El trabajo y la vida
1. El pasado lunes, en un debate sobre "El futuro del trabajo y el sentido de la vida", en la Escuela Europea de Humanidades, Sara Berbel insistió en la importancia del reconocimiento y dignificación del trabajo como elemento articular de la sociedad, y en la necesidad de afrontar desde esta perspectiva los cambios tecnológicos, que a menudo son vistos como una amenaza a una amenaza, colectiva. Si en los últimos tiempos ya se han abierto brechas importantes en la lógica de la cultura del trabajo, ahora los instrumentos del progreso del conocimiento dan vértigo. Y en este sentido la IA, el gran mito en pleno despliegue, genera grandes inquietudes.
Jordi Alberich advertía del peligro de crisis del colectivo por la vía de un individualismo exacerbado. El trabajo ha jugado un papel central en la era industrial como vía de realización personal, reconocimiento, construcción de identidad. El concepto de clase obrera adquirió una dimensión estructural en las sociedades del siglo XX, jugando un rol determinante cuando el mundo se transformó pasando del capitalismo industrial y nacional al financiero y digital. Y en las mutaciones, tanto de los sistemas de tipo soviético, con nuevas derivas autoritarias, como de las democracias liberales, en vía hacia el autoritarismo posdemocrático, el trabajo se ha desdibujado como elemento de cohesión y articulación social. De modo que, aunque pueda parecer contradictorio, por un lado crecen las pulsiones individualistas, y por otro lo hacen las amenazas sobre el trabajo como vía de realización humana.
2. Por una parte, la fábrica, la empresa, el despacho, los lugares de encuentro, pierden identidad, valor referencial y marco comunitario. Cada vez más personas –y acaba de empezar– hacen el trabajo desde casa. El online como redención comienza a generar dudas: es factor de autonomía, pero al mismo tiempo de invasión laboral del espacio privado, y por tanto de confusión; y la digitalización es una vía de destrucción de actividad laboral, por su capacidad de sustituir parte de las funciones de los trabajadores. El trabajo se siente condicionado y en consecuencia la persona también. Y un cambio que había imaginado como un factor de liberación puede acabar siendo un instrumento de sumisión. Encontrarse en el trabajo formaba parte de la condición laboral: ¿de verdad la comunicación por pantalla puede reemplazar satisfactoriamente la relación cara a cara? Quizás ha habido cierta precipitación a la hora de pensar que esta difusión del espacio laboral nos hacía más libres, y ahora, como todo cambio, genera dudas. E introduce factores de inseguridad, que se agravan con los nuevos avances tecnológicos.
Sin embargo, el tema es la inteligencia artificial. Su capacidad fascina y al mismo tiempo asusta. Desde su origen, en manos de la condición humana, todas las tecnologías tienen doble valencia: pueden servir para lo mejor y lo peor. Un cuchillo puede servir para cortar el pan, pero también para matar al enemigo. Y este principio se aplica a todas las tecnologías y se amplifica por su enorme potencialidad. La IA puede hacernos avanzar en el conocimiento de forma extraordinaria, pero también puede ser un factor de opresión en manos de determinados poderes, y puede amenazar la condición humana. Jamás tendrá el deseo, la sensibilidad, las pulsiones del cuerpo que somos cada uno de nosotros, y que es lo que nos hace singulares. Pero, con su inmensa capacidad de combinación de datos, puede llegar a suplantarnos, a facilitar el control de todos por parte de unos pocos, como ya se insinúa a menudo, y puede generar monstruos. Trump es el delirio del último hombre. De lo que se cree que todo le está permitido y que no tiene límites. El próximo ya será la IA (o se esconderá detrás de ella).
3. En todo caso, el trabajo ha sido expresión de la manera de estar en el mundo de los humanos: marcando su identidad y condición. Su evolución será determinante en la configuración de nuevas sociedades. Debe ser una de las cuestiones capitales del futuro próximo. Y hay que afrontarlo sin miedo, pero con conciencia de lo que nos viene encima. La relación empresario-trabajador ha articulado a las sociedades de la modernidad. ¿Cómo afrontar las mutaciones del mundo del trabajo con conciencia crítica, es decir, poniendo por delante el reconocimiento de la condición humana? La fantasía de la liberación del trabajo podría conducirnos a una sumisión agravada. La lucha por la libertad no terminará nunca –es condición de nuestro ser– salvo una claudicación generalizada. El totalitarismo siempre está al acecho.