"Deberíamos dedicar tiempo cada día a activar nuestro nervio vago"

El divulgador y profesor Andreu Prados se dedica a explicar la ciencia fuera de los laboratorios

Andreu Prados, divulgador científico.
29/08/2026 - 20:02 h.
3 min

Después de años trabajando como investigador y pasando consulta, la “incoherencia” de ver que mucha investigación se quedaba “dentro de los laboratorios” llevó a Andreu Prados a dedicarse a “comunicar” la ciencia, a “traducirla” tanto a pacientes como a estudiantes y profesionales de la salud. Pocas voces más didácticas que la suya para hablar de una de las partes más olvidadas de nuestro cuerpo: el nervio vago. Hace tiempo que en las redes sociales proliferan vídeos explicando que lo tenemos alterado y que hay trucos para reentrenarlo. ¿Pero qué hay de cierto en todas estas publicaciones? ¿De verdad que el nervio vago tiene un impacto tan directo en nuestro bienestar? Prados, que está especializado en trastornos digestivos, explica que conocerlo es clave para entender cómo funciona por dentro uno de los grandes males del siglo XXI: el estrés.

El nervio vago, empieza Prados, es un nervio “muy largo” que une el cerebro con casi todos los órganos del cuerpo. “Su nombre viene del verbo latino vagari, que quiere decir vagar o deambular”, explica. Es decir, no es un nervio “vago” –aclara sonriendo–, sino un nervio que tiene un extenso recorrido por todo nuestro cuerpo.

Dentro, si lo observáramos con un microscopio, veríamos que es una enorme red de más de cien mil fibras nerviosas. El 80% de estas informan al cerebro sobre lo que pasa en los órganos –en el estómago, en los intestinos, en el corazón, en los pulmones–. Otras hacen el recorrido inverso: salen del cerebro y envían órdenes hacia los órganos: así secretamos la bilis, movemos las cuerdas vocales o se nos mueven los intestinos para que podamos ir al lavabo. Un último grupo de fibras del nervio vago es el responsable de hacer funcionar el llamado sistema nervioso parasimpático, que Prados define como “el sistema de la calma, el que nos permite bajar revoluciones después de situaciones de estrés”. “Si fuéramos un coche, sería el freno de mano de nuestro organismo”, ejemplifica este vecino de l’Ampolla que de formación es farmacéutico y dietista-nutricionista. Y aquí viene el problema.

El estrés, continúa Prados, no es malo. Nos ayuda a correr para no perder el autobús, a gestionar un “jefe tóxico en el trabajo” o a reaccionar ante un imprevisto. “A nuestros antepasados, tiempo atrás, les ayudaba a huir de un depredador”, ilustra el divulgador de las Tierras del Ebro. Después, si todo va bien, el sistema nervioso parasimpático se activará y nos relajaremos. El problema es que ha llegado un punto en que muchas personas vamos todo el día apretando el acelerador, es decir, funcionando solo con el sistema nervioso simpático –que no el parasimpático–. “No estamos dando espacios al nervio vago para que tenga tiempo de actuar y nuestro cuerpo se pueda recuperar después de un pico de estrés; el estrés sostenido nos está inhibiendo este nervio tan clave para nuestro bienestar”, alerta. 

"Si no me explico bien, dímelo y vuelvo con otras palabras, ¿eh?", dice Prados en diversas ocasiones durante la entrevista. Pero no hace falta: escucharlo es como si, de repente, te dieran aquella clase de ciencia útil para el día a día que tanto echaste de menos en el instituto. Él, de hecho, también es profesor en la Universitat Ramon Llull.

Los consejos prácticos no tardan en llegar. Para activar nuestro nervio vago –es decir, para reaprender a regular este “juego acelerador-freno” que muchos tenemos alterado y recuperar “el equilibrio bioquímico, fisiológico y emocional” que define nuestro bienestar–, Prados dice que deberíamos dedicar tiempo cada día a hacer ciertas acciones "de manera consciente".

Hay estudios que han demostrado que cantar de forma habitual –en una coral, por ejemplo– activa el nervio vago. ¡Incluso tararear! Hacer ciertas rutinas respiratorias también ayuda. Prados menciona dos: coger aire profundamente y pasarlo del tórax al abdomen, y a la inversa, varias veces; o hacer respiraciones largas solo por la nariz siguiendo patrones. Aunque pueda sorprender, también hay evidencias científicas de que hacerse saunas lo activa, así como el contacto con la naturaleza. Incluso dedicar unos minutos al día a parar y estar con uno mismo también se recomienda: meditando, haciendo yoga o simplemente estando “en silencio consciente”. “A mí me sirve hacerlo a primera hora”, dice Prados, que pide evitar al máximo el primer gesto del día de coger el móvil. “¡Es anti nervio vago total!”, exclama. 

¿Un último consejo breve? “Cuida tu microbiota”, afirma taxativo el divulgador, que es un gran defensor de la fibra de las hortalizas, las legumbres, la fruta, las semillas... “Lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino: los microorganismos que tenemos en el intestino se comunican con el cerebro a través del nervio vago y eso también modula nuestra salud mental”, concluye. La entrevista, que quería entender el estrés de nuestros tiempos, acaba a principios del 1900. Ya entonces unos estudios demostraron que existe una conexión potente intestino-cerebro: pacientes a quienes se les había extirpado parte del estómago (o todo) para tratar una úlcera resultó que desarrollaban más trastornos psiquiátricos.   

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