El consultorio

¿Por qué mi hijo no escucha?

En función de la edad de los hijos habrá que comunicarse de una u otra manera: mensajes concretos cuando son pequeños, cambiar de espacio cuando son mayores

Padre e hijo conversando
31/01/2026
3 min

BarcelonaEn 2022 Daniel A. Abrams, catedrático de psiquiatría de la Universidad Stanford, publicó en The Journal of Neuroscience la investigación sobre qué ocurre en el cerebro de chicos y chicas a los trece años: dejan de activarse los centros neuronales implicados en las sensaciones de recompensa cuando oyen la voz de la madre. En cambio, cuando oyen voces no familiares se activan las redes neuronales asociadas a sensaciones agradables. Por tanto, cuando los padres creen que los hijos no les escuchan, no es una simple suposición, la ciencia ha demostrado que seguramente no los están escuchando.

Qué podemos hacer para que nos escuchen

En función de la edad de los hijos deberá comunicarse de una u otra forma. Alba Castellví, asesora de familias, educadora y socióloga, diferencia los motivos por los que no escuchan, cuando son más pequeños es por la capacidad de atención y cuando son mayores porque necesitan ir más a la suya.

En la franja de entre los tres y los seis años es necesario ser concretos, los mensajes deben ser breves y utilizar palabras sencillas. No siempre hay que justificar el porqué se dice lo que se dice, ni tiene que estar de acuerdo, "puede resultar contraproducente darles muchas explicaciones, se pierden entre tantas palabras. No se puede pretender que los pequeños elijan sobre cosas que corresponden a los adultos", recuerda Castellví. Mejor enunciar decisiones que plantear propuestas o debates, y los padres no deberían sentirse culpables por no dejarles elegir. Cuando los padres se den cuenta de que están a punto de perder la paciencia puede ayudarles decirles "de eso ya hemos hablado lo suficiente, ya lo retomaremos en otro momento", que sirve para evitar el típico "lo haces porque sí o porque lo digo yo".

A medida que los hijos se hacen mayores necesitan ir desvinculándose de la influencia de la familia de origen para facilitar la apertura hacia otras personas: "No escuchan porque están creando su propio universo. Están convencidos de que ya han recibido estos mensajes de los padres, saben lo que les dicen y les suena redundante. Les interesa mucho más lo que les puedan decir otros".

Cómo captar la atención de los adolescentes

Para captar su atención y que escuchen ayuda cambiar el formato y el espacio: hablar fuera de casa, tener una conversación cuando se está haciendo una actividad compartida –comiendo juntos o caminando de un sitio a otro–, que funcionan mejor que hacerlo en casa, sentados uno delante del otro. "Si además queremos que nos hagan caso, es importante ser coherentes y consistentes. Así cuando se repitan situaciones similares estarán más atentos", propone Castellví. Un caso práctico podría ser que si el hijo debe poner la mesa y no lo hace, se le advierte, sin gritos ni quejas ni enfadarnos, que debe hacerlo porque si no, deberemos hacerlo nosotros. Si sigue sin pararla, cuando vaya a cenar se encontrará sin plato y sin cenar. "Soy partidaria de decir las cosas una vez y si no las hacen, ya vendrán las consecuencias de su decisión. Repetir las cosas es cansado para todos", dice.

También hay que evitar que el adulto se posicione como quien sabe todo, es preferible que se interese por lo que sabe y piensa el otro, y le pregunte por saber su opinión. "Nos escucharán más si somos capaces de ser más receptores que emisores", recuerda la educadora. Tampoco funcionan las conversaciones con padres aleccionadores, esta actitud hace que se cierren en banda.

Si queremos que nos escuchen y hagan caso

Con los más pequeños, entre los tres y los seis años, funciona la técnica de preguntarles qué les hemos dicho o qué les toca hacer. Cuando lo repiten es como si se autoprogramaran para ello. A partir de los siete años y hasta la preadolescencia se les puede dejar elegir algún aspecto de la acción que deben llevar a cabo: empezar por poner la mesa o ducharse, o que elijan el mantel que quieren poner. A partir de los once o doce años suele ayudar a exponerles los motivos por los que hace falta que hagan una cosa u otra: "Tienden a empatizar cuando les dices cómo te sientes, si las cosas van de una determinada manera. Funciona hablar de tus necesidades y los motivos que tienen que ver con tu bienestar", concluye Castellví.

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