Déjame decirte

Ahora ya no queremos salir de la OTAN

La cumbre de la OTAN en La Haya, con Donald Trump y Pedro Sánchez.
25/04/2026
4 min

MadridDesde el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN han pasado ya más de cuarenta años. La votación fue el 12 de marzo de 1986, cuando era ministro de Defensa el exalcalde de Barcelona Narcís Serra (PSC). En estas últimas cuatro décadas la sociedad española ha cambiado mucho con respecto a sus conocimientos en materia de política exterior y de defensa, y a las percepciones mayoritarias sobre los compromisos que implica la pertenencia al mundo occidental. Ahora no tendría ningún sentido volver a plantearse cuál debe ser el papel del país con respecto a su contribución en este ámbito.

Se puede discutir qué proporción del PIB se debe dedicar al gasto militar, por supuesto, pero no nuestra adscripción a la organización que se puso en marcha en el año 1949 para garantizar un sistema de defensa colectiva de sus miembros. Si algún hecho nuevo está poniendo en crisis el ideario fundacional del Tratado del Atlántico Norte es el que representa el conjunto de decisiones y acciones emprendidas por la administración norteamericana desde que su dirección está en manos del presidente Donald Trump. Que ahora el Pentágono se plantee en un correo electrónico la hipótesis de la suspensión de España como socio de la OTAN es absurdo.

La presión de la Casa Blanca sobre los aliados no ha dado a su actual inquilino todas las satisfacciones que seguramente esperaba. Se trata de otro error de cálculo de los muchos que ha cometido Trump desde su llegada al poder. He tenido la suerte y el privilegio de acompañar a diversos presidentes españoles en sus viajes a Washington para favorecer las relaciones bilaterales, desde los tiempos de Felipe González y Ronald Reagan. Y siempre ha sido inimaginable una situación como la actual, caracterizada por la tensión provocada por el incumplimiento de las expectativas que la administración norteamericana se habría podido hacer sobre el seguidismo del gobierno español en materia de política internacional.

Felipe González hablaba al inicio de su mandato de la necesidad psicológica de los americanos de ser comprendidos en todo el mundo, y atribuía a Reagan cierto carácter “infantil” en este sentido. Con George Bush padre tampoco lo tuvo nada difícil. España ya había superado la compleja prueba del referéndum de 1986. Cuando Irak invadió Kuwait en el año 1990, el gobierno español aseguró que dejaba utilizar las bases de Rota y Morón solo para prestar “ayuda logística” a los militares norteamericanos. Era una manera de satisfacer las peticiones de Washington sin provocar el rechazo masivo de la opinión pública interior.

En una conversación mantenida en febrero de 1991, González confesó a Bush: “Nosotros tenemos problemas con nuestra opinión pública, con la prensa”. Inmediatamente añadió: “A pesar de ello, tú no tendrás problemas con España”. No los tuvo Bush (1989-93) ni su antecesor, Reagan (1981-89), a pesar de que el New York Times informó el 12 de marzo de 1981 que el día anterior Felipe González –que todavía no era presidente del gobierno español– había hecho unas declaraciones en Oxford en las que consideraba “inexplicable en términos democráticos la inhibición de los Estados Unidos” ante los hechos del 23-F de aquel mismo año, fecha del intento de golpe de estado de Tejero.

El PSOE cambia de posicionamiento

Los americanos recondujeron rápidamente la conducta que motivó aquella queja. De hecho, trabajaron a fondo la relación con González, conocedores de que con toda probabilidad sería el siguiente presidente español, como sucedió en octubre de 1982, con una victoria abrumadora en las urnas –obtuvo 202 de los 350 diputados en juego–. A partir de aquel momento, el PSOE tuvo que hacer filigranas para convertir su oposición inicial a la OTAN en una apuesta decidida por la permanencia. En su primera legislatura, los socialistas cambiaron su lema de “OTAN, de entrada no” para convertirlo en un “En interés de España, vota sí”, eslogan que emplearon en el referéndum de 1986.

Felipe González se la jugó con la convocatoria y dejó claro que dimitiría en caso de que ganase el no. Alfonso Guerra, su vicepresidente, también temía el resultado y llegó a proponer irónicamente que la pregunta del referéndum fuera “¿Usted aceptaría que España siguiera en la OTAN con su voto en contra?” Según él, era la única manera de asegurarse de que saldría el sí. En los pasillos del ministerio de Defensa se explicaba que, en la noche del recuento de votos, Lluís Reverter, jefe de gabinete de Narcís Serra, y algún alto mando del ejército igualmente devoto se encerraron en un despacho próximo al del ministro para rezar el rosario, como plegaria a favor de un buen resultado. En parte, lo que estaba en juego aquel día era culminar en las mejores condiciones posibles la incorporación del país a la Comunidad Económica Europea (CEE) –ahora Unión Europea (UE)–, a pesar de que el tratado de adhesión ya se había firmado en junio de 1985.

Lo que no se entendió en Europa ni en los Estados Unidos fue la posición de la derecha española, dirigida por Manuel Fraga, que abogó por la abstención en el referéndum. La entrevista que le hice a Fraga fue la primera que hice en Madrid. Siempre le agradeceré el titular que me dio, porque fue el que repitió como idea principal al día siguiente en las Cortes. “El cuerpo me pide votar no, pero me abstendré por responsabilidad”, dijo. Los socialistas estaban encantados con Fraga, porque creían que no les ganaría nunca, y por haberse transformado de ministro de Franco a dirigente conservador después de ser embajador en Londres.

En cuanto a los Estados Unidos, peor fue la etapa de José María Aznar, por su pacto con George Bush (2001-2009) para intervenir en la Guerra de Irak. Aznar decía que su objetivo era “sacar a España del rincón de la historia”, pero escogió un camino equivocado. Ahora el “No a la guerra” de Pedro Sánchez es una posición firme con efectos internos y que no debe significar la salida de la OTAN ni una suspensión, opción inexistente en el tratado de adhesión. Pedro Sánchez podría transmitir a Trump –en realidad ya lo hace– lo que González dijo a Bush padre hace 35 años para que estuviera tranquilo: “Tú no tendrás problemas con España”. De hecho, Sánchez lo ha expresado ahora de otra manera, al decir que la administración estadounidense sabe que España es “un socio leal” que cumple con sus “responsabilidades”.

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