José Luis Rodríguez Zapatero en una imagen de archivo.
29/05/2026
129º presidente de la Generalitat
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Estos últimos días, el caso que afecta al expresidente Rodríguez Zapatero está provocando un gran revuelo político y mediático. Todavía desconocemos cómo irá la evolución judicial del caso y qué consecuencias políticas se derivarán, y por tanto hay que ser prudentes, y cuidadosos, con las valoraciones que se hagan a estas alturas. Sin embargo, ya se dispone de suficiente información para hacernos unas primeras preguntas y aventurar unas primeras respuestas.

¿Hay delito? Esta es la primera pregunta que hay que formularse cuando hay una investigación por la vía penal, como es el caso. La única respuesta honesta a esta pregunta consiste en decir que no lo sabemos. Una investigación no equivale a una sentencia, al menos en la esfera judicial. Socialmente la sentencia ya existe, después me referiré a ella. Pero en el ámbito judicial una investigación se hace para determinar si hay suficientes indicios o evidencias para abrir un juicio, y este último es el único que puede determinar si hay culpabilidad o no. Conocemos casos, como el del expresidente del Barça Sandro Rosell (a quien ahora la justicia vuelve a buscar las cosquillas), que fue encarcelado durante dos años y después absuelto de toda culpa, con total impunidad por parte de la jueza que lo privó de libertad, que incluso fue compensada con un ascenso profesional, se supone que en agradecimiento a los “servicios prestados”. Más recientemente hemos asistido al largo juicio de la familia Pujol, después de una inacabable investigación de más de diez años. Sea cual sea la sentencia, hemos podido comprobar que no se ha podido demostrar nada de los supuestos grandes delitos que se presentaron al principio. En el caso ZP, ya veremos si hay delito o no.

Esta afirmación me lleva a una última consideración. Lo que está pasando ahora con Pedro Sánchez y lo que él representa me recuerda casi al dedillo otros procesos que otros hemos vivido en otros momentos. Para algunos de nosotros es un La tercera y última pregunta es si la actuación de Zapatero es un error. En este punto, la respuesta es rotunda: se trata de un gran error. Así como en el tema del delito no lo sé, y en el del pecado lo intuyo, en este punto del error lo constato. Se ha equivocado, y mucho. Ignoro si el error proviene de rodearse de malas compañías, o si es directamente atribuible a él mismo. Para el caso que nos ocupa, viene a ser lo mismo. Según mi criterio, el núcleo del error es querer ganarse la vida como un privado y aceptar tener un papel político elevado. O una cosa o la otra; pero no las dos juntas. Si tienes un papel destacado en las campañas electorales, si haces de mediador en conflictos internacionales, y sobre todo si aceptas ser el interlocutor de negociaciones muy delicadas, como por ejemplo las que se han llevado a cabo en Bélgica y Suiza con Junts y el presidente Puigdemont, no te dediques a hacer negocios. El presidente Zapatero quería dos cosas legítimas: ganarse bien la vida y tener un perfil público elevado. Lo quería todo, y todo no se puede tener. Quererlo todo puede equivaler a perderlo todo. Es cierto que otros presidentes españoles han hecho apuestas en el mundo privado y han pretendido seguir influyendo en la esfera pública. Pero no con la persistencia de ZP, y, sobre todo, no convirtiéndose en un enemigo del Estado profundo, como ha hecho ZP.

Esta afirmación me lleva a una última consideración. Lo que está pasando ahora con Pedro Sánchez y lo que él representa me recuerda casi al dedillo otros procesos que otros hemos vivido en otros momentos. Para algunos de nosotros es un déjà-vu. Determinadas actuaciones de la policía, de estamentos judiciales y de poderes mediáticos ya se conjuraron, hace años, para decapitar el movimiento soberanista catalán. Hicieron todo lo que estaba en su mano para cargarse partidos, organizaciones y personas. Como era una operación que se dirigía contra “catalanes”, todo se valía y todo justificaba tejer complicidades de todo tipo, incluyendo la alianza Rajoy-Sánchez para suspender la autonomía catalana. Aquella medicina, en forma de purga, ahora la prueban otros. Y la lección es bien evidente: si determinados abusos y malas prácticas no se cortan de raíz con reformas valientes y profundas, el monstruo, siempre hambriento, lo acaba devorando todo.

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