¿Puede la inteligencia artificial hacernos mejores escritores?

La polémica reciente a partir de la publicación de dos novelas escritas en colaboración con la inteligencia artificial sin atribuirla abre un debate sobre el uso de esta tecnología con fines creativos. Preguntamos sobre su relación con esta nueva herramienta a autores como Melcior Comes, Mariana Enriquez, Agustín Fernández Mallo, Alicia Kopf, Patricio Pron e Irene Pujadas

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Melcior Comes, Mariana Enriquez, Agustín Fernández Mallo, Alicia Kopf, Patricio Pron y Irene Pujadas. (de arriba izquierda a derecha y de abajo izquierda a derecha)
30/10/2026 - 08:18 h

BarcelonaHace unos días, dos autoras muy conocidas, suspicaces con las habilidades creativas de la inteligencia artificial generativa, la pusieron a prueba y el resultado no fue el que esperaban. "Le pedimos que escribiera una narración de un párrafo en un estilo barroco con la única premisa de que tenía que estar protagonizada por un paseador de perros, y el relato era coherente y no estaba nada mal, pero después le preguntamos si podía reescribirlo con nuestras particularidades como autoras, sin darle ninguna otra pista, y lo hizo todavía mejor", comenta Irene Pujadas, ganadora del último premio Finestres con La intrusa (L'Altra, 2025) y una de las participantes en este experimento. La otra era Mariana Enriquez. "No tuvimos suficiente con lo que consiguió la IA y quisimos saber cómo había decidido qué decisiones tomaba en cada caso –continúa Pujadas–. Nos respondió que, en el caso de Mariana, se había propuesto escribir una historia con un punto de misterio que no se encontrara en los personajes, sino que tuviera relación con los espacios donde ocurría, como acostumbra a hacer ella en su ficción. En mi caso, conectándolo con mi mundo literario, los perros del relato hacían un curso de gestión emocional y todo acababa teniendo un punto burocrático absurdo".

El resultado de esta prueba no ha hecho cambiar de opinión a ninguna de las dos escritoras. Las "poquísimas veces" que Pujadas se ha acercado a ella lo ha hecho "como si fuera alguien muy conservador de 80 años que no quiere novedades". Enriquez, que ha visitado Barcelona para presentar el ensayo sobre sus fundamentos literarios, Conversación con la oscuridad (Páginas de Espuma, 2026), tiene una visión similar en relación con el uso de la inteligencia artificial generativa. "Cuando escribo me gusta encontrar límites, y busco desafíos constantemente. No me importa tanto que el texto funcione y se acabe publicando como el hecho creativo –explica–. Me gusta pelearme con las palabras. No quiero que una máquina me resuelva las cosas rápidamente. Antes de usar la máquina cuando trabajamos en una novela o un relato, habría que preguntarnos por qué escribimos y si de verdad estamos dispuestos a entregar nuestra alma a un robot".

A pesar de estas prevenciones legítimas, cada vez es más habitual el uso de la IA a través de chatbots como Gemini, Claude y ChatGPT en diversas etapas del proceso creativo y editorial de un texto literario. "La IA ha entrado en el sector para revolucionarlo de arriba a abajo", según comentaba hace unas semanas la consultora Isabel Fernández en la feria Liber. "El problema no es tanto que se utilice la IA como que se pretenda hacer creer que no ha intervenido en un texto", comenta Melcior Comes, que no ha dejado de experimentar con esta herramienta desde finales de 2022, cuando se puso en circulación la primera versión de ChatGPT. Comes hace referencia a la denuncia reciente de que la novela Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas, publicada este otoño por Almadía y ganadora de un premio literario de 20.000 euros, había sido escrita con la intervención de la IA en un 99% de la totalidad del texto. "En este caso hablamos de deshonestidad, igual que si fuera un plagio, porque el autor probó a hacer pasar por suya una cosa que no había escrito solo él", añade Comes.

Virtudes y limitaciones de la máquina

El caso de David Silva Rojas, que esperó cinco días a manifestarse y aseguró haber "concebido, escrito y revisado la novela", se ha añadido al de C'était ça ou mourir (Grasset, 2026), uno de los fenómenos de la rentrée francesa, firmado por Thélyson Orelien, hasta que una cuenta anónima de X denunció que la obra había sido redactada casi completamente a través de una IA, según había podido comprobar a través del programa Pangram, el mismo que se utilizó para analizar Donde el agua trabaja. "Sería como si, en un maratón, quien corre no es el corredor sino su entrenador y, una vez ha quedado primero, el entrenador recoge la medalla en lugar del corredor –dice Alicia Kopf, autora de novelas como Memòria d'Eco (L'Altra, 2026) y profesora de escritura creativa en la Universidad Pompeu Fabra–. Interrogar a la IA en un proceso creativo puede ser interesante, pero hay que explicitarlo y ser transparente". Kopf misma utilizó una IA para crear la cubierta de su último libro, pero lo hizo "a contrapelo, no para imitar lo que ya existe, sino intentando usarla probando de hacerla soñar y evidenciar cómo piensa".

La cubierta de 'Memòria d'Eco', de Alicia Kopf.

"En la novela L'home que va vendre el món [Proa, 2025] hay un capítulo entero en el que el protagonista interactúa con una máquina, y parte de una experiencia mía con la IA –explica Melcior Comes–. Le va haciendo confesiones psicológicas para desahogarse y la máquina le responde con tópicos psicológicos del gremio. Lo que el lector se encuentra en el libro es una versión rehecha de aquella conversación". A lo largo de los últimos cuatro años, Comes ha jugado "a imaginar situaciones y personajes con IA para hacer lo contrario de lo que la máquina preveía", y actualmente mantiene, a través del protagonista de un nuevo relato suyo, una correspondencia amorosa de ficción con una IA. "Él va recibiendo correos de alguien con quien acaba estableciendo un vínculo antes de descubrir que no existe", avanza. Un fragmento de las respuestas generadas por IA dice así: "Tenía el pelo lleno de champú y, de repente, me he acordado de aquella cosa que me explicaste, que en tus cafeterías siempre te fijas en las personas que se sientan solas. No sé por qué me ha venido a la cabeza precisamente esto. Quizás porque yo también me paso la vida observando a gente que no sabe que la observo".

¿Llegará el día en que la IA pueda escribir textos literarios con una calidad igual o superior a la de un humano? Hace un par de años, el escritor Patricio Pron se enfrentó con el mejor modelo de ChatGPT del momento, la versión 4 Turbo. A partir de la invención de 60 títulos de posibles películas –cada contrincante se inventó 30– Pron y ChatGPT desarrollaron el argumento en 600 palabras. Cada uno de los 120 relatos fue valorado por seis críticos y académicos diferentes. "Noté cierta presión por si descubría que no era tan bueno como la máquina –reconoce–. Me preguntaba por el destino de mis libros si se acababa demostrando que no podía vencer a una especie de loro estocástico que se dedica a repetir las tonterías de los demás". Pron venció en todas las categorías: la de creatividad, la de voz propia y la de estilo original y creativo. Dos de las otras conclusiones del estudio fueron que ChatGPT se expresaba mejor en inglés que en castellano y que era capaz de escribir relatos mejores a partir de los títulos de Pron que a partir de los suyos.

El experimento se puede consultar en formato libro, Pron versus Prompt (Delirio, 2025). "Después de regalar a las empresas tecnológicas decenas de nuestras habilidades, incluyendo la memoria, el juicio ético y nuestras potencias creativas, ¿podemos permitirles que legislen sobre lo que es IA y lo que no?", se pregunta en relación con Pangram, una IA que se dedica a discernir entre la escritura humana y la escritura en la que ha intervenido la IA. "¿Qué es peor? –continúa–. ¿Crear una tecnología opaca, muy costosa en materia energética y muy disruptiva, o que alguien ceda, con nula destreza, a los cantos de sirena para sentirse escritor durante un rato?"

"Hacer ver que has escrito algo que no has escrito no tiene sentido, repite tópicos –asegura Alicia Kopf–. El arte está para romper los tópicos, no para insistir en las mismas fórmulas. En un sentido de industria, la IA puede fortalecer determinados productos que son rentables porque reiteran ideas y planteamientos. Dicho esto, la definición de escritura literaria que yo doy siempre es la siguiente: «Descubrir algo que tienes dentro a través del lenguaje». La voz autoral no se puede conseguir a través de una escritura artificial. Sería como enviar a alguien más a hacer el viaje que tú querías hacer y que te lo explique". De la misma manera que determinada literatura comercial puede jugar con los clichés temáticos y lingüísticos e incluso flirtear, en casos todavía no declarados, con la IA, uno de los peligros actuales es que, con la sofisticación creciente de la técnica, al lector corriente le cueste cada vez más discernir entre una novela escrita por una persona o una novela escrita en colaboración con una máquina.

El icono de la aplicación Gemini en un teléfono inteligente.

A favor de la experimentación

Entre los pioneros en la experimentación literaria con la IA se encuentra Clemens J. Setz, que compuso Bot (2018) –disponible en castellano en H&O Editores– como una entrevista en la que las respuestas eran seleccionadas por una "alma externa digitalizada" que contenía los "miles de páginas de diarios, apuntes, notas y desvaríos" del autor austríaco. También Jorge Carrión, que en Todos los museos son obras de ciencia-ficción (Galaxia Gutenberg, 2022) narraba la relación del mismo autor con un algoritmo a partir de un trabajo conjunto con el Barcelona Supercomputing Center. "La IA puede ser interesante para practicar escritura experimental, como se había hecho durante las primeras vanguardias del siglo XX y, más adelante, con la escritura aleatoria producida por la interacción con máquinas", recuerda el escritor Agustín Fernández Mallo en relación con obras como Cien billones de poemas (1961), de Raymond Queneau. Hace años que Fernández Mallo se siente intrigado por "la idea teológica" que se esconde detrás de la IA. "Los humanos creamos cosas que nos superan para después someternos a ellas –asegura–. La primera IA fueron las religiones. Más adelante llegaron las estructuras estatales... Y ahora tenemos la IA, que ni es una inteligencia comparable a la humana ni es más artificial que ninguna otra tecnología".

Fernández Mallo acaba de publicar el ensayo El ángel de la inteligencia artificial (Galaxia Gutenberg, 2026). "La comparo con un ángel caído porque es una creación que tiene voluntad propia pero no es humana –continúa–. Por primera vez en la historia parece que haya una entidad que nos habla y que no forma parte de nuestra especie. En realidad, la IA no nos habla de verdad, solo lo parece, porque simula usar el lenguaje humano como lo utilizamos nosotros, y eso nos pone nerviosos en muchos sentidos: el científico, el tecnológico y el artístico".

"Cualquier herramienta nueva es un campo de exploración para un artista, pero hay que relacionarnos con ella siempre de manera crítica", insiste Alicia Kopf. "Lo que me gusta de la escritura es buscar estrategias propias para salir del laberinto en el que yo mismo me adentro –añade Fernández Mallo–. Disfruto escribiendo. ¿Por qué me tendría que liberar de una acción que me gusta y me motiva?" "La producción de literatura a través de una máquina es la negación de la literatura como experiencia sensible y de vida mejorada", afirma Patricio Pron. "Que la máquina sea capaz de escribir mejor que la mayoría de personas, o incluso que buena parte de los escritores, no nos debería dar miedo, sino que debería fortalecer nuestras convicciones –propone Melcior Comes–. Ahora más que nunca hay que escribir buscando, a través de las historias y el lenguaje, llegar a cotas cada día más altas de verdad".

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