El incremento del turismo es una de las razones que explican la buena marcha de la economía catalana.
20/08/2026 - 18:02 h.
Escritor
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Pleno agosto, y muchos de nosotros estamos de vacaciones. Este artículo se escribe como quien envía un mensaje en una botella que lanza al mar: llegará que estaré en otra galaxia, si hay suerte. Espero, y lo digo a modo de presagio, que todo vaya bien. Cuesta no pensar que, si hace unos años, la pregunta en estas fechas trataba sobre el privilegio del turista (quién puede viajar y quién no), ahora la cuestión tiene más que ver con el sentido del acto (coger un avión y huir, ser testigo temporal de otra vida en un país que nos queda lejos) en tiempos de grave crisis climática. Es decir: en un momento en que velocidad y movilidad dejan de producir libertad y empiezan a provocar desigualdad.Se ha pensado muchísimo: el turista no busca solo conocer otras culturas, sino que también participa de una forma de consumo y de producción de autenticidad; el turismo como industria es una manera socialmente organizada de mirar y consumir lugares; las vacaciones funcionan como un alto el fuego transitorio del trabajo mediante una lógica de consumo encubierta en la estética del descanso. Como decía, antes nos preguntábamos quién podía disfrutar de esta suerte y ahora nos preguntamos, o deberíamos preguntarnos, quién paga las posibilidades de la movilidad de los demás. Lo sabemos bien aquí, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona, en que el impacto del turismo, más allá de gentrificar los barrios, también afecta a su clima: es un error creer que el impacto de los turistas solo tiene que ver con una cuestión económica o de nivel de vida, y es que el turismo global es responsable del 8% de las emisiones globales de los gases de efecto invernadero, según un estudio de 2018 de Nature Climate Change. Quiero decir: este calor infernal también tiene que ver con esto.En cuanto a la gentrificación y a la transformación de las ciudades, dudo si existe un turismo amable, inocuo. Hace pocos días, vi a un catalán que, desde Shanghai, defendía la posibilidad de viajar de tal manera que no alterara el sistema económico del lugar. Sostenía que estar en contra de la gentrificación no implica dejar de viajar y apostaba por un turismo no gentrificador: ni pisos turísticos ni reservas por Booking. Otros lemas: recordarse a todas horas que uno es actor secundario de la cultura que visita; no querer que la ciudad se adapte a las propias necesidades, y tener clara cuál es la intención que te lleva a los lugares (es decir, no concebir la casa de los demás como un patio de escuela, como un parque de atracciones). No sé si con esto basta para no destruir los lugares que visitamos. Lo que está claro es que, en términos de huella ecológica, no hay resignificación posible.

Creo que era Brossa quien decía que viajar no tenía mucho sentido: uno bajaba del avión, a no sé qué lugar remoto, y continuaba siendo el mismo de siempre. Atravesamos países con la promesa de que descubriremos una parte de nosotros oculta, imprevisible, que podremos ser, durante un rato, otros, pero la sorpresa llega al darnos cuenta de que la transformación no está lejos de casa, en otro huso horario. Es decir: quizá lo que hace falta es poner en crisis el valor, la promesa final, que históricamente hemos atribuído a los viajes. Sin embargo, el viaje ofrece nuevas posibilidades, pequeñas treguas de la vida cotidiana: pienso en mi familia, ahora, reunida por primera vez desde hace mucho tiempo, compartiendo tiempo durante días seguidos, redescubriendo aquella parte de nosotros que habíamos olvidado. Sabemos que nos aproximamos a una nueva era en la que, contrariamente a lo que hemos vivido los últimos años, con los vuelos de bajo coste y la pandemia de Airbnbs, se impondrá el fin del turismo. No será, sin embargo, una decisión consciente, meditada y amable con nuestro entorno, sino una imposición forzada por el fin de los recursos naturales: llegará el día en que la falta de carburantes, por ejemplo, o el precio exorbitante de los billetes impedirá coger vuelos a voluntad. Sería bueno que entonces se iniciase un nuevo modelo de turismo, aunque todo apunta a que no será así: tan solo se reducirá el número de personas que podrán disfrutar del turismo y aumentará el de personas que serán víctimas colaterales. Parece que, mientras tanto, la opción escogida es la de disfrutar el final, como quien baila en el infierno. Lo escribía hace pocos días un usuario de Twitter: el cambio climático se manifestará en forma de imágenes que reproduciremos en los teléfonos, hasta que seamos nosotros quienes las grabemos en primera persona.

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