El presente: arroz, una rebanada de pan y agua. ¿El futuro? Cómo evitar la expulsión
Un millar de personas, sobre todo jóvenes marroquíes, se resguardan en el antiguo polígono de El Tarajal mientras crece la incertidumbre de qué les pasará
CeutaAcercarse estos días a la frontera de El Tarajal, que separa Ceuta de Marruecos, es ver más militares y agentes de la Guardia Civil de lo que suele ser habitual. También la barrera marítima de contención que ha instalado el gobierno español tras la entrada de miles de personas el jueves 30 de julio. O que la cobertura del teléfono móvil empiece a fallar.
A pocos metros, también se pueden ver las llamadas naves de El Tarajal: el primero de tres polígonos industriales –los otros dos son La Chimenea y el Alborán– que en pocos días se ha convertido en el asentamiento de un millar de personas, sobre todo chicos jóvenes marroquíes, algunos de los cuales menores de edad. En menor medida, ya que se está priorizando su acogida, hay mujeres con niños y algunas chicas. Desde el jueves y hasta este sábado por la tarde, el ARA ha estado en diferentes ocasiones.
Quienes se quedan son personas que no han sido retornadas a Marruecos. Las organizaciones sociales apuntan que había llegado a haber el triple de gente. Algunos desde el jueves, hace diez días; otros se han visto empujados por las fuerzas y cuerpos de seguridad por su patrullaje por el centro de la ciudad.
En el laberinto de pasillos que unen los almacenes, han encontrado un lugar donde resguardarse del abandono que sufren mientras crece, entre ellos, la incertidumbre sobre qué les ofrecerá el mañana: “¿Nos enviarán a Marruecos?” “¿Podremos quedarnos aquí [en Ceuta]”? ¿“Podemos ir a España?”, preguntan muchos jóvenes como Muhammad (Tánger, 19 años). Se frota el dedo pulgar con la punta del índice y el dedo medio para explicar por qué salió de Marruecos. Con esfuerzo nos entendemos: quiere trabajar y el dinero que gane en España, enviarlo a Marruecos. Son las preciadas remesas para muchas familias. “Las personas que siguen aquí deben saber que la única salida es Marruecos [...] Devolución y retorno inmediato. Por eso debe continuar [la presencia del] ejército [en Ceuta]”, ha afirmado este sábado al mediodía el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas (PP).
Pocos hablan el castellano. Algunos, además del árabe, dominan el francés. Las paredes de las grandes naves –todas cerradas– les sirven de muro de soporte donde han construido pequeñas barracas con materiales encontrados: palets de madera, colchones, algún electrodoméstico viejo... Como tejado, sábanas y mantas. De hecho, fruto del abandono del lugar, algunos de los espacios se abrieron para muchos marroquíes atrapados en Ceuta durante la crisis sanitaria, cuando la frontera se cerró de golpe.
No hay baños portátiles. La insalubridad se va haciendo pesada. Equipos de limpieza del gobierno local de Ceuta entran a lo largo del día con mangueras de agua, como ha podido comprobar este diario. Fuentes de la delegación del gobierno español en Ceuta aseguran a la ARA que la Cruz Roja está atendiendo a los heridos y, si es necesario, se les deriva a los centros de salud y al hospital. “Las soluciones van llegando, pero la coordinación cuesta. Todo el mundo se pregunta quién tiene competencias y los días pasan”, describe la Halima, educadora social de la organización Luna Blanca. “Falta voluntad política”, añaden desde la ONG.
Agua y comida
Este viernes por la tarde llegaba por primera vez en siete días una gran cisterna del ejército con agua para que puedan ducharse. En fila, supervisados por el ejército, se dirigen una por una las personas con botellas de plástico y cubos de agua. Beben y aprovechan para lavarse. Algunos lo hacen por primera vez desde que llegaron a Ceuta. Les viene como agua de mayo.
“El cubo [de agua] no es para hacer el tonto”, exclama uno de los hombres que controla el grifo de la cisterna del ejército cuando uno de los niños marcha corriendo con el agua y se dirige, con una sonrisa bajo la nariz, al resto para mojarlos. Están jugando.
Luna Blanca, una de las organizaciones de Ceuta que se está encargando de repartir la comida, les distribuye una comida caliente al día. “Estamos repartiendo de 1.200 a 1.300 raciones”, dice Mustafá, presidente de la organización. Este domingo toca arroz, una rebanada de pan y agua. La Policía Nacional se encarga de organizar una fila. Impacientes por llegar hasta los voluntarios, muchos jóvenes intentan cubrirse como pueden de un sol de justicia. Son las 15.30 horas del mediodía. Hoy podrán repetir 86 personas.
“Este viento de levante hace que la humedad sea más pegajosa. [Este clima] te aburre, te agita, te aturde”, dice el representante de la ONG mientras reparten la comida. Las caras de cansancio de quien lleva días viendo cómo el agua y el alimento llegan a cuentagotas se hacen evidentes. Algunos no se imaginan que a pocos metros de donde están se han ido produciendo retornos a lo largo de la semana, y que el gobierno español siempre ha declarado como voluntarios, a pesar de que algunas oenegés han alertado de posibles expulsiones ilegales. “¿Un retorno en estas condiciones, sin apenas agua ni comida, es voluntario o es una voluntariedad obligada?”. Es una reflexión que sobrevuela Ceuta entre las entidades, mientras la situación de emergencia humanitaria no tiene aspecto de acabar pronto.