El episodio intolerable de brutalidad policial ocurrido en Elche, cuando unos agentes de policía apalearon a un seguidor del Barça que llevaba una estelada, han permitido constatar –sin sorpresa, dicho sea de paso– que algunos conciudadanos se indignan con más o menos intensidad según la comunidad autónoma de donde procede la víctima de la violencia policial. O según la bandera que levante.Hace justo un mes hubo más de veinte heridos a consecuencia de las cargas policiales –del todo injustificadas y desproporcionadas– contra la masiva manifestación en Palma que protestaba contra la turistificación, la especulación y la masificación. Y hace unos meses, durante las también multitudinarias, y admirables, movilizaciones de los docentes valencianos en defensa de la escuela pública y de la enseñanza en valenciano, una profesora fue agredida brutalmente por un agente de policía que la hizo caer de cara al suelo con un empujón por la espalda. Algunos de los que ahora se exclaman y se indignan –con toda la razón, por otra parte– por la agresión policial contra un joven aficionado del Barça que llevaba una estelada no encontraron motivo para decir nada ante los casos de brutalidad policial en Mallorca o en el País Valenciano. Al contrario, algunos consideran que a los mallorquines y a los valencianos ya nos está bien, con el argumento alucinante de que el PP (o el PP más Vox) ganen las elecciones en estas comunidades. Como diciendo: “Os lo merecéis, por votar mal”. Hay, en efecto, gente que se ve capacitada de decir a los otros cuándo votan bien o cuándo votan mal. Esto lo hacía el escritor Vargas Llosa y lo hacen también estos conciudadanos que digo.Para ellos, entre las víctimas de la violencia policial hay clases. Profesora valenciana (jubilada, además) que defendía la escuela pública y en catalán: bah. Manifestantes, activistas y periodistas mallorquines que protestaban contra la especulación con la vivienda, la destrucción del medio ambiente y la masificación: pse. Joven aficionado del Barça con estelada: ataque contra las libertades, agravio histórico y héroe nacional. Algunos de los que hacen estas diferencias después acostumbran a hacer también grandes proclamas patrióticas y a dar lecciones –nunca pedidas– sobre el país.Los policías que pegan no son tan maníacos, y ellos sí que tienen claro a quién pegan y por qué. En todos los casos, los cuerpos policiales –y, a su alrededor, los poderes políticos y mediáticos (y judiciales, cuando conviene)– se parapetan en una defensa corporativa aferrada de los policías violentos. Recurren también a la táctica de pervertir los roles y presentar a la víctima como agresor y al policía agresor como víctima. No faltan los sindicatos policiales, que atizan la crispación de acuerdo con una ideología política bien concreta y reconocible, que es la de la ultraderecha nacionalista española. Ante todo esto, sin embargo, algunos encuentran que hay que reservar la plena consideración de víctimas a unos y que, en cambio, no hay que concederla a otros. Es un comportamiento extraño, que se produce en la distancia que va entre el hecho de ser víctima y el de ejercer el victimismo.