El horror del genocidio de Gaza sacude Venecia
En el documental ‘Naza’, 24 soldados describen en detalle la máquina de matar del ejército israelí
VeneciaEl año pasado la Mostra de Venecia recibió el impacto de la sobrecogedora La voz de Hind, que mezclaba escenas de ficción y la voz real de una niña palestina para denunciar el genocidio de Gaza. El filme de Kaouther Ben Hania acabó llevándose el Gran Premio del Jurado, y no sería extraño que la historia se repitiera este año con Naza, el documental en el que los periodistas y cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor exponen los crímenes de guerra cometidos por el ejército de su país durante la Guerra de Gaza. Aunque hay que decir que, más allá de la rigurosa exploración de los métodos empleados por las Fuerzas de Defensa de Israel, Naza logra trascender la denuncia de la barbarie bélica, y ofrece un lúcido y terrorífico retrato de la cara más siniestra del mundo contemporáneo, marcada por la amenaza que la inteligencia artificial supone para las nociones más básicas de empatía, democracia y humanidad.
Naza sigue los pasos de La voz de Hind y No other land, el documental ganador del Óscar en el que ya participaron, como codirectores, Abraham y Szor. Pero lo hace adoptando una perspectiva nueva. “Como israelíes, hemos sentido el deber de utilizar nuestra posición y nuestro acceso a ciertas informaciones”, ha explicado Abraham en la rueda de prensa de presentación del filme en Venecia. “Hemos querido enseñar, desde una perspectiva interior, cómo funciona el sistema de asesinatos del ejército israelí”, ha añadido. En este sentido, Naza golpea al espectador con una contundencia particular porque no ofrece ningún refugio emocional.
Paradójicamente, en la tragedia que describe el filme no hay lugar para el drama: ningún grito de dolor, ninguna demanda desesperada de redención, ninguna confesión catártica o empapada de decencia. Lo que encontramos son los terribles testimonios de 24 miembros de la “inteligencia militar”, hombres que, durante el genocidio de Gaza, asesinaban a decenas de personas cada día, desde oficinas de Tel-Aviv, mientras continuaban con su vida cotidiana. “Como No other land, Naza retrata la dimensión sistémica de los crímenes cometidos por el estado israelí, unos asesinatos posibles gracias a un sistema de vigilancia masiva”, asegura Abraham.
La voz de los verdugos
Como hizo Basilio Martín Patino con los brazos ejecutores del régimen franquista en el esencial documental Queridísimos verdugos, Abraham y Szormiran a la cara a los perpetradores de la barbarie. En Naza, los soldados aparecen con la cara tapada por las sombras y la voz distorsionada digitalmente. El riesgo de represalias exige un anonimato que da pie a testimonios brutales. En referencia a las víctimas palestinas, un joven soldado apunta: “El objetivo es la cantidad, no la calidad”. Otro describe con detalle el funcionamiento de una herramienta de inteligencia artificial llamada Lavender, con la que el ejército israelí compuso una lista de entre 60.000 y 70.000 dispositivos telefónicos supuestamente vinculados a Hamás. El más pequeño indicio localizado por la IA servía, y continúa sirviendo, para ordenar ataques en los que puede haber un índice elevado de Naza. ¿Pero qué es Naza? Pues una unidad de medida que contabiliza el número de bajas civiles que dejará un ataque militar. Uno de los soldados señala que, durante la etapa más dura del genocidio, el ejército israelí daba por bueno cualquier ataque con un Naza menor a 20, aunque en algunos casos se llegaron a ordenar ataques con un Naza de 500 civiles muertos.
En Naza, Abraham y Szor presentan un trabajo de gran valor periodístico: los salvajes testimonios de los soldados se contraponen con imágenes de archivo en las que el primer ministro Benjamin Netanyahu afirma que está “haciendo todo lo posible para evitar la muerte de civiles”. Pero la película también contiene hallazgos de gran valor cinematográfico. El rodaje nocturno en las azoteas de Tel-Aviv encapsula la dimensión clandestina del proyecto, mientras que las preguntas incisivas, pero no insidiosas, de Abraham van orientando la película hacia la exposición de poderosas tesis de fondo.
En un momento revelador, un soldado israelí rememora un angustioso viaje escolar a Polonia, organizado para recordar las atrocidades del nazismo. Confrontando pasado y presente, el mismo soldado admite que, tras convertirse en el ejecutor impasible de un genocidio, puede entender el pozo de inmoralidad en el que se hundieron los autores del Holocausto. Abraham y Szor también evocan otra historia, la del cine, cuando en Naza hacen referencia a la figura de Claude Lanzmann, que en la monumental Shoah demostró que la palabra puede convertirse en un preciado contenedor para la memoria de un pueblo, incluso cuando las palabras –en este caso, las de los soldados de Naza– pertenecen al ámbito de la abyección.