Hubiera querido ir a Girona en tren, porque con alta velocidad es un momento, pero fui en coche. Tardé casi el triple de tiempo y, según ChatGPT, emití casi cinco veces más de CO₂. Pero así me aseguré de llegar a la hora, calculando, eso sí, un tiempo generoso de margen en la hora de salida, no fuera que las rondas me tuvieran preparada una sorpresa desagradable, que no fue el caso.
Mientras iba avanzando camiones y más camiones por la AP-7, escuchaba una entrevista que le hacían en la radio al secretario de estado de Transportes, José Antonio Santano, destinado temporalmente a Catalunya para poner orden en la operación Cercanías, en la que el concepto clave acabó siendo "recuperar la confianza del usuario".
Misión imposible, al menos para los próximos años. Renfe y Adif han quedado manchadas de por vida por los miles de personas pertenecientes a dos generaciones que casi todos los días deben sufrir su incompetencia. Y pasarán años antes no vemos trenes modernos y limpios, que salen y llegan puntuales a estaciones cómodas, donde las escaleras automáticas y los ascensores funcionan y la información en las pantallas sobre vías y horarios es tan fiable como la hora en el reloj del móvil, y todo sobre unas vías en mantenimiento continuado.
Mi viaje fue de un día, pero las personas que salen a los reportajes de los medios explicando la desesperante aventura diaria, porque no pueden permitirse otra opción para ir a trabajar, quizás algún día lejano recuperarán la confianza en los trenes del Estado. Lo que no recuperarán serán las horas de vida que les han robado mientras siguen pagando sus impuestos, porque son mucho más que simples usuarios o clientes. Son ciudadanos.