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Sílvia Bel: "La sobreexposición quema mucho y ha habido momentos en que he tenido una necesidad de recogimiento"

Actriz

Silvia Bel en una imagen reciente
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Silvia Bel (Barcelona, 1970) cree en la autenticidad y la naturalidad, y las ejerce. La actriz, que ha pasado por los grandes teatres de la escena catalana y que hoy es conocida por su papel de Marta en Com si fos ahir, alterna la máxima expresividad –gestual y lingüística– con el silencio introspectivo. Bel entiende las artes como un espacio de expresión sincera, alejado de impostaciones e hipocresías; y también es así como habla de la gastronomía y el vino.Hicieron un Ribera del Duero para su hija, Ainara Elejalde. ¿Cómo se imagina el vino Silvia Bel?

— Digamos que, dentro de la familia de los vinos, no me importaría ser un vino del Priorat. Por las pocas cosas que sé, se espera que la uva esté muy madura, arriesgándose a que se eche a perder, para que salga mejor. Y tiene una alta graduación.

Ha participado en diversos eventos que relacionan la poesía con el vino.

— He de decir que, de las pocas cosas que sé de vino, son en relación con la bodega Vall Llach. He visitado muchas veces la bodega gracias a mi amistad con Lluís [Llach]. Allí se entrega el premio Miquel Martí Pol a la mejor poesía musicada y dentro del jurado está Pitu Roca, que muchas veces nos deleita con sus conocimientos sobre el vino. También Albert Costa, que es quien lleva la bodega. Lo que sé de vino es gracias a ellos, porque ellos entienden muchísimo. Hablan de los aromas, de la profundidad, de la textura, de muchas cosas.

¿Qué sentido tiene relacionar la poesía y el vino?

— En este caso, la bodega da este premio porque está vinculado a la cosa de la tierra. También porque Miquel Martí Pol, que era muy amigo de Lluís Llach, había tenido relación con ellos. Tienen unos poemas de él colgados en la bodega. También cada año hacen una acción artística relacionada con la poesía… Pasa que yo soy bastante abstemia.

Sí?

— No soy consumidora de vino, francamente; nunca lo he sido. De pequeña pensaba: ya me gustará cuando sea mayor, porque es algo que le gusta a la gente mayor. Y cuando me hice mayor me di cuenta de que seguía sin gustarme. Sí que es verdad que, en un momento dado, y de una manera muy contenida, me puedo tomar una copa de vino con una cena un poco especial, pero no consumo habitualmente.

¿Por algún motivo concreto?

— No es que sea una actitud consciente. Es que, simplemente, no me hace falta.

¿A ti también te pasa con la cerveza?

— La cerveza no me gusta. Nunca me ha gustado. Tengo muchos amigos que son alpinistas. Vamos a escalar, hacemos actividades en la montaña, y lo primero que dicen todos, cuando acabamos, es: ahora tenemos que ir a tomar la cerveza. Yo, no, no tengo esa cosa de… Tampoco se me debió sentar muy bien el alcohol.

¿Entonces qué toma cuando acaban de escalar?

— Básicamente, agua. O un refresco. Ahora, yo reconozco que es todo un arte. Hablando con Pitu y con otra gente, realmente he visto que el del vino es un mundo muy complejo y con muchos matices.

¿Pasa como con la poesía, que a veces la gente las ve muy lejanas?

— No lo sé. Si pasa, es porque nosotros mismos nos ponemos barreras, en el fondo. Este fenómeno que explicas tiene relación con los complejos que tenemos, con pensar: “Ostras, es que soy un ignorante, y si voy –por ejemplo– a una exposición, no entenderé lo que han pintado”. Y quizás no hay nada que entender. Simplemente, es dejarse llevar: dejarse llevar por el sabor, dejarse llevar por aquello que ves. También puede pasar lo contrario.

¿Qué quiere decir?

— Quizás también nos conduce a querer hablar de los temas desde un lugar que no hace falta, como si tuvieras que ser entendido. En realidad, tienes que usar el sentido común. Si vas a ver una obra de teatro o una exposición, o vas a oír un recital, o te vas a hacer una cata de vinos, te tienes que dejar llevar por lo que aquello te sugiere. Esta idea de que algunos mundos son “inaccesibles” creo que se la pone uno mismo cuando considera que hay “los cultos” y “los ignorantes”. Y en el fondo, ser cultivado depende de uno mismo y de aproximarse a este mundo sin complejos. 

¿Y al revés? ¿Son mundos que pueden distanciar a la gente, cerrarles las puertas?

— Debería mirarse cada caso concreto, pero yo no tengo esa sensación. Yo creo que la cultura está abierta a quien la quiera consumir y que hay muchas posibilidades de hacerlo. No creo que los generadores de cultura –los poetas, los actores, los artistas, los que elaboran un vino– no quieran que la gente participe de ello. Si, desde fuera, da la impresión de que hay un cierto elitismo es porque hay un rigor a la hora de hacer las cosas. Y evidentemente no es como en el McDonald's. No creo que sea que ellos aparten, sino que a veces no es tan fácil terminarlo consumiendo.

El ejemplo de McDonald’s…

— Es muy fácil consumir algo banal porque está por todas partes. Es más complicado consumir las que no son banales, porque tienes que ser más selectivo y tienes que poder decir: esto no me interesa; esto, quizás sí. Y en esta selección tú tienes que estar un poco metido. No: no creo que las personas que generan esta cultura un poco más off no quieran que la gente los comprenda y que se sienta interpelada. Ahora, si tú vas a un lugar de estos esperando que te den un frankfurt… Pues no. Y creo que esto es necesario para que la gente desarrolle precisamente este sentido crítico y también sea selectiva con lo que consume. Creo que lo que todo el mundo quiere simplemente es hacer llegar esta expresión artística a los demás, porque es algo que se siente necesario. Después los resultados pueden ser mil.

¿En qué momento sintió que se expresaba mejor artísticamente?

— Como actriz, he pasado por diferentes etapas. En las primeras etapas estaba muy ilusionada, tenía muchas ganas de probar muchas cosas y pensaba: “Anda, que me ofrezcan trabajo, porque yo quiero vivir de esto”. A medida que han pasado los años y he probado muchas cosas, ya he tenido la experiencia para saber qué cosas me gustan. No solo qué tipo de expresión artística, sino con qué gente y condiciones. Te vuelves un poco más selectivo y más tranquilo.

¿Le ha pasado a todo el mundo que ha conocido?

— Yo he tenido la suerte de poder ganarme la vida y eso cuenta mucho. Si no tienes para comer, tu criterio ya no depende de lo que tú querrías hacer o no, sino de otras cosas. No tengo nada de patrimonio, cero, absolutamente nada, pero estoy económicamente tranquila. De todas formas, uno siempre debe tener los pies en la tierra, y no hay nada que se pueda dar por hecho. Incluso uno mismo cambia, y a veces convicciones muy firmes que tenías con los años pasas a verlas de manera diferente.

¿En qué lo ha visto? 

— He tenido épocas en que me he querido recoger y no he querido estar expuesta, y épocas en que he tenido más ganas de expandirme y no he podido. Y lo que quieres no siempre coincide con la realidad. La sobreexposición es una cosa que quema mucho y, a lo largo de los años, ha habido momentos en que he tenido una necesidad de recogimiento, de introspección, de pensar exactamente en qué lugar estoy de manera serena. 

¿Cómo lo ha conseguido?

— No es fácil, y menos en el momento que vivimos, que nos obliga a estar siempre en un lugar diferente del que estamos físicamente. Quizás también por eso tengo una gran necesidad de estar ahora y aquí. Profesionalmente, esto te hace relativizar más algunas cosas. Hace un tiempo que hablo del concepto deabandonar el personaje. Todos tenemos un personaje aprendido, que nos hemos creado. En mi caso, la actriz famosa. Si nuestro ego va ligado a este personaje que hemos creado, debemos estar a su altura.

¿No pasa en todos los oficios?

— En los actores es una cuestión muy ligada al ego, al hecho de exponerse ante un público y que la gente aplauda y que te den premios y que te digan: “Qué bien que lo haces”. Todo esto alimenta una parte de ti mismo que es como una droga. Y este alimentar el ego no se puede confundir con lo que era que soñabas cuando eras joven.

¿Qué era…?

— Disfrutarlo. Cuando entré en el Institut del Teatre tenía el sueño de estar con las personas y que fuera un proceso de creación colectivo y una aventura. 

¿Cómo se mira este sueño hoy?

— Estoy muy contenta y me siento afortunada de todas las cosas que he podido hacer. También he de decir que siempre he tenido una relación de amor-odio… No podría decir odio. Pero ha sido una relación equilibrada entre desearlo mucho y a la vez haberme de proteger muchísimo. Yo no sé si a todos los actores les ha pasado esto en algún momento, pero yo he amado tanto como he “odiado” [hace el símbolo de las comillas con las manos] el hecho de estar encima de un escenario: es precioso; es muy sacrificado.

¿Le ha costado separar el trabajo de lo que no lo es?

— Creo que, en mí, no se puede separar a la actriz de la persona; es un todo. Mi vida es muchas otras cosas aparte del teatro o la televisión o el cine o los recitales o tantas cosas relacionadas con el arte, pero mi vida también es eso. Y no sé si sabría vivir sin eso; pero sé que no quiero vivir solo con eso. A medida que te vas haciendo mayor, la balanza se va… [ríe y hace un gesto de desequilibrio]. Pero la ilusión continúa.

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