Mi corazón ama un árbol
Con un espléndido 'Ginkgo biloba' como centro de gravedad, este precioso melodrama botánico explora una nueva forma de encarar los vínculos entre los seres humanos y el mundo vegetal
- Dirección: Ildikó Enyedi. Guion: Ildikó Enyedi, Tina Kaiser y Corinne Le Hong.147 minutos. Hungría, Alemania, Francia y China (2025).Con Tony Leung, Luna Wedler y Léa Seydoux.
En un momento deEl amigo silencioso, el neurocientífico a quien da vida Tony Leung (el protagonista de Desear amar en su primer papel en el cine europeo) pesa higos frente a la tele. El profesor tiene poco que hacer porque ha quedado varado en una universidad alemana en plena pandemia de coronavirus. Hasta que un programa con una científica francesa le llama la atención. La experta defiende que las plantas se comunican con nosotros, solo nos hace falta encontrar el canal de comunicación adecuado para descodificar qué nos dicen. Esperonado por esta idea, el protagonista esmera sus esfuerzos en encontrar un dispositivo que le permita conectar con el ginkgo lozano que preside el jardín botánico de la universidad.
El árbol vertebra las tres historias cruzadas de la nueva película deIldikó Enyedi, que tienen lugar en diferentes épocas y se narran en estéticas variadas. Si el relato contemporáneo se presenta en un digital adecuado para los colores del otoño, la historia situada a principios del siglo XX narra en blanco y negro las discriminaciones que sufre una estudiante en una academia todavía muy machista; una chica que acaba encontrando en la fotografía el vehículo para investigar y plasmar la dimensión más desconocida de las plantas. El tercer segmento, que se desarrolla en los años setenta, está rodado en 16 mm, una textura propicia para las historias de amor luminosas y etéreas. Como la del chico que adora a una compañera de clase. Ella le pide si puede cuidar de su geranio mientras está fuera. El chico acaba obsesionado con registrar las reacciones del vegetal a diferentes estímulos.
A la manera de los protagonistas del film, la directora húngara recurre a un dispositivo, el cine, que hibrida exploración científica y pulsión artística, para redefinir los vínculos de los seres humanos con el mundo vegetal. Los árboles, las flores y las plantas se hacen presentes en la película no como objetos pasivos sino como sujetos que se imbrican cada vez más en la vida de los personajes y transforman su relación con el entorno.