PANDEMIA
Sociedad 15/01/2021

La pandemia impulsa la revolución de las vacunas genéticas

La emergencia del covid-19 ha permitido disponer de recursos para acabar de desarrollar una tecnología propuesta hace 30 años

Salvador Macip
4 min
La vacuna de la farmacèutica nord-americana Moderna es basa en la tecnologia d’ARN missatger que va començar a provar-se als anys 90.

El principio de la vacunación es activar la respuesta inmunitaria contra un microbio sin que tengamos que pasar la enfermedad que causa, y así quedar protegidos de cara a futuras infecciones. Primero se conseguía inyectando todo el microbio inactivado. Después, se vio que era bastante con utilizar una proteína del virus o la bacteria, que generaba una reacción parecida. Estos dos sistemas eran la base de todas las vacunas que se han administrado masivamente desde el siglo XVII... hasta que llegó el covid-19. La necesidad de parar la pandemia ha permitido acabar de poner a punto un nuevo tipo de vacuna, hecho con información genética, que llevaba treinta años desarrollándose y que puede cambiarlo todo a partir de ahora.

Instruccions vs proteínas

Nuestras células fabrican proteínas, las herramientas que les permiten llevar a cabo las funciones del día a día. Producen solo cuando hacen falta, siguiendo las instrucciones que están escritas en los genes. El genoma humano está hecho de ADN, una molécula muy larga que va muy bien para almacenar información y que se guarda en un compartimento aparte, el núcleo. Por este motivo, cuando llega el momento de leer la receta para elaborar una proteína, la célula la copia en una molécula más pequeña y móvil denominada ARN mensajero. Si el ADN es una enciclopedia, la ARN sería un post-it donde anotamos los datos que nos interesan para llevárnoslos.

En la segunda mitad del siglo XX se descubrió que si introducimos fragmentos de ADN en una célula podemos conseguir que produzca la proteína que queramos. No fue hasta el año 1989 que se vio que el truco también funcionaba envolviendo una molécula de ARN con una capa de lípidos, unas moléculas grasosas que le permiten atravesar las membranas de las células. Fue poco después que se pensó que esto podría servir para hacer vacunas. Si sabemos que inyectar la proteína de un microbio provoca una respuesta inmunitaria protectora, quizás se podría conseguir el mismo efecto solo enviando las instrucciones y dejando que fuera la misma célula humana quien fabricara la proteína ajena. Una vez detectada por el sistema inmunitario, se dispararía la producción de anticuerpos.

Pero esto es más fácil de decir que de hacer, porque el ARN es muy frágil y enseguida se degrada. A pesar de todo, la investigación avanzó rápidamente y a mediados de los años 90 ya se llevaban a cabo experimentos iniciales con vacunas de ARN. Antes de acabar la década, se había establecido la primera compañía dedicada a producir fármacos de ARN. En 2017 había una veintena de ensayos clínicos con estas vacunas (producidas por compañías como BioNTech, CureVac o Moderna), contra enfermedades tan diferentes como la rabia, la gripe, el virus del Zika o el sida, financiados en buena medida por el gobierno de los Estados Unidos y la Fundación Gates. A pesar de los resultados alentadores, todavía se dudaba de sí serían eficaces: hacía falta una gran inversión de tiempo y dinero para acabar de probarlas.

Llega el nuevo coronavirus

Todo cambió de repente a principios del 2020, cuando un virus nuevo entraba en escena y desencadenaba una pandemia imposible de controlar. Rápidamente, los científicos se pusieron a diseñar una vacuna para pararlo a partir de todas las técnicas disponibles y con unos recursos hasta entonces inimaginables. Era el empujón que el campo del ARN había estado esperando. Solo unos meses después, Pfizer/BioNTech y Moderna conseguían que llegaran al mercado las primeras vacunas de ARN de la historia y demostraban así que la nueva tecnología funcionaba igual o mejor que las otras.

La ventaja de este tipo de vacunas es que son muy flexibles. Se pueden preparar contra cualquier tipo de objetivo y con el mismo proceso de fabricación, que es rápido y económico, y sirve para todas las vacunas. Las tradicionales, en cambio, cuestan mucho más de producir y se tienen que optimizar una por una. Además, normalmente necesitan inyectarse con una sustancia llamada adyuvante para generar una respuesta lo bastante fuerte, mientras que la ARN puede hacer este trabajo a solas. No es casualidad, pues, que la carrera por la vacuna del covid-19 la hayan ganado las de ARN, que se han podido desarrollar con más celeridad y han conseguido unas cifras de protección altísimas.

Seguridad y futuro prometedor

Además, gracias a los experimentos de este último año, hemos visto que las vacunas de ARN son tan seguras como las clásicas. Igual que todas las vacunas, tampoco tienen que tener ningún efecto negativo a largo plazo, porque el ARN se degradará rápidamente cuando ha llevado a cabo su tarea. Además, el ARN viral que se inyecta no puede entrar en el núcleo de nuestras células y, aunque lo hiciera, no se mezclaría con el ADN humano porque son químicamente incompatibles. No hay riesgo, pues, de que modifiquen nuestros genes y puedan causar algún problema en el futuro.

Las vacunas genéticas se irán perfeccionando y pueden ser muy revolucionarias. El covid-19 nos ha permitido acabar de poner a punto una herramienta que puede servir para generar inmunidad contra cualquier microbio con rapidez. Seguramente veremos pronto contra otros tipos de microbios, y quizás serán la solución para enfermedades infecciosas que se nos resisten, como la gripe, la malaria o el sida.

Salvador Macip es investigador de la Universidad de Leicester y de la UOC

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