

Pocas horas antes de que declarara a la comisión de investigación sobre la operación Catalunya, aparecen (vía RAC1) unos audios que demuestran que María Dolores de Cospedal ya estaba implicada de lleno en la guerra sucia contra el independentismo catalán en el 2014, cuando era secretaria general del PP. Por otro lado, este fin de semana ha aparecido un manifiesto, firmado por cuatro exalcaldes de Ripoll (Pere Jordi Piella y Jaume Camps, del PSC; Teresa Jordà, de ERC, y Jordi Munell, de Junts) que denuncia la xenofobia de la actual alcaldesa, Silvia Orriols, y su forma "autoritaria y sectaria" de gobernar. Orriols, por su parte, ha contestado como tiene por costumbre: con un vídeo en el que se presenta como víctima, acusa a sus predecesores de ser unos caciques y se presenta (a ella misma ya su partido, Aliança Catalana) como "los verdaderos demócratas". Durante el mismo fin de semana, un alcalde actual de Junts de una ciudad importante, Agustí Arbós, de Olot, en una entrevista en Nación Digital guiña bastante explícitas a Aliança Catalana con un discurso que sitúa a los inmigrantes como causantes de la degradación de las condiciones de vida "de los catalanes" ("Hay que frenar de una manera bastante radical la llegada masiva de gente para mantener el estado del bienestar", decía el joven cachorro de la nueva derecha catalana). Finalmente, hace unos días asistíamos a un intercambio de insultos bastante intemperantes entre Gabriel Rufián y Francisco de Dalmases, pocos días después de que Oriol Junqueras hubiera invitado a Jordi Turull a "aparcar los reproches" en la consecución de "cuotas de soberanía" del gobierno de España, durante el XXX Congreso de ERC que avaló.
Todas estas son noticias de los últimos días, y definen bastante bien los puntos cardinales en los que se mueve el independentismo desde hace un tiempo (y previsiblemente en los meses y años venideros). En el norte, el agravio por la guerra sucia y los abusos antidemocráticos del estado español; en el sur, la guerra entre partidos, que a menudo se expresa a través de tirrias personales y estallidos de ira infantiloide; en el este, el efecto de arrastre de la extrema derecha, naturalizada por los sectores de la derecha tradicional que asumen sus postulados; al oeste, las ambigüedades y los equilibrios tanto de ERC como de Junts entre seguir prometiendo la independencia a sus votantes y, a la vez, participar en la gobernabilidad española.
Los cuatro puntos combinan visiblemente mal, perdiendo el rumbo no sólo los partidos sino también sectores amplios del movimiento independentista, que vivió sus días de máximo crecimiento cuando la idea de fundar una república iba ligada al mejoramiento democrático, al progreso ya la cohesión social. Los grandes partidos (y también, a su manera, la CUP) van empujando los días y los años, pero han perdido la mayoría en el Parlament y también buena parte de la credibilidad, que no reaviva ni siquiera ante la confirmación del juego democráticamente inaceptable de los habitantes de las cloacas del Estado.