Onganía, el dictador argentino que en 1966 prohibió los besos, el ballet, las melenas y las minifaldas

Juan Carlos Onganía durante una visita a España el año 1965.
27/03/2026
Periodista
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Argentina culminó en 1976, hace 50 años, un descenso hacia el infierno. La dictadura de los “desaparecidos”, autodenominada Proceso de Reorganización Nacional y encabezada por el general Jorge Videla, no fue el principio de nada, sino la desembocadura de una grotesca cadena de golpes de Estado.

Poco antes de aquello, Argentina había sufrido a un dictador que, además de cruel, fue lo más anacrónico y ridículo de su tiempo. El general Juan Carlos Onganía declaró la guerra al cabello largo, la falda corta y los besos en público. Justamente entre 1966 y 1970, los años en que el resto del mundo se soltaba la melena.

Javier Milei puede parecer esperpéntico. Pero es, al fin y al cabo, un presidente constitucional, legitimado por los votos. Teniendo en cuenta la atormentada historia de un país tan joven como Argentina, con golpes de estado en 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976, Milei (con todo su ultraderechismo, su motosierra y sus charlas con un perro muerto) encarna, de alguna forma, una relativa normalidad democrática.

Mi barbero de Buenos Aires solía hablarme de su juventud. Y su juventud fue Onganía. Cuando mi barbero aún no tenía 20 años, la policía le llevó varias veces a otro barbero para cortarse el pelo. La policía le interrogó por estar sentado en un banco público, pasado el crepúsculo, junto a una muchacha. Una vez le llevaron a comisaría por llevar un pantalón acampanado: no le dejaron salir hasta que su hermano le llevó “ropa decente”.

Juan Carlos Onganía (1914-1995) pertenecía al sector “civilizado” del ejército. Frente a los militares “colorados”, partidarios de matar o encarcelar a los peronistas, él pertenecía al bando “azul”, inclinado a mantenerlos con vida, aunque, por supuesto, en la ilegalidad.

El 28 de junio de 1966, un grupo de oficiales entró en la Casa Rosada y echó a la calle al presidente Arturo Illia, un civil tutelado por el ejército que intentó aplicar políticas socialdemócratas. Illa tomó un taxi y se fue a su casa. Los generales colocaron como presidente a Onganía.

Fíjense en la fecha: 1966. Mary Quant acababa de poner de moda la minifalda en Londres. En Estados Unidos ya se cocía el “verano del amor” de 1967. En 1968 estalló el mayo francés. Onganía no soportaba eso. Ni cabellos largos, ni minifalda, ni contestación estudiantil. Semanas después de asumir el poder, el 29 de julio de 1966, ordenó a la policía que apaleara a profesores y estudiantes de la Universidad de Buenos Aires. Fue la “noche de los bastones largos”.

Y lanzó una delirante cruzada moral. Su modelo era Francisco Franco (esperaba disponer de 40 años para “depurar” Argentina), pero ni Franco, con toda su mojigatería, llegó a prohibir ballets como “La consagración de la primavera”. Onganía sí lo hizo. El tutú era obsceno.

También era obsceno besarse en público. Y, por supuesto, lo era el sexo extramarital. Montó una brigada que irrumpía en las habitaciones de los hoteles y pedía la documentación de los encamados. Si no eran cónyuges, se les detenía y se llamaba a sus familias. Si eran homosexuales, a presidio.

En la cruzada contra las malas costumbres, la mano derecha de Onganía se llamaba Luis Margaride. El comisario Margaride era jefe de los inspectores municipales y, según su título oficial, “Custodio moral de la Ciudad de Buenos Aires”. Margaride veía pecados en todas partes. Afirmaba que el rock era diabólico. Fue él quien ordenó las múltiples detenciones de mi barbero.

Conviene desconfiar de las personas de este tipo. La Junta de Comandantes cesó a Onganía en 1970. Pero Margaride siguió medrando. En 1973, el retornado presidente Juan Domingo Perón le nombró subjefe de la Policía Federal, por recomendación de su secretario, José López Rega, “el Brujo”.

En realidad, lo que asumió secretamente Margaride fue el mando operativo de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como Triple A e iniciadora de la “guerra sucia” que desembocó a partir de 1976 en la guerra más que sucia, la de Videla, la de los 30.000 “desaparecidos”.

Considerando todo esto, Milei es casi normal.

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