Memoria histórica

Los 50 jóvenes soldados que no salieron vivos de la cueva de Santa Lucía

La Generalitat exhuma la fosa donde fueron enterrados en la Bisbal de Montsant y busca a las familias

La fosa que han exhumado en el cementerio municipal de La Bisbal de Montsant
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La Bisbal de MontsantLa cueva de Santa Lucía, a un kilómetro de la Bisbal de Montsant (Priorat), guarda muchas historias. Vecina de las agrestes montañas de Prades, es una sima poco profunda, pero de grandes dimensiones, que acogió un hospital improvisado durante la Batalla del Ebro. Ahora sabemos a ciencia cierta que cerca de medio centenar de soldados republicanos malheridos que pasaron por allí, la mayoría muy jóvenes, no pudieron sobrevivir. Todos ellos fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de la población, que la dirección general de Memoria Democrática ha estado exhumando en los últimos meses. Se calcula que prácticamente todos debieron morir durante la primera semana de la Batalla del Ebro, entre la madrugada del 25 de julio de 1938, cuando el ejército del Ebro, comandado por Juan Modesto Guilloto, desencadenó la ofensiva republicana, y el 31 de julio. "Cuando el ejército cruzó el río se crearon otros hospitales de urgencia al otro lado del Ebro y los más malheridos se atendían en otros lugares", asegura el historiador Jordi Martí.

Junto a la zanja del cementerio hay hileras de cruces de hierro. Son muy sencillas y se puede leer tan solo las iniciales del nombre y el apellido de vecinos del pueblo que a lo largo de los años fueron inhumados en tierra. Muchas tienen prácticamente tantos años como la Batalla del Ebro, porque el cementerio se abrió al mismo tiempo que el frente llegó al pueblo, porque el otro había quedado pequeño.

Entre los 50 exhumados hay 14 brigadistas internacionales. La zanja donde los enterraron, junto al muro del lado sur, es estrecha y larga, mide unos 27 metros, y los soldados fueron depositados con mucho cuidado en diferentes pisos. Algunos solos, otros en pareja. "Hay pocas cosas que los puedan identificar, porque a la mayoría se les inhumó sin uniforme y sin botas", explica la arqueóloga Izaskun Ambrosio. En varios esqueletos se han detectado lesiones traumáticas compatibles con impactos de bala. También se han documentado tratamientos médicos, como inmovilizaciones de fracturas con yeso o férulas, amputaciones, tubos de drenaje, restos de hilo de sutura y grapas quirúrgicas.

Hay poco rastro de quiénes fueron esos soldados que no pudieron volver a casa. Solo se han podido encontrar botones, restos de calzado y de tejido, una cuchara, un espejo, una pulsera y un anillo con el sello del sindicato UGT. Las tareas de excavación se iniciaron el 25 de junio de 2025 y se han alargado hasta febrero de este año. La intervención ha sido complicada sobre todo porque hay enterramientos posteriores y se ha tenido que excavar manualmente. Además, la abundancia de lluvias ha ralentizado la excavación.

Aquel 1938, con la ayuda de los vecinos del pueblo, y en la mayoría de los casos con un carro, voluntarios y militares llevaban a los soldados que no habían conseguido sobrevivir desde la cueva hasta el cementerio. En una punta de la fosa hay un pequeño mausoleo donde reposan dos niñas, que eran hermanas, y que murieron junto con otro niño durante el bombardeo de la aviación franquista del 4 de agosto de 1938: Dolors y Pilar Domingo Masip, de 7 años y de 18 meses, respectivamente, y Agapit Masip Esquerda, de 5 años.

El vecino que no quería que se olvidaran los soldados

El 4 de agosto La Bisbal de Montsant, donde ahora viven poco más de 200 vecinos, se llenó de humo y de ruido por culpa de la artillería y de las bombas franquistas. Lo recuerda muy bien Enric Masip, un vecino que hace muchos años que batalla porque estos soldados no caigan en el olvido. Su padre era el panadero del pueblo y cuando llegó el ejército republicano requisaron el horno para hacer pan para los soldados. "Mi madre estaba en el piso de arriba y cuando oyó las bombas se escondió debajo de la cama, pero después se recordó que mi abuelo siempre le decía que se pusiera en el umbral de la puerta. Ella siempre me explicaba cómo lo vivió, como un cataclismo, con todo de humo negro. Los soldados que trabajaban en el horno y mi padre salieron corriendo y la sacaron de debajo de los escombros, y eso la marcó mucho –recuerda–. De pequeño, para mí, la historia de mi madre era la guerra, y después, en 1948, mi tío me enseñó la cueva y me dijo que había sido un hospital", explica. Masip ha luchado durante años porque la cueva se recuperara y se pudiera explicar todo lo que allí sucedió. "En 1982 se limpió, y en 1991 los propietarios la vendieron al Ayuntamiento. Actualmente, unos plafones explican toda la historia", dice, mientras recorre los pasillos del pequeño cementerio. "En el 2000 vinieron un montón de brigadistas al cementerio. Fue un acto muy emotivo, algunos lloraron y se produjo una gran conexión entre pasado y presente", remata.

Aquel acto lo recuerda una placa muy cerca de la fosa donde, en los últimos años, también se han colocado inscripciones con el nombre de tres soldados que allí fueron enterrados: Ramón Viñeta Soler, nacido en Ripoll; Isidre Manyosa Companyó, de Ripollet, e Isidre Tella Valls, vecino de Barbens. En el cementerio también hay dos nichos con los restos de dos militares republicanos, un capitán y un comisario que fueron enterrados sin ninguna inscripción. Sus muertes no se registraron y, de momento, no se han podido identificar. Los dos militares murieron accidentalmente en la carretera de la Torre de l'Espanyol, cuando les disparó un soldado del mismo ejército que vigilaba la carretera. El conductor del vehículo en el que viajaban se quedó dormido y, como no se detuvo cuando se le pidió, se pensaron que eran enemigos.

Hay un listado del Registro Civil con el nombre de los soldados enterrados en la zanja y, a través de los análisis genéticos y antropológicos que se hacen en la Universitat Autònoma de Barcelona, y del cruce de datos con el Banco de ADN, algunos quizás podrán ser recuperados por sus familias. Lo más complicado será encontrar a los familiares de los brigadistas. "En muchos casos sabemos dónde nacieron y nos hemos puesto en contacto con los ayuntamientos para poder encontrar algún familiar", explica el director de Memoria Democrática, F. Xavier Menéndez. Muchos de estos brigadistas, cuando vinieron a combatir a la Guerra Civil, eran muy jóvenes y no tenían hijos y, después de más de 80 años, su recuerdo se ha ido borrando.

"En el pueblo siempre hemos sabido que había esta fosa, pero el registro con sus nombres estuvo desaparecido durante muchos años después de la guerra. En 1991 el listado apareció en el desván de una casa del pueblo a raíz de un trabajo que hicieron alumnos de la escuela", afirma Masip. Aparte del registro, hay una libreta. En la cueva de Santa Llúcia trabajó el doctor Miquel Gras Artero, que anotó el nombre de los soldados a los que atendió, tanto los que sobrevivieron como los que murieron. Gras estuvo en diferentes hospitales y sus anotaciones también fueron muy importantes para obtener información sobre los soldados enterrados en la fosa Mas de Santa Magdalena, situada en el extremo de la sierra de Cavalls y a unos 10 kilómetros de Móra d'Ebre.

La última voluntad de una enfermera

"Tenemos la mayoría de los nombres y apellidos, y la mayoría eran muy jóvenes –señala Martí–. El ejército republicano eligió la cueva de Santa Lucía porque era muy grande y espaciosa, tenía una fuente de agua en el interior y estaba protegida y muy bien conectada por carretera. Las ambulancias podían llegar hasta el pie de la cueva, donde se hacía el triaje, y después los heridos se llevaban en camilla a la cueva. Al principio había seis equipos quirúrgicos, pero se fueron reduciendo porque se desplazaron a la otra banda del río", añade Martí. La cueva acogía los servicios de cirugía y transfusión de sangre y un centenar de camas, y se atendió sobre todo a soldados republicanos, pero también del bando franquista. Fue un brigadista norteamericano, que era electricista, quien hizo posible que hubiera electricidad instalando un generador. Se llamaba John Kozar, sobrevivió a la Guerra Civil y volvió a los Estados Unidos el 20 de diciembre de 1938. Se casó con la enfermera Jean Ewen y tuvieron dos hijos. No los pudo ver crecer porque murió de hipotermia durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el barco en el que viajaba fue torpedeado en las aguas del Ártico.

A pesar de trabajar en condiciones materiales precarias, los médicos y enfermeras de la cueva de Santa Lucía hicieron historia en la cirugía del trauma, en la transfusión de sangre y en la organización de la actividad quirúrgica cerca del frente. La experiencia marcó tanto a hombres como a mujeres. Patience Darton era una enfermera titulada que formaba parte de la British Medical Unit de las Brigadas Internacionales y que estuvo en Brunete, Teruel y la cueva de Santa Lucía. Trabajó en la Casa de Reposo de Valls, donde conoció al alemán Robert Aaquist en febrero de 1938, pero la relación duró poco, porque él murió en la Batalla del Ebro. En 1996 Darton volvió a España como invitada a un homenaje a los brigadistas y, la misma noche, murió en el hotel donde se alojaba. Su cuerpo fue repatriado a Inglaterra, pero su familia respetó su última voluntad: ella quería que la taparan con el abrigo de Aaquist y la incineraran. Su último deseo fue que sus cenizas se esparcieran en la cueva de Santa Lucía.

La cueva de Santa Lucía en la actualidad.
Una enfermera atendiendo a un soldado herido en la cueva de Santa Lucía.
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