
Kolkhoz –tenéis que descubrir qué se esconde detrás de este título, no os lo quiero estropear– explica cómo se ama apasionadamente a una madre que lo pone difícil, y también es una defensa de la voluntad de mirar atrás.
¡Feliz Sant Jordi!