Feijóo y Abascal en una fotografía de archivo.
14/02/2026
Filósofo
3 min

"Soy independentista pero tengo miedo como demócrata". Gabriel Rufián apela a la izquierda a movilizarse contra la extrema derecha en un momento en el que un gobierno PP-Vox es una alternativa real a España. Y Abascal cada vez tiene más atrapado a Feijóo: mientras Vox sube, el PP está estancado, instalado en una lógica inercial a la espera de que el PSOE toque fondo. ¿Tiene la apelación al miedo de Rufián un valor de advertencia que comparto? ¿Qué me da miedo? Que triunfe el intento, cada vez más extendido por todas partes, de poner la política por encima del derecho como pretendía Carl Schmitt en uno de los momentos más trágicos de Europa. Y que hoy tiene a Trump uno de sus grandes propagandistas, que lo ha conducido hasta un grado caricaturesco que, afortunadamente, puede acabar descabalgando por el nivel de ridículo al que ha llegado, como ahora mismo en su negación de la ciencia y del calentamiento global. Y ciertamente, aquí no estamos libres de ese riesgo en un momento en que los gobernantes europeos van claudicando frente a una dinámica que amenaza sustancialmente a la democracia.

¿Cuál es el problema en el caso español? Pedro Sánchez tomó al PP a contrapié, descabalgó a Mariano Rajoy cuando nadie lo esperaba y la derecha, convencida de que era un espejismo, se estrelló contra él una y otra vez con su peculiar capacidad de resistencia, que en un momento de desdibujo de las izquierdas europeas sigue haciendo cábalas de futuro, y provoca cábalas de futuro, y provoca González, que dice que no le votará. Con el PSOE debilitado y las izquierdas atrapadas en la psicopatología de las pequeñas diferencias, el PP tiene todo de cara. ¿Por qué no acaba de salirse? Porque, convencido de que el espacio de la derecha es suyo, no ha anticipado el daño que le podía hacer Vox convirtiéndose en socio imprescindible. Y Abascal ha ido a por todas, pensando que en momentos desconcertantes una parte de la ciudadanía puede ser sensible a una versión de la patria y de la derecha, que él exhibe sin vergüenza, que se fundamenta en la masculinidad como atributo del poder, el paria extranjero –el inmigrante– como factor disolvente de la patria eternos, el autoritarismo postdemocrático como alternativa de futuro.

Resumen: el PP necesita Vox. Y Vox tiene margen y complicidades para hacer daño. Queda un punto de esperanza: Vox puede seguir ganando votos de los sectores más reaccionarios del PP, pero el mismo tiempo –en el tamaño en el que crezca como amenaza– podría provocar una movilización de reacción democrática en la izquierda y parte de la derecha. Ahora despiertan los socios del gobierno Sánchez: Sumar y compañía convocan a reaccionar contra el neofascismo. Sin embargo, es inevitable recordar la embolada de Podemos de 2014 que acabó como el rosario de la aurora, con unos líderes, que debían comerse el mundo, atrapados en la psicopatología de las pequeñas diferencias entre egos acelerados.

Si el PP hoy se siente inseguro es por la lamentable gestión de Feijóo, incapaz de transmitir autoridad y desarrollar un discurso alternativo consistente que le permita hacer un pleno de votos de la derecha. Se ha limitado a la descalificación permanente de Sánchez, como si no se atreviera a explicar sus proyectos e intenciones. Y cada día queda más claro que acabará haciendo suyas gran parte de las banderas de Vox. De ahí los miedos que han llevado a Rufián a decir que no vale distraerse.

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