¿Qué transforma a un cooperante en un depredador sexual?
Psicólogos y neurocientíficos explican cómo el poder, la impunidad y la deshumanización pueden convertir la ayuda humanitaria en una herramienta de explotación a raíz del caso de los abusos a mujeres refugiadas en Sudán del Sur
Una de las noticias que ha sacudido la conciencia internacional esta semana es que 18 trabajadores de Médicos Sin Fronteras (MSF) han sido denunciados por abusos sexuales de toda índole a mujeres refugiadas en el sur de Sudán a cambio de comida. ¿Qué ocurre en la naturaleza humana para que alguien sea capaz de ejercer esta violencia contra quien no tiene nada?
La primera reacción es de una incomprensión absoluta, un shock que nos remueve por dentro. Nos cuesta aceptar la paradoja de que alguien que, en nuestro imaginario colectivo, abandona la seguridad de su hogar y recorre miles de kilómetros con la única premisa de salvar vidas, pueda acabar utilizando precisamente esta misión para destruirlas. Esta ruptura de la confianza es brutal porque ataca uno de nuestros pocos referentes de bondad absoluta: la figura del cooperante como un héroe desinteresado. Cuando lo que debería ser un escudo protector para quien no tiene nada se convierte,Súbitamente, en el arma de explotación de quien lo tiene todo, el vacío moral que queda es difícil de digerir.
Antonio Andrés Pueyo, catedrático de psicología de la violencia de la Universidad de Barcelona, explica que es vital romper el cómodo esquema de "monstruos contra personas buenas". Pueyo nos advierte: “Bajo etiquetas heroicas como cooperante convive un grupo humano muy heterogéneo. En el barro de las misiones internacionales, la ética de un médico vocacional comparte espacio con personal de logística, guías o conductores que a veces no poseen ni esa formación ni esa brújula moral”. En estos escenarios de caos, la "maldad" no es siempre una patología previa, sino la respuesta de una persona corriente a un entorno que ofrece dos venenos: el poder total sobre el otro y la sensación de que nadie le pedirá cuentas.
Este abuso germina en lo que Pueyo denomina "la oportunidad de la confianza": la víctima no espera ser dañada por quien lleva un uniforme que simboliza la salvación; esta asimetría de poder convierte la ayuda en un arma. Ya sea mediante la fuerza, la manipulación emocional o el chantaje con recursos básicos, el agresor deja de ver una persona y empieza a ver una oportunidad. Como explica el catedrático, “en contextos de impunidad absoluta —donde el agresor siente que su país de origen no le juzgará y que nadie creerá a la víctima en medio del caos—, el cerebro efectúa un cálculo frío de coste-beneficio. Si el riesgo de castigo percibido es cero, los frenos morales se evaporan”.
Normalizar el abuso
No es una cuestión de "locura", sino de una estructura ética que se hunde ante la ausencia de control externo. Pero el horror en Sudán tiene una dimensión colectiva que lo hace aún más perturbador y que, lamentablemente, no es poco común. ¿Cómo es posible que 18 personas participen o callen ante actos así?
“En los márgenes de la guerra, la influencia entre iguales es un componente devastador. Si el grupo normaliza el abuso, la conducta se vuelve una rutina compartida donde la responsabilidad se diluye —explica Pueyo—. Si otros lo hacen, yo también", parece ser el lema silencioso que anula los mecanismos inhibitorios individuales.
Según Emilia Redolar, profesora de neurociencia de la UOC, el poder absoluto puede reconfigurar físicamente el funcionamiento del cerebro. El del depredador no es necesariamente un cerebro enfermo, sino uno que utiliza la corteza prefrontal dorsolateral —la sede del razonamiento frío y la planificación— para silenciar deliberadamente las señales de malestar moral. Se trata de una especie de anestesia ejecutiva: el cerebro racional justifica el horror en función de un beneficio propio y apaga las alarmas éticas que nos permiten encajar socialmente. Esta desconexión se hace todavía más grave cuando afecta a la corteza prefrontal ventromediana, la estructura que nos permite sentir el dolor del otro como propio (empatía). Al fallar esta "teoría de la mente", el agresor pierde la capacidad de reconocer la humanidad de la víctima; la mujer refugiada deja de ser una persona con sentimientos y derechos para convertirse en una mercancía, un simple recurso o un objeto a disposición de quien tiene el control de la comida y la supervivencia.
Pero la parte más oscura de este proceso es que, en estos perfiles, el abuso deja de producir culpa para activar directamente el circuito de la recompensa. Mediante la red frontoparietal, el acto de dominar al débil activa el núcleo accumbens(el centro del placer) y transforma el poder en una gratificación biológica similar a una droga. El cerebro recibe una inyección de dopamina cada vez que impone su voluntad sobre el vulnerable, hecho que lleva a Redolar a lanzar una reflexión incómoda sobre la vocación humanitaria: “No todos los que se acercan a las zonas de conflicto lo hacen por altruismo puro; hay perfiles que buscan estos escenarios precisamente porque el rol de protector les otorga una superioridad jerárquica y moral que alimenta directamente su circuito de placer”. En este vacío de vigilancia e impunidad, la vulnerabilidad extrema del otro no es un límite ético, sino el combustible necesario para una satisfacción biológica perversa.
Este rastro de impunidad y biología no es exclusivo de Sudán. Es el mismo patrón que vimos en las orgías de directivos de Oxfam en Haití o en los abusos de personal de la OMS en el Congo durante la crisis del Ébola. Ante este abismo, la prevención no puede depender solo de una supuesta bondad inherente al cooperante. Andrés Pueyo propone un cribado más estricto y el uso de certificados de antecedentes penales —un mínimo ya obligatorio en el Estado para trabajar con menores—, a pesar de admitir que “ningún sistema de selección puede garantizar con total eficacia cómo reaccionará una persona en condiciones de caos extremo”. La solución pide nivelar la asimetría de poder con controles externos rigurosos y acabar con la impunidad estructural que permite a muchos agresores "desaparecer" sin rendir cuentas ante la justicia de sus países de origen. Implementar listas negras para evitar que los abusadores sean recontratados y habilitar canales de denuncia confidenciales son pasos necesarios que ya han empezado a aplicar algunas organizaciones, pero hay que ir más allá. Como recuerda Redolar, de la UOC, dar visibilidad a estas oscuridades del cerebro desde la ciencia es la base para diseñar protocolos que no bajen la guardia ante la embriaguez del poder.