Un hayedo teñido de los colores de otoño
18/09/2026 - 18:00 h.
Escritor y pintor
3 min

Septiembre ya está aquí. Para mí, un mes muy querido porque se anuncia en él el final del verano, la estación más espantosa del año. Aunque el otoño no comienza hasta el 21, depende de los años, ya el día o la luz es diferente. Es como si diera un paso atrás, un paso pequeño, eso sí, pero cargado de sentido. La luz se va sesgando y el aire, a pesar del calor actual, toma una especie de nota desprotegida y anuncia lluvias y hojas amarillas y caminos embarrados y podredumbre en el suelo. Esto en el bosque, claro. El olor del otoño comienza a tejerse desde el principio. Para mí, es un olor dulzón y anisado de hinojo. A veces, hay años, en que septiembre tiene un grupo de días tranquilos, de quietud suspendida, de felicidad activa. El mar tiene un azul cansado, el cielo es transparente y solo alguna nubecilla se pasea por él, blanca, protectora. Esto cuando no hay tormenta, cuando las rieras no bajan alborotadas, cuando el tumulto del agua no se lo lleva todo hacia el mar.

Me gusta septiembre, por el hinojo, por la uva, por los higos, por los melones. Ya sé que a finales de agosto los márgenes ya están perfumados de hinojo, los higos comienzan a madurar y los melones nos ofrecen su carne sabrosa. Pero son cosas de septiembre, este mes que antiguamente era el séptimo del año y de ahí le viene el nombre.

El día 1 de septiembre de 1939 Hitler ocupó Polonia y comenzó la Segunda Guerra Mundial. El poeta inglés Auden escribió un poema importante sobre esta fecha. Es aquel poema que dice que los hombres están hechos de Eros y polvo. Y las mujeres también. En aquella época el masculino plural, y el singular también, englobaba a los dos géneros. Es aquel poema que se pregunta qué pasó en Linz que pudiera trastornar el cerebro de Hitler (Hitler había nacido en Linz, una preciosa ciudad austríaca, muy cerca de la cual nació Bruckner, el famoso compositor). Septiembre es un mes de inicios. Existe la costumbre de que comience el curso escolar en muchos países del hemisferio norte…

Vuelve septiembre, con el día de las vírgenes encontradas, que se celebra el día 8. En la catedral de Gerona, en el claustro, aquel claustro maravilloso, románico, de esculturas inolvidables, está la Virgen del Bell-ull. Allí se celebra cada año una misa. Antes era a las ocho de la mañana y ahora a las ocho de la tarde, pero es igual. El suelo del claustro aparece cubierto con hierbas olorosas esparcidas, albahaca y espliego, sobre todo. Antes la misa se decía en el altar que hay al pie de la virgen. Ahora se dice en el centro del claustro, usando de altar el pozo recortado que hay. Es una fiesta a la que asisten muchos gerundenses devotos. También, en septiembre, celebramos la Diada Nacional de Cataluña. El día 11. Es una fiesta conmemorativa y reivindicativa. Se conmemora la caída de Barcelona en manos del rey Borbón en 1714 y se reivindica sobre todo la independencia de Cataluña. Hace muchos años que se reivindica, pero todavía no se ha conseguido. Y es muy posible que nunca se consiga, porque España no lo quiere y Europa tampoco lo quiere. Solo lo queremos los catalanes. Algunos catalanes, para hablar claro. Los que la queremos somos tildados de separatistas y de traidores. Y algunos, como yo, han perdido amigos por culpa de todas estas reivindicaciones. ¡Qué le vamos a hacer! Cada año se organizan manifestaciones. Algún año fueron multitudinarias. Ahora son más modestas, porque la gente se cansa. La gente está cansada, es verdad. Pero la independencia es un deseo que nunca morirá. Vuelve septiembre y nos lo reaviva, este deseo.

El día 21, más o menos, depende de los años, empieza el otoño, esta estación prodigiosa, que veremos cómo será este año, con todas estas cosas del cambio climático. Me gusta el olor del otoño. Olor a humedad, a setas, a musgo, a abeto, ya hacia Navidad, olor a hojas secas y a hojas podridas. Vuelve septiembre y despierta en mi corazón una nostalgia navideña infinita. Ya sé que me adelanto mucho en el tiempo, pero no puedo hacer nada. La Navidad, con toda su liturgia, va invadiendo mi cerebro poco a poco. Las bayas rojas de los acebos, con su obstinación roja, me alegran los ojos, y el olor de los narcisos, si cierro los ojos, se me pone en la memoria y me la despierta con todo de escalofríos. Ya sueño el belén pequeño y humilde que hacemos cada año, con las montañas de corcho, el musgo, las ramitas de abeto que hacen de árboles y el camino de sal gruesa que lleva al portal. Bueno, no quiero correr. Que quizás no llegaré.

Vuelve septiembre. Ya está aquí. De momento me harto de higos, dulces, perfumados, sobre todo los de cuello de dama. Un sabor de felicidad.

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