Los narcisistas de la guerra

Más que un nuevo orden mundial, lo que tenemos ante los ojos es una nueva ley: la del más fuerte, que interrumpe aquel principio universal aprobado por las Naciones Unidas hace más de ochenta años por el cual todo Estado es igual de soberano de su propia tierra y gente. Me interesa la pregunta fundamental que, en nombre de la condición humana, nos debemos hacer hoy: ¿qué tipo de mente ordena esta nueva política de la crueldad, que se activa sin diálogo ni responsabilidad, y que se extiende por el mapamundi como una epidemia evitable, de Latinoamérica al norte de Europa, de Europa del Este al Próximo Oriente?

Es la mente de los narcisistas que gobiernan nuestro mundo y nuestra tierra: interviniendo países, expoliando sus recursos y con lógicas de sabotaje. Pero sobre todo gobiernan nuestras vidas, porque de ellos depende nuestra cesta de la compra o el precio de la energía en este mundo hipertecnológico. Estos narcisistas solo tienen un factor en común: el innegociable destino de la victoria permanente, ya sea por la fuerza de la violencia o la del chantaje extractivista, por la seducción de la promesa de libertad o por el anhelo de los pueblos por resurgir de sus propias cenizas. Son figuras proactivas: actúan por decisión autoritaria, porque les empuja una autopercepción de superioridad y no dependencia. Colapsan el derecho a la certeza: nos instalan en un tiempo en el que sabemos cuál es la última violación del derecho internacional, pero no la siguiente.

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Lo son los tecnooligarcas que gobiernan tanto nuestro modo de vivir como los gobiernos de la guerra, como Israel y los Estados Unidos. Creen en la deshumanizadora automatización de la muerte: el resultado es el último auge de la tecnología de guerra sostenida por empresas como Nvidia, OpenAI, Palantir, Google o Anthropic. Contrariamente a como Hannah Arendt definió, a raíz de los juicios a los nazis, el principal acto de responsabilidad humana —desnaturalizar la violencia—, la crueldad del narcisista en tiempo de guerra se basa en hacer de la víctima un cuerpo anónimo, indiferente. Encadenar guerras es el último paso en esta deshumanización del conflicto.

Pero no es una característica exclusiva de los nuevos millonarios de Silicon Valley. El dúo que ha liderado esta guerra, Trump-Netanyahu, encarna el disfrute de la violencia. No es casual que la operación de este 2026 se haga en nombre de la rabia —Furia épica—, cuando la operación que justificó la guerra en Irak del 2001 a Irak se hizo en nombre de la libertad —Libertad duradera—. No podemos hablar de un patrón político ni de una ideología o tradición académica. Lo único que se repite es una hipermasculinidad impulsiva, vengativa y gozosa con el dolor ajeno.

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En su modus operandi, el odio que tiene Netanyahu por la forma de vida islámica no es tan diferente del que el ayatolá Ali Khamenei tenía hacia aquel pueblo convertido en Estado: Israel. La impulsividad de Trump lanzándose a la trampa de una guerra de graves consecuencias globales, como le recuerdan su propio partido y asesores, no se aleja mucho de la irracionalidad de los líderes de Hezbollah, abocando a todo un pueblo al sufrimiento innecesario y al desplazamiento ordenado por la política totalitaria de Israel —paradójicamente un Estado fundado por el pueblo más perseguido de la historia: los judíos.

La pulsión vengativa de Mojtaba Khamenei, hijo del gran líder supremo, es propia del niño consentido, educado en Occidente y enriquecido a costa de los vicios de un Primer Mundo que odia. Es la rabia del desagradecido, como lo es la de Trump cuando infiere amenazas que no puede cumplir a un régimen infame —detrás del cual hay una fe y cultura milenarias. Todas ellas son quimeras del ego de hombres nacidos en el privilegio.

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Es un contrasentido que la tierra de la mezcla cultural, de las utopías hippies y del liberalismo más desacomplejado que fue California hoy sea la madriguera de los narcisistas sádicos de Silicon Valley. Los nuevos gurús de la costa oeste lideran, con Peter Thiel a la cabeza, un proyecto profundamente antihumanista que ellos mismos denominan Ilustración oscura. Es un eufemismo para describir, con ínfulas culturalistas, el neorreaccionarismo antidemocrático que esparcen por el mundo. Descreen profundamente en el ser humano, pero desprecian por igual a los Estados a quienes hoy en día financian —Israel, Estados Unidos y otros usuarios de la inteligencia de guerra—, pero no en un futuro muy lejano. El Estado es el origen del mal, según este nuevo individualismo narcisista.

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Ainsi carrera de menosprecio de la condición humana no es nueva. Si hace un siglo Arendt se preguntaba, en nombre de la condición humana, la razón del supremacismo ario hacia los judíos, hoy el nuevo arquetipo de narcisista irresponsable no pone color a la piel de la víctima ni nombre a la nación herida. Nos reduce a todos al anonimato del desvalido universal. Todos somos potenciales víctimas sin rostro, sin voz y sin registro, como hemos visto en Gaza y en el enorme campo de minas que es la zona del golfo Pérsico, donde solo vemos recreaciones del mal como si se tratase de un videojuego.

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Para el tirano narcisista de hoy, la razón del dolor ilimitado es garantizar la propia superioridad. ¿Cómo? Menospreciando toda forma de diferencia con su propia identidad, que no es nacional sino de clase, de género, de raza y cultural. A menudo formados en universidades norteamericanas —como Netanyahu, educado en la escuela de negocios del MIT, Massachusetts, o Peter Thiel, fundador de Palantir y licenciado en derecho por Stanford—, la orientación tecnocientífica de esta nueva economía va por el camino de instalar un espíritu antihumanista inédito desde el pecado original de Hiroshima.

Cada desgracia se anuncia siempre peor que la anterior. ¿Cuál inminente ha de ocurrir para que despertemos de la insidia de esta crueldad automatizada que Mauthausen ensayó hace un siglo? Es hora de una solidaridad continental, que nazca en nuestras calles pero sea empática con los vecinos, porque se ha liquidado la fantasía del amigo americano. Debe quedar claro a qué lado de la historia queremos estar.