Tiempo de retroceso

El secretario de la OTAN, Mark Rutte, y el canciller alemán, Friedrich Merz, en una reunión en Berlín en diciembre.
07/01/2026
Doctor en ciencias económicas, profesor de sociología y periodista
3 min

Nos habíamos hecho mayores con la idea de un progreso continuado, con la expectativa de que siempre se va adelante y hacia mejor, a pesar de que podía haber altibajos, aceleraciones y frenadas. Por eso, lo que actualmente desconcierta y crea ansiedad es tener que llegar a la conclusión de que el mundo retrocede de forma general y continuada en prácticamente todos los terrenos. Incluso los grandes avances tecnológicos son vistos con temor, si no como cómplices del resto de retranqueos materiales y morales.

Dicho así, puede parecer que exagero, que hago una generalización excesiva y reduccionista. Y en parte es así: siempre existen señales de esperanza si se busca bien. Sin embargo, al menos en un primer vistazo, el panorama que nos describen los medios de comunicación es desolador. Podemos hablar de la calidad democrática, ahora mismo amenazada tanto en el panorama mundial como en los ámbitos más cercanos. El avance de las propuestas políticas más autoritarias incluso en los países hace pocos años más admirados es indiscutible evidencia. O, si se quiere, podemos hablar de la amenaza a la libertad de expresión, una libertad cada vez más coartada tanto desde la derecha como desde la izquierda ideológica, sea con censuras o sea con cancelaciones, desde un autoritarismo y un puritanismo moral que hacen pensar en tiempos no tan lejanos.

También debemos hablar de retroceso en cuanto a la amenaza a guerras y conflictos armados. Después de años en que los datos disponibles mostraban que se iban reduciendo y disminuían sus consecuencias, crecen ahora en extensión y virulencia. Esto arrastra al mundo a un rearme que quejará una parte significativa de los presupuestos destinados al bienestar social. Y, de paso, para hacerlo socialmente digerible, se esparce la berrea, como ocurre en Europa, que quien no se apunta o se resiste demuestra indolencia y poca capacidad de liderazgo, que es la manera sutil de decir que se es cobarde. De hecho, si Europa había nacido para protegernos de futuras guerras, es lógico que no haya desarrollado la cultura bélica que ahora se le exige.

La lista de retranqueos sería larga, pero no puedo estar de señalar otro terreno que debería preocupar. Pienso en la emergencia de postulados irracionales que favorecen la expansión de absurdas teorías conspiracionistas, del cultivo de viejas, y sobre todo nuevas —ya menudo ridículas—, supersticiones cotidianas y, por supuesto, de la desconfianza en el conocimiento científico. Como he sostenido en otras ocasiones, la nuestra no es una sociedad crítica como la que habíamos imaginado, sino cada vez más crédula y dócil en todas las formas de engaño.

Es muy difícil, en este terreno, distinguir entre percepción y realidad. Quiero decir que es imposible medir con objetividad suficiente la magnitud de este retroceso. Reconozco que, en parte, puede resultar de una percepción condicionada por la frustración de unas expectativas desmedidas. Pero a la vista de las reacciones sociales mayoritarias que se observan, creo que se puede sostener con fuerza la realidad de este panorama desolador. Por ejemplo, cuando se constatan los muchos miedos con los que se reacciona, los procesos de aislamiento cultural e identitario, las tentaciones de exclusión de la diferencia y desconfianza hacia la novedad, el populismo que parece buscar líderes carismáticos y autoritarios, y, sobre todo, la seducción que producen los futuros apocalípticos.

Todo ello se traduce en una ola reaccionaria y autoritaria atizada por los extremismos tanto de derecha como de izquierda, en una lógica polarizadora y antisistema que nace de razones diversas pero que coincide en promover una fragmentación radical e irreconciliable. Si añadimos que ni los partidos ni los pensadores de las posiciones más moderadas y dialogantes son capaces de ofrecer unos horizontes atractivos y creíbles en los que se pueda confiar, el panorama es devastador. La reacción sustituye a la proacción como motor social. Los profetas de las calamidades se hacen dueños de los nuevos espacios de predicación, es decir, de las redes sociales, mientras que los espacios de reflexión serena se van reduciendo, sobre todo ocupados por perfiles cada vez más arrinconados por un edadismo tan estéril como insensato.

Este escenario global obliga a hacernos preguntas inquietantes. ¿Es una ola que, tras llegar al colmo del reaccionarismo, retrocederá y dejará paso a nuevas esperanzas? ¿Será muy larga la espera? ¿Quién o qué le detendrá o, al menos, podrá contenerla? ¿Cuál es la manera más inteligente de responder sin hacerla crecer, de protegerse sin sucumbir a ella? ¿Es posible atisbar indicios de un nuevo tiempo serenado? Por ahora, las respuestas tienen más que ver con el estado de ánimo de quien responde que en ninguna evidencia fehaciente.

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