TRIBUNALES
Política 10/10/2021

Llarena: entre la obsesión y el coste personal

Compañeros del mundo judicial ven la instrucción errática de la causa del Procés como una mancha en su prestigio

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Pablo Llarena

Madrid“Le encanta la Zardeña”, dice una persona que conoce muy bien a Pablo Llarena. Quería referirse a la Cerdanya, donde el juez del Tribunal Supremo tiene una casa, pero lo traiciona un pequeño lapsus con Cerdeña, la isla que ha vuelto a poner el foco mediático en Llarena. No han sido buenas semanas para el magistrado instructor de la causa sobre el Procés. La negativa de Italia a extraditar inmediatamente a Carles Puigdemont y detener a Toni Comín y Clara Ponsatí ha supuesto un nuevo cuestionamiento de su estrategia para hacer volver a los exiliados. Una carrera de momento sin éxito que, no obstante, será reconocida por la ultraconservadora Fundación Villacisneros -próxima al ala dura del PP y a Vox- con su premio anual el 16 de noviembre. La entidad, que dio a conocer la concesión del premio este jueves, valora su tarea “en defensa del estado de derecho”.

La trayectoria profesional de Llarena estará para siempre jamás atada a Catalunya, obviamente por su papel en la causa contra el Procés, pero también porque aquí pasó más de veinte años en ejercicio. Fue el número 1 de su promoción en 1989 y después de pasar por Torrelavega (Cantabria) y Burgos, su ciudad natal, aterrizó en Barcelona junto con su segunda esposa, Gema Espinosa. Coincidiendo con los Juegos Olímpicos, se inauguraron tres nuevos juzgados de instrucción en la capital catalana que se conocían como los juzgados olímpicos, y Llarena se hizo cargo de uno de ellos.

Educado dentro de la sala

En 1998 ingresó en la Audiencia de Barcelona -fue su presidente entre 2011 y 2016- y fue profesor de la Escuela Judicial. “Fue un presidente excelente”, recuerda una fuente judicial, que destaca que se le tenía en “buenísima consideración”, también por parte de los abogados. Uno que destaca su trato “correcto y educado” con letrados y acusados y describe un perfil de “juez clásico”. El buen recuerdo de aquellos años explica que en la entrega de despachos judiciales de 2018 tantísima gente hiciera cola para saludarle con afecto.

Buena parte de los que se le acercaron eran sus antiguos compañeros de la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura (APM) en Catalunya, con quien había formado un grupo en la década de los 90 y más allá que se conocía en el sector como los burgaleses. Algunos eran de Burgos, como Llarena, pero otros no. A pesar de la huella que pudieran dejarle aquellas relaciones -no se lo oía hablar en catalán-, la mayoría de las fuentes consultadas consideran que el juez no vivía encerrado en aquella burbuja porque hizo amistad con personas de otras ideologías, tanto en Barcelona y Sant Cugat -donde vivía- como en la Cerdanya. Era socio de un club de golf y formaba parte de un grupo de motoristas catalanes.

Aquel 9 de abril de 2018 Llarena acudía al acto de entrega de despachos ya convertido en el ariete del Supremo contra los líderes del Procés, y había recibido el primer revés de Alemania. El exilio de la secretaria general de ERC, Marta Rovira, es un “punto de inflexión”, reflexiona una persona que ha vivido de cerca el proceso judicial. Aquel 23 de marzo de 2018 Llarena provoca una nueva ola de encarcelamientos provisionales contra personas previamente liberadas. En privado, el juez traslada a algunos interlocutores que no puede permitir más fugas y exuda una cierta “obsesión” por el tratamiento que los medios hacen de su figura. El mundo judicial recibe con sorpresa decisiones que chocan con el “bagaje importante” de la etapa de Barcelona.

Sus sentencias eran “correctas y bien motivadas”, pero esto no significa que en la capital catalana tuviera fama de duro y en el argot judicial de “condenón ”, apunta un letrado, que recuerda que el Supremo solía rebajar las penas que imponía Llarena. Después de las prisiones provisionales discutibles, llegó alguna resolución en que utilizaba la primera persona del plural, incluyéndose así entre el colectivo supuestamente atacado por los líderes independentistas. La última actuación en Sassari “ha demostrado una obsesión que roza el ridículo”, sostiene una de las personas que conocieron de cerca a Llarena y que ha accedido a hablar desde el anonimato.

La llegada al Supremo

La instrucción del Procés marca su todavía corta trayectoria en el Supremo. En enero de 2016 es escogido con 16 votos de 21 -tres vocales se abstienen-, prueba de que su solidez técnica estaba fuera de duda y que parte del sector progresista confió en él. Pero como parte de su vida en Barcelona, su aterrizaje en Madrid tiene que ver con el papel del APM. Como presidente de esta asociación con un fuerte carácter presidencialista, promovió al juez catalán en excedencia José María Macías -uno de los burgaleses- para el Consejo General del Poder Judicial que se constituyó en 2013, pero quedó como suplente. En 2015 sustituyó a Mercè Pigem y empezó a entrar en sintonía con el presidente, Carlos Lesmes, que un año después avalaría a Llarena para la plaza del Supremo.

“Creo que los años en Madrid le han influido”, dice una persona que le conocía de Barcelona, donde Llarena en 2012 pronunció un discurso en que apostaba por una “solución política” al tema catalán. Los más cercanos niegan que sufra por su prestigio, pero aseguran que, visto el coste personal con escraches y un cambio inevitable en la vida social, si hubiera podido no habría asumido la causa. Ahora, sus visitas a Catalunya son menos y más discretas.

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