Vips&Vins

Albert Boadella: "Solo tengo sacralizada a mi mujer"

Dramaturgo

Albert Boadella en una imagen reciente
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7 min

A los 82 años, Albert Boadella (Barcelona, 1943) no deja de trabajar. Ha terminado una segunda versión, adaptada a los nuevos tiempos, deEl retablo de las maravillas, y la adaptación teatral del libro Joven, no me cabree, publicado en 2022. El fundador de Els Joglars ha convertido en objeto de su irreverencia todos los símbolos sagrados. Incluida, claro está, la cocina de Ferran Adrià.¿Por qué parodió El Bulli?

— Lo hice dentro de El retablo de las maravillas de Cervantes, que es un entremés corto que hace diferentes versiones sobre los complejos y el engaño. Había diversas cosas: la política, el arte, etc., y una era la cocina. Y puse en práctica mi ida al Bulli, no porque no me pareciera algo que tenía su singularidad —sin duda la tenía—, pero como comensal, como persona a la que le gusta comer, me parecía una sofisticación inútil. Veintitantos platos es como quemar el paladar. Es como la gente que no tiene costumbre de una cata y al cabo de 3 minutos ya no sabe lo que está catando. Toda la ceremonia que había alrededor, las explicaciones… Me pareció muy idóneo colocarlo en el tema de un cierto acomplejamiento ante determinadas cosas que no digo que sean engaños, pero hay un lado de comedia.

Arcadi Espada, que fue quien lo trajo, se enfadó un poco con usted.

— Porque fue una parte de la obra de las más celebradas. La gente reía especialmente cuando hacía las burbujas.

“¡Aire crudo!”

— Exacto.

El Bulli se había convertido en algo intocable, ¿como la Moreneta en otros momentos?

— Es la tendencia a la sacralización que tienen todas las sociedades. No hace falta decir que las morenitas han sido un elemento clásico de sátira, precisamente por su sacralización. Esto no quiere decir que la gente no pueda continuar creyendo, pero debe tener también la distancia. Cuando esto se traslada a la política, al arte, a la cocina, tiene un lado higiénico: los espectadores toman distancia de las cosas que todo el mundo venera.

Sánchez Dragó le atribuye la frase: "La buena comida siempre es sensual", en contraste con la cocina creativa, que consideraba “de probeta”.

— Tengo la suerte de que mi mujer tiene unas manos de oro. No es que le dedique un tiempo tremendo, pero tiene una enorme facilidad para inventar con lo que tenemos por casa. Sus platos tienen siempre esta sensualidad: la de algo natural, pero siempre con pequeñas cosas que le aportan un aspecto insólito, y que siempre huelen. Aquella cocina siempre huele, y es la que a mí me gusta. La manipulación que no está especialmente sofisticada, que es una manipulación natural que tiene la gracia de quien hoy ha bajado al jardín a buscar unas hierbas para añadir al conejo, ha puesto más de unas que de otras y ha salido algo a veces irrepetible.

Sánchez Dragó coincía con su crítica de la cocina experimental.

— Sí, estábamos de acuerdo. Él todavía sacralizaba algunas cosas; por ejemplo, su gato. Yo solo tengo sacralizada a mi mujer; es intocable. Ella y yo hacemos bromas, pero fuera de casa no hay broma posible sobre mi mujer; no la admito.

¿En Barcelona, dónde irían a cenar?

— Hace años que no voy a un restaurante en Barcelona. Muchísimos años. De hecho, si he ido a restaurantes de importancia he ido invitado, pero normalmente no voy. Trabajo mucho en Madrid y normalmente vamos a un apartamento y nos hacemos la comida nosotros mismos. La verdad es que intento ir muy poco a los restaurantes, quizás porque disfruto mucho de comer en casa. Sí que me invitan a restaurantes buenos de Madrid; recuerdo el nombre de unos restaurantes de aquellos que valen fortunas… Bueno, mi mujer y yo siempre salimos de allí criticando. Pensando las cosas buenísimas que podíamos hacer con lo que se ha pagado.

Su relación con la bebida pasa por sus años de formación en Francia. ¿Cómo llega a Estrasburgo?

— Estudié el bachillerato en París. Cuando en la escuela dijeron que tenía que elegir una carrera, yo dije que quería ser diplomático. Pero en casa dijeron que no me podían pagar la carrera diplomática, porque en aquel momento se tenían que tener dos carreras.

¿A qué se dedicaban sus padres?

— Ambos trabajaban en La Publicidad, que era un diario catalán de antes de la guerra. En casa lo pasaron muy mal después de la guerra, con todas las represalias. Pero las cosas se fueron rehaciendo. Y ellos ya estaban totalmente jubilados. Soy hijo de un padre de 63 años y una madre de 45 años. Mis padres eran como mis abuelos.

Y le dijeron que no podían pagar la carrera diplomática.

— Entonces yo dije: teatro. No sé por qué. Quizás porque mi hermano mayor cantaba zarzuela. De muy pequeño me llevaba a los ensayos y seguramente se me debió quedar grabado. O quizás porque mi tío me llevaba a los toros desde que tenía 5 años.

Arriba a Estrasburgo.

— En Estrasburgo cobró mucha importancia el vino, especialmente para mis compañeros, que eran de Alsacia. Me aconsejaban y conocí todos los vinos alsacianos, que siempre me han seguido gustando. Tomo un riesling que está muy bien de precio, de poquísimo grado y que va muy bien para el día a día. Y seguramente es por la nostalgia de aquella época. Cuando tomo vino dulce es un Gewürztraminer. Tiene que ver con mi juventud, con aquellas tardes en las que no teníamos otra tarea que emborracharnos. Porque además son vinos que, de broma, van entrando y después coges una turca impresionante. Al día siguiente, las improvisaciones siempre salían…

Improvisadas… A finales de 1961 regresa a Barcelona y crea Els Joglars.

— Cuando vuelvo a Barcelona a finales de 1961 tengo la vanidad —porque eso solo lo hace la vanidad que tienes cuando eres joven— de pensar que yo podía hacer una compañía. No me gustaba el teatro que había y dije: “Pues lo haré yo”. Y hicimos una compañía con Carlota Soldevila y Anton Font.

No vivió mucho tiempo en Barcelona.

— Yo no podría vivir en una ciudad. Aunque viví en Barcelona y en París de niño, y volví a Barcelona, enseguida me fui a una masía en Rupit. Soy incapaz de vivir demasiado tiempo en una ciudad. Los 8 años que dirigí los Teatros del Canal [en Madrid], tenía que volver cada semana a casa. Era físico: necesitaba mi relación con la naturaleza.

Que incluye su jardín.

— Yo lo llamo el tutti frutti, porque hay de todo. Es un jardín que está cuidado de la misma manera natural como Dolors [su mujer] cocina.

Ahora mismo debe estar en plena ebullición.

— Hay una cosa fantástica: toda la pared que rodea el jardín está rodeada de higos chumbos, que yo cultivo con mucho cuidado; todos limpios, preciosos. Me gustan mucho, hago mermelada, y cada año nos comemos 600 o 700 cada uno.

Otro vicio que tiene son los borgoñeses, que llegó a decir que eran su única droga. ¿Cómo llegó a ello?

— Conocí al gerente de Bouchard Ainé a través de mi hermano. Yo iba cada año a la subasta de los Hospices de Beaune. Y le cogí mucho gusto a los borgoñas. Lo que pasa es que es un gusto muy caro [rie]! Además, hay que vigilar.

¿Por qué?

— Hay muchos borgoñas que están muy bien de precio, pero que no son borgoñas en el sentido profundo del término. Un Chassagne-Montrachet blanco que no sea de muchos años… Tienes que gastar de 300 a 500 euros. Como tengo mucha relación con Francia —tengo una casa allí—, de vez en cuando hago estas excepciones.

¿Y para los días no excepcionales?

— Los otros borgoñas, los que puedes encontrar en un Carrefour francés, están bien para recordar lo que podría ser un borgoña. Los negros tienen este gusto, este deje de la grosella negra… Pero claro, no tiene nada que ver con el auténtico. Los vinos que tomo más a menudo son los del Terrer de Tarragona, excelentes. Conozco a la gente que lo hace, sé cómo lo hace, y lo hacen muy bien: son unos vinos negros formidables. Y después, un poco más caros, los Viña Tondonia, por la manera como están hechos: realmente a la antigua.

¿En qué sentido son diferentes?

— No recibes el impacto del alcohol. Es como si no llevaran alcohol, aunque tienen su graduación. Pero están hechos de forma natural. En Viña Tondonia no entra una sola pieza de aluminio. Y eso me parece algo artesanal extraordinario. No para beber cada día, pero, en fin, el domingo, de vez en cuando... Bueno, con los Borgoñas me pasa esto: que no soy millonario. Si fuera millonario, seguro que sería alcohólico de Borgoña.

Al final deEl rey que fue, que dirigió, hay una imagen del rey Juan Carlos con una botella de Fanta. El rey Felipe, ¿con qué bebida lo representaría?

— Con agua mineral.

¿Y por qué la Fanta para el rey Juan Carlos?

— Por sus desastres familiares. El rey Juan Carlos era un carácter. Su formación fue tremenda: un niño que a los 10 años lo llevan a Madrid a manos de Franco, un hombre que pasa 27 años a la sombra del dictador... Es un rey a la antigua, como si de golpe y porrazo nos hubiéramos encontrado a Carlos III. A pesar de todo, le tengo estima. De una manera u otra, llevó las libertades a España. Esto es lo que pasará a la historia. Él y las mujeres? No tengo ningún inconveniente. Al final, el trabajo de los reyes es la procreación; si no procrean, la monarquía se va a la mierda. Por lo tanto, que estén obsesionados con el tema, tampoco sería lo peor.

Pero la obsesión con el dinero…

— Ya no es tan correcta. Es un hombre que tiene naturalmente unas luces y unas sombras muy radicales. Yo le he conocido bastante, he hablado bastante con él. Alguna vez que él estaba aburrido, me llamaba el jefe de la Casa Real y decía: “Su majestad querría hablar contigo.

Ya se sabe que los reyes y los juglares…

— Pasábamos un buen rato charlando. Y decía cosas que eran interesantísimas. La época que yo dirigí los Teatros del Canal era también director del Auditorio de El Escorial, unos teatros preciosos, de una arquitectura magnífica. Se quería hacer un festival como el de Salzburgo. Pero El Escorial no es Salzburgo. El Escorial es El Escorial: está Felipe II, están las tumbas reales. Y yo me quejaba. El rey me dijo: “Lo importante es que está hecho. Piensa que ya está construido, y en el futuro esto servirá. No te preocupes. Lo importante es hacer las cosas”. Esto es la mirada de un rey. Por encima de la mirada politicoeconómica, digamos, de un director de teatro.

¿Una mirada cenital?

— La mirada de alguien que tiene la conciencia de estar por encima del bien y del mal.

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