Decíamos ayer (bueno, hace un mes y pocos días) que la persecución judicial, política y mediática contra Mónica Oltra constituye un ejemplo paradigmático de uno de los instrumentos preferidos de la ultraderecha y de cierta derecha: la difamación, que también conocemos últimamente —naturalmente— con un anglicismo: lawfare, que podemos traducir como guerra sucia judicial. Consiste en divulgar infamias, injurias, mentiras contra un rival político, con la finalidad no solo de desacreditarlo, sino también de destruirlo: políticamente y, si puede ser, personalmente, en su ámbito más íntimo, que suele ser el de la familia y los afectos. Esta práctica no es ninguna novedad y nos podemos remontar tan atrás como queramos: en la política catalana, el supuesto alcoholismo de Pasqual Maragall sería un caso emblemático, aireado en su momento por CiU y el PP, y más adelante, los carteles del alzheimer que insultaban a los dos hermanos Maragall, Pasqual y Ernest, desde dentro mismo de las filas de ERC.Sin mirar tan atrás, cuando el ICE asesinó a tiros a los activistas Renee Good y Alex Pretti, la maquinaria del gobierno Trump se apresuró a esparcir que eran individuos peligrosos y a remarcar aspectos de su vida personal que, desde la perspectiva conservadora, se pudieran considerar negativos (que Renee Good era lesbiana, por ejemplo). En España, las difamaciones han afectado desde a dirigentes independentistas (las mentiras que se publicaron en su momento sobre Puigdemont, Junqueras, Jordi Cuixart o Jordi Sánchez aún resuenan hoy, hasta el punto de que una buena parte del independentismo las ha hecho suyas), sobre figuras de la izquierda española (Iglesias, Montero, Carmena) o incluso —esta es una novedad de los últimos tiempos— un presidente de un partido sistémico como el PSOE, Pedro Sánchez, a quien se intenta destruir con acusaciones contra su mujer, su hermano o el difunto suegro, si conviene.Las redes sociales han multiplicado la capacidad que tiene un rumor o una mentira de correr y propagarse, pero el verdadero salto cualitativo es judicializar la mentira: es decir, no que el difamador sea llevado a los tribunales, como sería de razón, sino que el difamado, además del daño que recibe, se tenga que defender judicialmente de la mentira que se le atribuye. De esta manera el mal que se inflige se agrava, se alarga en el tiempo y se convierte en una pesadilla que casi siempre afecta a la persona difamada tanto en su vida profesional como en la personal.Por todo ello, que Mónica Oltra vuelva a la política (lo hará para aspirar a la alcaldía de Valencia, contra la actual alcaldesa pepera) es una buena noticia. Aunque vuelva herida, como dice ella misma, y que eso comporte una responsabilidad añadida, como es la gestión del resentimiento. Pero es una buena noticia tanto para la izquierda valenciana como para la política de los Países Catalanes como para la política española. Quiere decir que, además del del mencionado Pedro Sánchez, hay otros manuales de resistencia. Y que el juego sucio, a la larga, es el juego de los cobardes y de los perdedores.