El empresario Víctor de Aldama, corruptor del caso Ábalos, en mayo.
23/06/2026
Escritor
2 min

El Brexit es un ejemplo representativo de cómo una idea demagógica (menos que una idea, apenas un eslogan) puede llegar a condicionar una democracia antigua, estable y respetada como la británica, y por extensión, la política internacional. Más que cualquier otra cosa, el Brexit fue una estupidez enorme, colosal, y como pasa con las estupideces, sus efectos fueron —y son todavía— devastadores. Keir Starmer llegó a primer ministro con una vistosa mayoría absoluta laborista como hacía tiempo que no se veía, y ahora abandona el poder a mitad de legislatura, con un descrédito ganado a pulso: para hacer políticas neoliberales ya estaban los otros, no hacía falta un laborista tanto o más de derechas —y tanto o más antieuropeo— que los tories mismos. A Starmer le ha tocado vivir desde el poder el estallido de la extrema derecha en el Reino Unido, representada por Reform UK, el partido de Nigel Farage, un viejo populista que siempre había hecho un papel residual dentro de la política británica y que ahora tiene posibilidades sólidas de tocar poder.La dimisión de Starmer ha coincidido con la condena al exministro y ex secretario de organización del PSOE José Luis Ábalos, y la derecha española suspira: que siga Pedro Sánchez el ejemplo de su colega Starmer, que al fin y al cabo también es de los suyos, dicen. A Starmer lo ha hecho dimitir, como él mismo ha reconocido, su propio partido. A Pedro Sánchez la derecha española le quiere hacer la jugada que ya conocemos por Lula da Silva en Brasil o António Costa en Portugal: montar un cerco judicial en torno a un presidente y a su gobierno (con causas ciertas y otras falsas, y con un uso arbitrario y discrecional de la administración de justicia) hasta conseguir que el presidente en cuestión abandone o acabe en la cárcel (este sería el desenlace más deseado con Sánchez).Los que irán a prisión, con sentencias que seguramente deben ser ajustadas a sus delitos, son Ábalos y Koldo. Hay que celebrar la ejemplaridad de la sentencia, y también la celeridad del proceso: ojalá el ejemplo se aplique también al PP, un partido que según la sentencia de la Gürtel está organizado para delinquir como mínimo desde el año 1988 y que ocupa una sede pagada con dinero negro, sin que pase nada. Las dos velocidades, las diferentes varas de medir: la Kitchen ha llegado a juicio con trece años de retraso, y parece que tampoco hay ninguna prisa por parte de la justicia con el caso Montoro, de una gravedad estructural para los poderes del estado. Nada que no conozcamos, por otra parte, desde la ofensiva de las togas contra el Procés. Finalmente, quien no irá a prisión será Víctor de Aldama, uno de esos personajes que parecen extraídos de las películas de Santiago Segura y que abundan y se mueven a gran velocidad entre los altos poderes madrileños. Un vividor, un delator, un mentiroso y un estafador casi confeso que se sale con la risa del sinvergüenza que triunfa. “Gracias a la justicia”, dice el sujeto, con todo el cinismo, y anima “a los que vienen detrás” a seguir su ejemplo. A la democracia española no le hace falta ningún Brexit, ya se lo hace cada día.

stats