Buscadores de tesoros genéticos: cuando encontrar un gen era un viaje a ciegas
En la efervescente época pregenoma humano muchas científicas buscaron genes causantes de enfermedades dentro de las aguas turbulentas del genoma, con una mezcla de lógica genética, intuición y perseverancia
Dicen que Arquímedes, el gran ingeniero y físico griego de Siracusa, dijo: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Aunque él se refería a la ley de la palanca, la imagen que genera en nuestro cerebro es tan potente que nos referimos a ella metafóricamente en muchas otras situaciones humanas en las que hay que resolver un problema que podría ser abordable con los datos y herramientas adecuados. Así es como nos sentíamos los científicos que nos dedicábamos a la genética humana durante los años 90, en plena efervescencia del Proyecto Genoma Humano. Este año celebramos los 25 años de la publicación del primer borrador completo del genoma humano, el manual de instrucciones que explica cómo somos los humanos y que supuso un antes y un después para la biomedicina.
Hoy, sin embargo, os querría hablar de la prehistoria del genoma humano, en la que destacan numerosas mujeres genetistas que surcaron las aguas removidas e ignotas de nuestro genoma, con un pico y una pala, y unos mapas imprecisos, como verdaderas buscadoras de tesoros. ¿Cómo lo hicieron para encontrar genes cuando todavía no existía el genoma humano de referencia para poder comparar y extraer información?
Recuperando a Arquímedes, les hacía falta “encontrar un buen punto de apoyo y una palanca lo suficientemente larga” para identificar los genes. La palanca eran familias extensas con un alto número de personas afectadas de una enfermedad rara, lo que indicaba que había un único gen mutado que la causaba. El punto de apoyo eran los mapas genéticos y físicos, una versión “manual” y muy vaga del genoma humano basada en marcadores genéticos (secuencias variables en la población) de los cuales se podía seguir la herencia de los fragmentos cromosómicos en los individuos afectados por la enfermedad respecto de los individuos sanos dentro de una misma familia.
Antes del GPS, para situarnos y encontrar una localización, hacía falta un mapa con puntos de referencia e ir guiándote con mucha intuición. Pues esta vendría a ser la gran diferencia entre la época pregenoma y la postgenoma: de tener un mapa en un pergamino, dibujado a mano, a disponer de un móvil de última tecnología con navegador incorporado e instrucciones precisas de cómo llegar a los sitios. Es decir, hemos pasado de tardar décadas y muchos esfuerzos en identificar un gen causante de enfermedad a resolver el diagnóstico genético en pocos días con la ayuda de algoritmos bioinformáticos.
Sin GPS, navegando en el genoma humano
Para poner solo algunos ejemplos, Marie Claire King, gracias a su doble formación en estadística y genética, hipotetizó que el cáncer de mama debía tener una base genética de predisposición, en contra de la idea preponderante de la época que asociaba la causa de la enfermedad a una infección vírica. King se dio cuenta de que había familias donde muchas mujeres padecían uno, mientras que en otras, no había ningún caso. Gracias a su conocimiento en genética, intuición y perseverancia, en 1994 publicó el descubrimiento del gen BRCA1, el primero de muchos otros genes que, cuando están mutados, predisponen a desarrollar algún tipo de tumor. Es solo uno de los hitos científicos con los que King ha contribuido al conocimiento.
Otro ejemplo es el de Nancy Wexler, psicóloga clínica que se convirtió en una genetista incansable para descubrir el gen causante de la enfermedad de Huntington, una afección hereditaria neurodegenerativa devastadora que sufrieron su madre y varios familiares maternos. De nuevo, el punto de apoyo debía ser familias extensas con muchos individuos afectados, y esta búsqueda la llevó a la orilla del lago de Maracaibo, en Venezuela, a un pequeño pueblo donde la mayoría de los habitantes son descendientes de un marinero que portaba la mutación que provoca esta patología. Gracias a aquellos árboles genealógicos larguísimos, y con la ayuda de los mapas genéticos imprecisos de la época, ella y su hermana Alice fundaron una fundación para poder obtener financiación para investigación y, finalmente, consiguieron identificar el gen en 1993, después de más de una década de estudios y, a continuación, dedicaron recursos a cuidar de los pacientes. Ninguna de las dos hermanas quiso saber si eran portadoras de la mutación causante de la enfermedad, pero, voluntariamente, renunciaron a tener hijos para evitar transmitir el gen mutado. En la actualidad, Nancy Wexler, de 80 años, sabe que el temblor constante que padece y los primeros signos de demencia demuestran que padece la enfermedad de Huntington, aunque le haya aparecido tarde en la vida.
Os puedo bien decir, como “cazadora de genes” que he sido, que en la vida de un científico hay pocas ocasiones en que después de años de esfuerzos, de reto intelectual continuo, de avanzar lentamente y de tener que rehacer muchos caminos que acababan no llevando a ninguna parte, finalmente descubres el gen que causa la enfermedad en una familia o describes un nuevo gen de nuestro genoma del que nadie era consciente de que existía. Entonces, el cóctel de adrenalina y dopamina que te invade hace que te tiemble todo el cuerpo, y aquel momento sublime de felicidad es absoluto. Y, sobre todo, el impacto social que tiene proveer de diagnóstico genético a las familias, aunque sean muy pocas en el mundo, es incommensurable.