Trump: el delirio de la impunidad

El presidente de EEUU, Donald Trump, en el Air Force One, este domingo por la noche.
06/01/2026
3 min

1. No tiene límites. A él todo le está permitido. El mundo es suyo. No hay soberanías ni fronteras que respetar. Quién sabe si algún día sabremos la letra pequeña de todo: ¿cómo se explica que se asalte un régimen político, se le decapite y al día siguiente se reconozca a la heredera del dictador como interlocutora para hacer avanzar las cosas? ¿Ha habido un acuerdo previo para prescindir de Maduro y pasar página? ¿Es este gesto suficiente para evaporar el chavismo? Trump reconoce a Delcy Rodríguez, pero dejando las cosas claras: "Nosotros estamos al frente del país" y "queremos acceso a todo lo que pedimos". Y la agenda está escrita: arreglar el sector del petróleo, ordenar y convocar elecciones.

Con su enfática declaración sobre la operación Venezuela, el presidente Trump (que va sumando países a su sumisión) eleva varios grados el ejercicio de despliegue de un ego incontenible como forma de creerse y hacernos creer que puede hacer siempre lo que le dé la gana. Y desgraciadamente, cada vez hay más gente poderosa que podría marcarle el terreno y le da vía libre. Ante un desaguisado de Trump (y esta bate récords) la pregunta que debería imponerse es: cuáles son los poderes que le dan complicidad para operar con este nivel de impunidad para instaurar, como normalidad republicana, la irresponsabilidad, la violación de la legalidad internacional, la negación de la nación de la nación a hacer y deshacer en un país ajeno?

2. El interminable discurso de Trump sobre la operación Maduro no sólo pretendía justificar una intervención militar que viola las leyes internacionales sino, más aún, el derecho de Estados Unidos a liderar la transición política en Venezuela ya determinar las líneas estratégicas del gobierno y, al mismo tiempo, advertir que después de Venezuela puede tocarle el turno a Groenlandia, a Cuba. Y que no pare. Una desazón, adornada con la prosa de lo que se cree intocable, llevada hasta extremos que no dejan de ser expresiones de su pobreza de espíritu. Y sin embargo sigue ahí. El Partido Demócrata tuitea tan poco que apenas se le oye. El país que debía ser el guardián de las libertades y de la democracia vive, al parecer sin demasiada incomodidad, ese ejercicio permanente de miseria de la política. ¿Cómo se explica tan poca resistencia, tanta claudicación? Cierto, la democracia liberal está tocada en el paso del capitalismo industrial al financiero y digital. El nuevo sistema comunicacional, controlado por unas pocas manos con poder ilimitado, hace estragos. ¿Pero de todo esto debemos deducir que se puede dar por normal una violación de la legalidad internacional que consiste en atacar militarmente la capital de un país y llevarse al presidente ya su esposa?

Maduro es una figura siniestra y no da ninguna pena verle detenido. Pero la inviolabilidad de la soberanía de los Estados es un derecho básico del orden mundial que parece que Trump no tiene en cuenta cuando dice impunemente que a partir de ahora será él quien gobernará Venezuela, y que la nueva presidenta, Delcy Rodríguez, deberá adaptarse o irá a la calle. Y que serán las empresas americanas las que se harán cargo de la industria venezolana del petróleo. Y, al mismo tiempo, Trump ya anuncia que detrás vendrán otras operaciones, otros países. Sorprende, y es inquietante, que solo el presidente Sánchez y los de Brasil, México, Colombia, Chile y Uruguay hayan levantado la voz contra ese despropósito. Con Europa arrastrando los pies como siempre.

3. Hacer de la violación de los principios y normas de la democracia una práctica habitual, como hace el presidente de Estados Unidos, siempre desde la legitimidad de su ego, no debería ser propio de su condición. Y, sin embargo, es evidente que su comportamiento encuentra pocas barreras en su país. Y que en el fondo lo que hace es dar rienda suelta a la impunidad en las relaciones internacionales. Mirando el mapa, es fácil entender que a Putin este episodio le va muy bien porque legitima su insolencia. Con Trump en Venezuela, ¿cuánto tardaremos en ver ya definitivamente a Ucrania en manos de Rusia? Mientras tanto, China gana espacio y tiempo para consolidarse, sin hacer ruido, como potencia alternativa.

¿Qué quiere Trump? ¿Que le hagan el trabajo sucio? ¿Que dejen paso a los empresarios americanos para apoderarse del petróleo y compañía y después ya hablaremos de ello? Trump prefiere confiar en los autoritarios que gobiernan, antes de jugar la carta de Edmundo González Urrutia, que ganó las últimas elecciones —cuyo resultado fue rechazado por Maduro—, o María Corina Machado, premio Nobel de la Paz. Se ha quitado un indeseable de escena, pero no parece que sea a favor de la libertad. Los más optimistas dicen que este pase de frenada puede ser el fin de Trump. Y es cierto que los delirios matan. Pero me cuesta creer. Sólo hace falta hacerse una pregunta: ¿quién le apoya? Ésta es la cuestión.

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