Trump y la “guerra civil” dentro del imperio estadounidense

Dos hombres vertiendo alcohol en una acequia durante la ley seca en América, el año 1920
11/04/2026
Periodista
3 min

Sobre Donald Trump ya tenemos un diagnóstico bastante claro. La cuestión, ahora, suponiendo que Trump no logre convertirse en dictador vitalicio, es: ¿qué viene después? El imperio estadounidense está perdiendo credibilidad en el mundo. Y, por dentro, muestra crecientes dificultades para convivir consigo mismo.

Estados Unidos es un país grande y complejo, lleno de contrastes, con una historia breve pero turbulenta. Si se acepta, como parece razonable, que sus días comenzaron con la llegada de los peregrinos del Mayflower (1620) al lugar que bautizaron como Plymouth (hoy Massachusetts), cabe concluir que desde el principio fue una sociedad en guerra cultural.

Los peregrinos, puritanos protestantes influidos por el calvinismo, huían de la opresión de las religiones organizadas europeas y aspiraban a crear una nación en contacto directo con Dios. El fanatismo era su seña de identidad.

Permitan que cuente una anécdota personal. A principios de este siglo, mi mujer y yo hicimos un viaje por el sur, por el llamado “Cinturón bíblico”. En una carretera del condado de Hopkins (Kentucky) vimos un anuncio gracioso: Jesús y sus discípulos brindaban en la última cena con té de una conocida marca. Hopkins es un condado “seco”: como en muchos otros, el alcohol está completamente prohibido desde hace más de un siglo. Creímos entender la broma del publicista.

A la hora de cenar (las 5 de la tarde), comentamos el anuncio con la dueña del restaurante. Y le preguntamos qué pensaba sobre el hecho de que Jesús, en aquella noche crucial para el cristianismo, hubiera bendecido el vino. La mujer se indignó: “¿Me están diciendo que Jesucristo era alcohólico? Nunca en la vida he faltado a un oficio religioso, y sé con seguridad que en aquella cena se bendijo el té, aunque luego algún escriba malicioso dijera que fue vino”. Plegamos velas. Inútil discutir.

La anécdota vale para ilustrar dos rasgos característicos de lo que suele llamarse “América profunda”: la religiosidad y la ignorancia.

Un desasosegante libro recién publicado por Capitán Swing, La resaca, de Jeff Sharlet, con el subtítulo “Escenas de una guerra civil parsimoniosa”, ofrece algunas pistas sobre el conflicto interno de los Estados Unidos. Que, en resumen, es un conflicto entre la ciencia y la fe, o entre los prejuicios y el progreso, o entre el nacionalismo y el cosmopolitismo.

La crisis industrial iniciada con las deslocalizaciones, hace medio siglo, ha acentuado la desconfianza del “pueblo llano y honrado” hacia las “élites”, y el desprecio de las élites hacia los “catetos” que se consideran “pueblo llano y honrado”.

Donald Trump es un resultado de la guerra cultural entre las élites, generalmente urbanas, y los “catetos” o “pueblo llano y honrado” (según el punto de vista), aunque las diferencias entre ambos bandos no sean tan simples.

Trump es rico, y el puritanismo estadounidense, con rasgos marcadamente calvinistas, cree en la predestinación y, por tanto, en que Dios bendice a los suyos con dinero. Trump es profundamente impío, como el rey David, gran elegido de Dios. Trump es machista y racista y dice en voz alta lo mismo que se dice en muchos hogares y bares estadounidenses. Trump es lo que al “pueblo llano” (o los catetos, como quieran) le gustaría ser.

Costará convencer al grueso de su electorado de que Trump, además, ha recorrido ya gran parte del camino hacia la demencia. Porque esos votantes padecen también una notable paranoia colectiva: sienten que los negros, las feministas, los inmigrantes y los extranjeros en general les han robado “su” país, el que les enseñaron en la escuela con la oración y el himno, el que Dios eligió como predilecto.

En su momento, casi nadie fue capaz de adivinar que la llegada a la presidencia de Barack Obama (un negro cosmopolita cuyo segundo nombre es “Hussein”, criado en un país musulmán, Indonesia) iba a acelerar la eterna guerra cultural. Pero fue así. Obama, sin quererlo, hizo que muchos blancos cristianos se sintieran víctimas del racismo. La respuesta de esas “víctimas” fue Donald Trump.

En el condado abstemio de Hopkins, sobre el que hablábamos antes, Trump obtuvo en las últimas elecciones el 75% de los votos. Según la prensa local, la cuestión de las razas fue determinante en la campaña. El 92% de la población de Hopkins es blanca.

El futuro del imperio estadounidense no depende tanto del auge de China como de la evolución de su “guerra civil parsimoniosa”.

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