Análisis

Zapatero, el faro de Sánchez que impugnó el felipismo

El expresidente español es el culpable, según la derecha y González, de haber apartado al PSOE del lugar correcto de la historia

El expresidente Zapatero se abraza a Pedro Sánchez durante el congreso de la Internacional Socialista de 2022.
21/05/2026
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BarcelonaEl 15 de abril del 2004 se celebró la primera sesión del debate de investidura de José Luis Rodríguez Zapatero. Al final de su discurso, el candidato pronunció una cita, de la cual no reveló la autoría, para resumir su ideario: "Un ansia infinita de paz, el amor al bien y al mejoramiento social de los humildes". Después se supo que estas palabras las había escrito su abuelo, el capitán Juan Rodríguez Lozano, justo antes de ser fusilado por los franquistas en agosto de 1936 en Puente Castro (León). Lozano se mantuvo fiel a la legalidad republicana y lo pagó con la vida. Su figura, y en especial su testamento, marcó mucho a Rodríguez Zapatero, que con los años se convertiría en el primer descendiente de víctimas del franquismo que llegaba a la Moncloa (Felipe González había nacido en el seno de una familia acomodada de Sevilla).

José Luis Rodríguez Zapatero fue proclamado secretario general del PSOE en julio de 2000.

Recordemos que Zapatero había llegado a la secretaría general del PSOE en el año 2000 en contra de la voluntad de Felipe González, que apoyaba a José Bono, con un discurso de aires federalistas y modernizadores que sedujo, por ejemplo, a los socialistas catalanes y valencianos. Su llegada a Ferraz no fue, sin embargo, del todo pacífica. El felipismo tenía todavía un arma poderosa, que era el diario El País, que seguía de cerca al joven leonés y lo trataba con condescendencia, previendo que seguramente no llegaría a la Moncloa. Los atentados del 11-M lo cambiaron todo.

La ley de memoria

El quiebre total llegó a finales de 2007, cuando se aprobó en el Congreso la ley de memoria histórica, que buscaba resarcir a las víctimas, acabar con los vestigios del franquismo en el espacio público y dar un impulso a la exhumación de fosas. "Una democracia no es completa si tiene miles de ciudadanos en las cunetas", dijo entonces Zapatero. Felipe González –la derecha no hace falta decirlo– se tomó muy mal esta ley y la criticó abiertamente. ¿Por qué? Pues porque veía el peligro de un cierto espíritu revanchista que rompía el consenso de la Transición, que se había basado específicamente en la política del olvido. Para González la cosa estaba muy clara: Zapatero estaba impugnando y cuestionando su herencia política, que eran 13 años de una gran transformación social pero con luces y sombras, y reabría las heridas de la Guerra Civil.

La derecha hace un diagnóstico similar y considera a Zapatero como el hombre que sacó al PSOE del lugar correcto de la historia y lo colocó al lado de enemigos históricos de España como los independentistas catalanes. En efecto, ERC había votado la investidura de Zapatero y había desplazado a CiU, que había dado apoyo a González en 1993 y a Aznar en 1996, como socio de gobierno. Una de las hitos que el PP recuerda a menudo, y que vincula al zapaterismo, es el cordón sanitario que se le hizo al PP en Cataluña con la llegada del tripartito y la tramitación del nuevo Estatuto.

Objetivo: un PSOE de Page

Curiosamente, Felipe González estuvo entre los que apoyaron a Pedro Sánchez la primera vez que este alcanzó la secretaría general del PSOE en 2014 frente a Eduardo Madina (que ahora parece más cercano a González que a Sánchez), pero también fue uno de los impulsores de la operación para descabalgarlo en 2017. Es a partir de su regreso a la secretaría general y después a la Moncloa que su sintonía con Zapatero va creciendo, hasta convertirse en su principal apoyo fuera del ejecutivo, tanto en campañas como en operaciones delicadas como el diálogo con Junts. El sanchismo, pues, bebe del zapaterismo, y por eso Sánchez no puede hacer otra cosa que apoyar al expresidente español mientras no haya pruebas concluyentes en contra.

Para la derecha y para el felipismo, la muerte política de Zapatero es una oportunidad histórica para acabar con el sanchismo y devolver el PSOE al momento previo al Congreso de julio del año 2000, cuando solo 9 votos cambiaron la historia. Y quien mejor representa hoy mismo esta sensibilidad dentro del partido es el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page. El problema es que retroceder en el tiempo es más fácil en las películas que en la realidad.

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