Aeropuerto de El Prat visto de la torre de control
26/06/2026
Periodista
2 min

Uno se suma a la apuesta segura y altamente reconfortante de Natza Farré, que ayer titulaba que volverá el invierno (iba a escribir que me sumo “calurosamente”, pero en plena ola de calor es un adverbio que da sudores solo de leerlo). Ahora bien, de aquí a que vuelva el invierno se hará mooolto largo. La ola de calor tiene todo tipo de efectos y ninguno bueno excepto, quizás, que cada día que pasamos derritiéndonos como un helado es más difícil negar la evidencia del cambio climático y oponerse a una revisión a fondo de nuestros modelos de consumo.

El caso es que el bloqueo de la vida normal y corriente es una realidad. Experiencia de ayer: cuatro de la tarde, empieza el embarque de pasajeros en un avión, en El Prat. A la mitad, la operación se interrumpe. Al cabo de un cuarto de hora, el piloto informa a los pasajeros que ya están dentro del aparato, cogidos del raquítico chorrito de aire frío que sale sobre sus cabezas, que se ha estropeado el aire acondicionado del finger, que la temperatura interior del pasillo se ha disparado hasta los 30 grados y que, según los procedimientos establecidos, si no traen pronto un aparato móvil de aire frío que rebaje la temperatura, los que están dentro deberán desembarcar y deberán cerrar el finger porque no se puede exponer a la gente a estas temperaturas. Al final (dos horas de retraso) solucionan la avería, embarcan el pasaje que había quedado fuera, puertas, rampas y el avión se va.

Ya se ve que todo ello no es sostenible, y no puede ser que aquello que llaman “transición ecológica” tarde tanto. Quizás los responsables de esta transición (como los de aquella otra que escribíamos con mayúsculas) deben estar asegurándose de que, cuando acabe la transición, los de siempre continuarán manejando el cotarro.

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