Josep Vallverdú, Poeta del siglo
13/09/2026 - 20:04 h.
Periodista y escritor
3 min

El 24 de julio hubo un momento en la iglesia de Santo Domingo de Balaguer en el que todo el mundo miró atrás. El taca-taca; taca-taca-taca-taca-taca avanzaba por el pasillo central a la velocidad que siempre mantiene el presidente Jordi Pujol. Visto y no visto. Se aparcó sin decir ni mu. Pocas palabras. Pero le salió no sabemos de dónde: “¡Qué hombre!” Así dijo adiós a su amigo: Josep Vallverdú.

Pujol y Vallverdú se conocieron en 1951. Antes Josep Espar Ticó ya llevaba tiempo trabajando: detectando jóvenes. De esta manera empiezan las pelis de espías catalanes. El país volando por los aires. Trencadís. Solo había trozos. Ni se conocían, ni se sabían. Es la vajilla de casa. Y desde 1939 el primer movimiento contra la dictadura letal es el catalanista, el catalán. No el trotskista, ni el fontanero, ni el internacionalista. Llamo un momento al Josep Vallverdú de 16 años para que lo diga de viva voz: “Tenía conciencia de que nosotros éramos los derrotados. Y muy pronto, antes de que me lo dijera Jordi Pujol, yo tenía un lema, que la guerra la perdió Cataluña". Fue el primer Loctite de la Cataluña resucitada.

Vallverdú e Isabel Arqué serán enviados por Pujol-Espar a Balaguer. Harán de profesores en el instituto, pero tendrán una doble vida. Día y noche. En los pisos sombríos de la ciudad vieja, condal, orgullosa, enseñaban la vela de la patria a los jóvenes: catalán, historia, literatura… Y se veían. No estamos muertos: estamos vivos. El tiempo pasaba, pero ellos estaban siempre ahí. Un Pujol salido de la prisión de Zaragoza va a buscar a Vallverdú enseguida: tienes que hacer un libro sobre Lérida. Ya olfateaba el ruido de la apisonadora de anexión de Lérida a Aragón. De aquí sale un libro que lo cambia todo hasta hoy: Lleida, problema i realitat. Hasta el último momento supieron de sí, hablarse, verse. Diferentes, divergentes, discrepantes, pero con un mismo objetivo, misión. Por eso hay adioses a los que no les hacen falta manos y el llanto más grande no tiene lágrimas. El hombre que siente mucho habla poco.

Vallverdú, a los 103 años, murió deprisa. Sin decir nada. Pujol, el día de la Diada (en Catalunya Ràdio), dejó aquel mensaje de contestador en el aire, de un piso vacío cuando te vas de puente, de fin de semana: “Yo me apago pero la mayor parte de vosotros sois gente vital, con esperanza y con futuro; hay mucho futuro para vosotros, un futuro colectivo”. Dice más cosas, pero sobre todo dice esta. Por eso somos un país, no una botella de anís. Mientras los/las Díaz Ayuso de las Castillas, o de la Cataluña castellana-marciana-tisana, solo pueden hablar de su ático, de su cortijo, de su búnker con un “Está en venta, chao pescao”. Pujol (como ya hizo Vallverdú) dice un protoadiós y buenas noches. Adiós. Hasta la vista. Que les vaya bien. Estén bien. Hasta después. Hasta siempre. Ya han pasado las llaves. Ahora, para vosotros el pollo. Todo vuestro.

Un país es una escalera para ir subiendo (también para bajar, o detenerse en el rellano). Los peldaños son las generaciones. Una detrás de otra. Sin escalera y sin peldaños no hay nada. Solo vacío y muerte. Sin Vallverdús, sin Pujols, sin tanta gente… Ya está. Ahora mismo el peso de todo cae sobre nosotros. Pero el peldaño decisivo será otro: los hijos. Más que nunca Cataluña es porque es una hipótesis. Y después de un adiós tiene que venir un hola. Si lo sentís es que estamos aquí.

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