07/10/2021

Sociedad de consumo

3 min
Barcelona bajo los aguaceros de otoño, en una imagen de archivo.

Ya no nos queda el otoño para la nostalgia. Ahora el viaje de esta estación es para ir de una angustia a otra, sin muchos transportes alternativos. Hay huelga de esperanza. Volverá el cambio pronto y la oscuridad por la tarde sin metáfora. Seguro que será una buena temporada de setas, pero seguro, también, que asistiremos al colapso de cestos porque quedan pocos lugares donde disfrutar de una tarde sin tener que llevarse nada. De todo se tiene que sacar algo y pronto de tanto sacar nos quedaremos con las manos vacías. Ya las tenemos. Pero continuamos con la ilusión de vivir en una vida envuelta. Hay regalos que se acaban fundiendo.

Hace cuatro días nos decían que habían caducado miles de vacunas por un error de cálculo y todavía no sabemos si nos tendrán que poner la tercera dosis porque se ha constatado una pérdida notable de efectividad. Lo más efectivo, en general, es aislarse, si no fuera que de cualquier manera perdemos el norte. No se prevén ganancias en positivo para la población general. Mientras el covid ya pasa a ser una noticia de segunda, a pesar de estar pendientes del ballo in maschera discotequero, ahora toca preocuparse del post-covid. No fuera caso. De momento ya tenemos esta falta de suministro que están sufriendo las industrias y las hostias que nos acabaremos dando para tener lo que necesitamos y lo que no. Esta crisis es insólita, porque hay dinero y clientela, pero por más diferente que sea, las consecuencias son las mismas. Todo será más caro. Todo es más caro. Continúo viviendo con perplejidad cómo asistimos cada día a un nuevo máximo histórico del precio de la luz y cómo consumimos sin pensar en el mañana. Nos ha caído el WhatsApp y hemos dejado de comunicarnos. Esta semana perdí el cargador del móvil y se me cayó el mundo encima. Cuando no tenía móvil el mundo me pesaba en un sentido existencial, no por una dependencia tecnológica. Ahora ya tengo el doble de peso. Y debe de ser por eso que mucha gente se arrastra en lugar de andar. Pero, en realidad, la tecnología no va por libre. Esta caída mundial ha sido culpa de un error humano. Como humanos son tantísimos aciertos. Tendemos a olvidarnos de las dos cosas por aquello del mecanismo de supervivencia, pero si no conseguimos generar más conciencia global y menos consumo sufriremos mucho más que una falta de suministros. Ya lo cantaba Raimon hace muchos años: Tu compres un poquet/ Jo compre un poquet / Aquell una miqueta de res / D'això en diran després / Societat de consum (Tú compras un poco / Yo compro un poco / Ese un poco de nada / A esto lo llamarán después / Sociedad de consumo).

La buena noticia es que no todo el mundo está destinado a sufrir. La Fiscalía española está a punto de archivar todas las investigaciones sobre el rey emérito, lo cual facilitaría su regreso a la España patria, que de tanto quererla presuntamente la estafa. Como los otros patriotas, entre mandatarios y particulares, de los papeles de Pandora, a quienes después tienes que oír dando lecciones de cómo votamos. No dan ganas de votar. Solo de vomitar sobre esta legalidad que consiste en poder saltarse cualquier ética y encima sacar pecho. Quizás el gesto es demasiado gráfico y del todo desagradable, pero mucho menos de lo que representa oír sentencias encorbatadas de individuos que creen que están por encima del bien y del mal porque el sistema los protege. Puestos a dejar de consumir, tendríamos que empezar por dejar de oír a estos maestros del cinismo y sus veredictos sangrientos. Aunque esto solo conseguiría que fuéramos nosotros los que nos quedáramos sin luz. Qué difícil todo. Una semana de noticias da para tres temporadas de serie distópica. Y la mayoría de coches automáticos ya se fabrican sin freno de mano.

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