Una sesión del Parlament reciente.
11/07/2026
Periodista
3 min

La reciente encuesta del CEO puede llevar fácilmente a dos conclusiones opuestas: La primera es la existencia de corrientes electorales de fondo que invitan a los tremendistas a imaginar un país desmenuzado ideológicamente y con una gran presencia de desafectos o de partidarios de esta tendencia tan nuestra (constante pero intermitente) de mandarlo todo a rodar.Pero los mismos datos admiten una segunda lectura. Basándonos en la fría aritmética, y aceptando que el país es un olla de grillos, la encuesta no permite imaginar demasiados escenarios más allá de un continuismo más o menos matizado, es decir, un gobierno fruto del pacto entre PSC y ERC, con el apoyo de los Comunes o de Junts, según cuál sea su resultado. Sería una mayoría no precisamente sobrada de efectivos, pero tendría a favor suyo la atomización de la oposición, que resultará ser un inconmensurable revoltijo de enemigos ideológicos.El gran factor desequilibrante que revela el CEO es la existencia consolidada de un voto de extrema derecha dual –catalán y español– situado en torno al 25% de los votos (más del 30%, si añadimos el PP). La irrupción fulgurante del partido de Sílvia Orriols es lo que más llama la atención, porque podría pasar de la nada a los 25 diputados, situándose en primera posición en Girona y Lleida, lo que pone de manifiesto no solo la derechización del electorado, fenómeno común en toda Europa, sino también el giro defensivo de una parte del independentismo, que ha cambiado la ilusión ingenua de hace diez años por el reventismo (fruto de la represión y de la “rendición” del independentismo tradicional), y también por el miedo a la disolución nacional como consecuencia de los cambios demográficos.

En el Parlament, la presencia de AC hará que, sobre el papel, se pueda hablar de dos mayorías alternativas (la de las derechas y la independentista) que no verán nunca la luz precisamente a causa de los vetos cruzados que genera la ultraderecha. Esto podría tranquilizar a las fuerzas centrales del país, pero todas ellas deben mantenerse en alerta porque tienen problemas serios. Los Comuns y la CUP, con unas expectativas modestas y los vientos de la historia en contra; Junts, erosionada por el éxito de AC y con un efecto Puigdemont a la baja; ERC subiendo, pero con una bomba de relojería llamada Gabriel Rufián; y finalmente el PSC, tensionado por la falta de respuesta a los problemas estructurales del país, y sobre todo por la tormenta que parece fraguarse sobre el PSOE, a quien debe una parte considerable de sus votos.La división del electorado catalán en dos bloques nacionales diferentes (el español y el catalán), con un doble abanico ideológico, es lo que convierte la situación política del país en un puzle diabólico, y lo continuará haciendo mientras no se aborde esta dualidad estructural como lo que es: una realidad a la que un país maduro debería dar respuesta. Después del fracaso del Procés, el volcán soberanista está inactivo, pero no apagado, y si debemos hacer caso al CEO, ocupará la mayoría de los escaños del futuro Parlament (una mayoría inviable, pero no invisible). Por si fuera poco, en el mismo sondeo un sorprendente 45% continúan afirmando que votarían a favor de la independencia, y un 58% apuestan porque Catalunya sea un estado independiente, o bien federado dentro de España. Se puede hacer ver que esta realidad “inconstitucional” no existe, como hace el PSC, pero no sé durante cuánto tiempo. Especialmente si el PP y Vox acceden al gobierno español. Cuando esto pase las turbulencias quizás serán inevitables; veremos si los partidos de la centralidad catalana, especialmente los que gestionan dentro de sí esta dualidad, son capaces de encabezar una salida razonable a la pluralidad del país, o se conformarán con una política del avestruz que a estas alturas se puede considerar arriesgadísima.

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