Lluís-Anton Baulenas: "Pensaba llegar a la jubilación con tranquilidad, pero no pudo ser"
Escritor
BarcelonaLa humanidad se divide en dos grupos, la de los pajaritos y la de los pajaritos. Los pajaritos, que son mayoritarios, suelen ser víctimas de la minoría de pájaros que los someten. Ésta es una de las lecciones del cuervo marxista en la película Pajaritos y pajaritos, de Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Òstia, 1975), escritor y cineasta que ha inspirado la última novela de Lluís-Anton Baulenas (Barcelona, 1958). En Pajaritos y pajaritos (Edicions Xandri, 2025), el autor barcelonés explica cómo Pasolini, días antes de que su cuerpo fuera encontrado sin vida en una playa cerca de Roma, visita su verdugo y le exige explicaciones sobre quién le ha pedido que le mate y por qué motivos.
Tres años después de ganar el premio Santa Eulàlia con Seré tu espejo (Comanegra, 2023), Baulenas presenta una de sus novelas más tensas e inquietantes, donde da tanta importancia a la víctima como al asesino e incluye varios giros narrativos que el lector agradecerá. El autor deEl hilo de plata (Columna, 1998) y La nariz de Mussolini (Proa, 2009) sigue en forma y tiene un par de proyectos en el horno.
Cuando el cuerpo de Pasolini fue encontrado sin vida en la playa de Ostia el 2 de noviembre de 1975, tenías 17 años. ¿Ya habías visto películas o leído libros?
— Aún no. Pasolini murió dos semanas y media antes que Franco. Todo lo que nos habíamos perdido por culpa de la dictadura empezó a llegar a partir de entonces. Yo le leí y vi películas a finales de los 70. En 1980 ya hice un intento de homenaje a Pasolini a través de una obra de teatro de Friedrich Dürrenmatt.
Al final dePajaritos y pajaritos reconoces que Dürrenmatt también ha inspirado esta novela.
— Cuando se acercaban los 50 años de la muerte de Pasolini dejé el libro de relatos que estaba escribiendo y me puse con esta breve novela. El pasado julio, cuando ya tenía casi terminada Pajaritos y pajaritos, me puse en contacto con en Sebastián Bennasar, escritor y editor de Xandri, porque quería que la novela saliera antes de que terminara el año. Como en 2024 Xandri ya había recuperado Nombres en la arena [Columna, 1995] y me quedé contento, me pareció que era el lugar ideal.
Volver a Pasolini nos remite a tus inicios en el mundo del teatro.
— Era una época en la que todo parecía posible. Hacía de profesor de bachillerato en un instituto privado por las mañanas, y por las noches me dedicaba al teatro. Durante la década de los 80 no paré de hacer cosas, pero en una escena muy independiente e incluso marginal. Con el teatro nunca he logrado llegar a un público amplio, pero a punto estuvo de pasar. Josep Maria Flotats estuvo a punto de dirigir al Poliorama un montaje deEl puente de Brooklyn, con la que había ganado el premio Ciudad de Alcoy [1995], que debían interpretar Ramon Madaula y Sílvia Munt.
Con las novelas sí que has llegado a muchos lectores.
— El teatro me animó a crear obras que creía que podían interesar a la gente. Fue en cuanto empecé a escribir narrativa y debuté con los relatos de Quien en el cielo escupe [Eumo, 1987]. Desde el principio, mi intención era poder dejar la enseñanza para dedicarme a escribir.
No tardaste en conseguirlo: en 1989 ganaste el premio Documenta con Cálida noche, que publicó Edicions 62, y en los años 90 te consolidaste con novelas como Nombres en la arena (1995), Alfonso XIV, un crimen de Estado (1997) y El hilo de plata (1998), las tres con Columna.
— Hace muchos años que tomé esa decisión. He vivido de la narrativa y sus derivados durante mucho tiempo, pero cuando tomas esta decisión debes ser consciente de lo que implica. Puedes vivir como Charlot, con una bota y unos cordones e imaginarte que son espaguetis... Se trata de situar tus necesidades y adaptarte para poder realizar tu trabajo. Yo he tenido épocas mejores y otras peores, pero en fin, me tradujeron relativamente pronto, y poco después llegaron las tres adaptaciones cinematográficas de Ventura Pons. Los libros, algunos de los cuales han recibido premios [como Sant Jordi, Prudenci Bertrana y Ramon Llull], las colaboraciones periodísticas, las traducciones y las películas me han permitido vivir, aunque siempre al día, y he llegado hasta aquí.
Aquí significa hasta Pajaritos y pajaritos, que no es tu última palabra como escritor.
— No lo será. Yo debo seguir escribiendo porque es mi vida. Aparte de eso, no puedo permitirme detenerme. Pensaba llegar a la jubilación con tranquilidad, pero no pudo ser. Mientras tenga energía seguiré adelante, porque lo necesito.
Eres uno de los autores que ha escrito más libros sobre Barcelona, y en cambio no fuiste de los escogidos para ir a la Feria del Libro de Guadalajara el pasado diciembre. ¿Te supo mal no ir?
— Me invitaron a ella hace muchos años, cuando mi hijo acababa de nacer. Quizás porque ya había ido aquella vez este año se prefirió dar la oportunidad a otro... Cuando estoy desanimado recuerdo una anécdota televisiva que me quedó grabada. Era un reportaje en el que aparecía Camilo José Cela saliendo del Congreso de los Diputados, donde era senador vitalicio. Una periodista joven le detuvo y le preguntó: "Don Camilo, ¿para usted qué quiere decir escribir? Y él respondió: "Señorita, escribir significa aguantar". Estoy totalmente de acuerdo con estas palabras de Cela.
¿Por qué?
— Escribir significa aguantar, tener claro cuál es tu objetivo, sobre todo si no tienes más. Lo único que puedes hacer es aguantar y continuar. Aguantar significa no dejar de crear. Aguantar significa sobrevivir. Aguantar significa ser tan generoso con gente que comienza como lo fueron contigo al principio.
¿Tienes presente a alguien que fuera generoso contigo?
— Mucha gente. Pero ahora me vienen a la cabeza dos nombres: Ignacio Riera, que murió hace unos meses, y Emili Teixidor. Les estoy muy agradecido. Teixidor, por ejemplo, me logró la primera traducción al castellano de Necesidad [Pórtico, 1988], que había ganado el premio La Peca de la Viuda Reposada.
Este premio, el primero, fue por una novela erótica, un registro muy diferente al que encontramos en La felicidad (Ediciones 62, 2001), que a la vez también es diferente al deÁrea de servicio (Destino, 2007) y del dePajaritos y pajaritos.
— Por respeto al lector, una de mis máximas ha sido no repetirme. La otra ha sido ofrecer siempre un riesgo literario nuevo. Pajaritos y pajaritos pasa toda entera en un ambiente cerrado. En La felicidad experimento con el realismo mágico. En El hilo de plata intercalo sujetos narrativos sin especificar nunca quien habla.
Volvemos a Barcelona. ¿Estás de acuerdo en que es, tal vez, el personaje más importante de todo lo que has escrito?
— Si alguien tiene la paciencia de mirarse todo lo que he escrito en su conjunto, verá que Barcelona es uno de mis referentes, simplemente porque es mi medio, el lugar en el que he vivido siempre. Nací en Sant Andreu, crecí cerca de Virrei Amat, he vivido durante mucho tiempo en el Eixample y, desde hace unos años, soy vecino del barrio de Can Baró, donde estoy muy bien porque hay una gran tranquilidad.
Tu Barcelona literaria comienza con la apertura de la Via Laietana a principios del siglo XX y llega hasta casi el presente. Abarca más de un siglo.
— Empiezo en el siglo XX porque el siglo XIX no me interesa tanto y me habría obligado a situarme mucho en lo que es considerado como novela histórica. Esta etiqueta no me gusta para hablar de lo que he hecho: en mis novelas hay mucha historia, pero no son históricas. La Barcelona de principios del XX es el marco de La felicidad, la de los años de la dictadura de Primo de Rivera aparece en La nariz de Mussolini, la de la primera posguerra sale a Por un saco de huesos [Planeta, 2005]. La Barcelona olímpica es la de'Amigos para siempre [Bromera, 2017], y la de después es el escenario de novelas cómo Amor de idiota [Ediciones 62, 2003], Cuando llegue el pirata y se me lleve [RBA-La Magrana, 2013] y Seré tu espejo [2023]. El libro de relatos en el que trabajo ahora está ambientado en los últimos 25 años. En cada uno de ellos me fijo en algún detalle muy concreto que he querido recuperar, como el momento en que estaba empezando a prohibirse fumar en los bares y restaurantes y había mamparas para separar una y otra zona. Hay una voluntad de testimonio, en lo que estoy haciendo.
En el caso de la novela sobre Pasolini, existe también este testimonio, pero en el sentido de recordar a alguien que hace años que ya no está y que, aun así, sigue siendo influyente.
— Fue una figura inmensa como intelectual que plantó cara al sistema. Aparte de la importancia de su obra literaria y cinematográfica, Pasolini tuvo intuiciones muy grandes sobre el mundo que venía, por ejemplo, en relación a la globalización. Hizo una crítica brutal a la televisión, tanto en lo que se refiere a la hora de matar a los dialectos como en relación a la unificación de mentalidades. Y después está el papel de su homosexualidad. También en ese aspecto fue una figura incómoda.
En Pajaritos y pajaritos explicas que entre 1947 y 1975 tuvo 319 expedientes abiertos tanto por su inclinación sexual como por las ideas políticas, los libros y las películas. Habla de procedimientos de censura, suspensión y secuestro de su obra artística. En la novela haces decir, a Pasolini, que según todo esto, es el demonio, "la verdadera encarnación del mal".
— Y esto hacía súper atractiva su figura. Antes y ahora. También por cómo acabó muriendo, tan pronto, y en esas circunstancias tan extrañas, a los 53 años. Por eso me pareció tan interesante encerrar en un comedor de un piso a alguien que debe matar ya alguien que debe morir, al igual que hacía Dürrenmatt en una de sus obras.
Escogiste que el verdugo fuera una mujer. ¿Por qué?
— Para llamar más la atención a los lectores. De ambos, él es el delicado, ella es la fuerte. La novela transcurre a finales de 1975 y nos adentra en un debate que me interesa mucho que es el de las cloacas del sistema, que está de mucha actualidad. Hasta que la pena de muerte era legal, ella actuaba siguiendo la legalidad, pero cuando deja de serlo, aunque siga trabajando por los mismos, se convierte en una sicaria.
Ella es la portavoz del poder. ¿Qué poder quería acabar con Pasolini? ¿El político? ¿El empresarial? ¿El financiero?
— Una mezcla de todos. Hay un concepto que he tocado en otras novelas y que aquí vuelve a aparecer que es el siguiente: cómo el sistema inventa a sí mismo los elementos contrarios a este sistema para justificarse. La democracia permite a una minoría disidente con la condición de que nunca llegue a hacer nada, y cuando esto podría llegar a ocurrir, se reprime y punto. En el caso de la independencia de Catalunya fue así. Cuando la cosa parecía que iba en serio se detuvo.
Pasolini fue molestando a los poderosos hasta que quisieron frenarle. ¿Por qué?
— Se convirtió en un grano en el trasero del poder, hasta que fue tan molesto que dijeron: "Basta ya". No es que hubiera pasado nada especial. Es esa displicencia del poder...
En 1975 estaba a punto de estrenar una de sus películas más duras, Salón o los 120 días de Sodoma, en la que denunciaba la oscuridad de los poderosos y la pervivencia del fascismo.
— Poco antes de morir, Pasolini había hecho arengas muy duras contra el fascismo. Se le borró del mapa por muchos motivos, pero se hizo creer que alguien le había matado por un tema sexual. No mucho después estuvo el asesinato del político Aldo Moro [1978] por parte de las Brigadas Rojas, y tampoco se llegó a saber si el poder las manipuló para que lo hicieran. Otro caso sonado fue la muerte de Roberto Calvi [1982], financiero del Vaticano que apareció colgado de un puente en Londres. Primero se dijo que era un suicidio, pero no ha terminado de aclararse.
Pajaritos y pajaritos entronca con la reanudación de tu dedicación al teatro. Desde 2019 has dedicado espectáculos a Salvat-Papasseit, Ferrater, Brossa...
— Si todo va bien, la novela tendrá una adaptación teatral que podrá verse este julio en el marco del festival Grec. La dirigirá Víctor Alvaro al teatro Golem'S [antes Almería] y la interpretarán Joan Vázquez y Gemma Deusedas.
¿Volveremos a ver un libro tuyo adaptado al cine? El último fue A la deriva, dirigido por Ventura Pons en 2009.
— Con Ventura nos íbamos viendo. No era del círculo más íntimo, pero éramos amigos. Leía todo lo que escribía y siempre quedábamos por comentarlo. Una novela que le gustaba mucho pero que no se veía con el corazón de adaptarlo él mismo era Sobre scrofa, que después se reeditó con el nombre deLos caníbales [Columna, 1998]. Un colaborador suyo, Xavier Basté, trabajó en el proyecto, y hace unos tres años se puso en contacto conmigo a su hermana porque está interesada en reanudar la película. La última vez que quedé con Ventura fue a finales del 2023. Firmamos el contrato para la adaptación teatral deAnita no pierde el tren, que él mismo había dirigido al cine en el 2000. Al cabo de dos semanas supe que acababa de morir.