'Cursos para acosadores'.
30/06/2026
Doctora en psicología social y asesora estratégica
3 min

El gobierno de la Generalitat presidido por Salvador Illa está formado por dieciséis consejerías, nueve de las cuales están ocupadas por mujeres. Una paridad celebrada por quien defiende la igualdad en los espacios de decisión. Pero estos últimos meses la crítica política y social no parece repartirse de manera equivalente. La presión parlamentaria se ha concentrado de forma sorprendentemente asimétrica en el flanco femenino del ejecutivo: las reprobaciones a Sílvia Paneque y Núria Parlon, las demandas de dimisión de Esther Niubó y Olga Pané, y las exigencias de cese que ha recibido Mònica Martínez por parte de entidades sociales, sindicatos y plataformas ciudadanas.

Ningún consejero hombre del Gobierno actual ha sido reprobado ni ha recibido, hasta ahora, una petición formal de dimisión aprobada por el Parlament. Es verdad que Josep Lluís Trapero, como director general de la policía catalana, sí; pero si alguien se limitara a leer titulares o escuchar determinadas tertulias, podría llegar a pensar que al máximo nivel solo gobiernan mujeres y que, además, lo hacen mal.

Quizás sea una casualidad. Es posible que las mujeres de este gobierno sean menos competentes que sus compañeros masculinos. Pero la evidencia científica invita a sospechar que pueden intervenir otros factores, algunos inconscientes y otros profundamente estructurales.

Sabemos, por ejemplo, que las mujeres a menudo acceden al poder en circunstancias especialmente difíciles o en lugares precarios. Diversas investigaciones muestran que tienen más probabilidades de ser nombradas para liderar organizaciones en crisis o áreas que acumulan problemas de larga duración. Es decir, llegan cuando las cosas ya van mal dadas.

Islandia se convirtió en el caso paradigmático. Después del estallido de la crisis financiera de 2008, desencadenada internacionalmente por la quiebra de Lehman Brothers, el país sufrió uno de los colapsos bancarios más espectaculares del mundo. Los tres grandes bancos se hundieron en cuestión de días y el gobierno cayó bajo una enorme presión social. En aquel contexto de máximo riesgo, diversas mujeres asumieron la responsabilidad de reconstruir el sistema financiero y político. Dos de las principales entidades bancarias nacionalizadas quedaron en manos de directivas, y en 2009 Jóhanna Sigurðardóttir fue nombrada primera ministra.

La prensa internacional convirtió aquellas decisiones en símbolos de una nueva época. El Financial Times resumió el sentimiento general con la frase: "Islandia llama a banqueras para limpiar el desastre de los hombres jóvenes". En Nueva Zelanda se hablaba de "mujeres vikingas" que luchaban por salvar la nación. Incluso circuló una broma tan ingeniosa como reveladora: si en lugar de Lehman Brothers hubiéramos tenido Lehman Sisters, quizá la crisis no habría existido. Parecía que, por fin, se reconocía el talento femenino en puestos de dirección.

Pero detrás de aquel aparente reconocimiento podía haber otra realidad. ¿Y si las mujeres eran escogidas precisamente porque el riesgo de fracaso era muy elevado? ¿Y si ocupaban posiciones que nadie más quería asumir? Los psicólogos Michelle Ryan y Alex Haslam dieron nombre a este fenómeno –glass cliff, "precipicio de cristal"– después de estudiar más de 100 organizaciones. Según ellos, las mujeres tienen más opciones de llegar al poder cuando las probabilidades de éxito son bajas y las de fracaso altas.

Hay que estar alerta porque es un mecanismo tan sutil como el techo de cristal y alimentado por los mismos estereotipos. Si las áreas de educación, salud, servicios sociales o vivienda acumulan décadas de tensiones, infrafinanciación y deterioro, quizá los resultados no dependen exclusivamente del talento de las consejeras que hoy las dirigen. Quizá dependen también de los recursos disponibles, del margen de maniobra real y del tiempo necesario para reconstruir aquello que se ha ido desgastando durante años. Los servicios públicos se pueden deteriorar rápidamente; recuperarlos es una tarea mucho más lenta. Y aún lo es más reconstruir la confianza de la ciudadanía.

Por eso conviene observar con atención qué cargos se ofrecen a las mujeres y en qué circunstancias: puestos de poder, sí, pero también aquellos que tengan perspectivas reales de éxito y de triunfo.

Ahora bien, el futuro no está escrito. Islandia también nos enseña esto. Contra lo que predice la teoría del precipicio de cristal, el gobierno de Sigurðardóttir consiguió estabilizar el país e impulsar reformas importantes. Las mujeres no fueron simplemente sacrificadas para absorber el fracaso. El precipicio de cristal existe. Pero a veces, contra todo pronóstico, las mujeres llamadas cuando la casa ya arde acaban siendo las que consiguen apagar el incendio.

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